Jorge Luis Tineo - Sudaca.Pe

Mujeres en la música: Dolor, confrontación, talento y “glamour”

La historia de la música popular está repleta de personajes femeninos notables, en cualquier época o género. Desde las más amables y convencionales hasta las más revulsivas y extremas, las mujeres han ganado, a pulso, el respeto e importancia que merecen en el music business.

 

A veces con mucho talento y creatividad y otras, imponiéndose a través de la cosificación voluntaria y la comercialización de su imagen, conscientes de que “el mundo de los hombres” recompensará con admiración masiva (likes) y dinero (ventas), esa vocación por el exhibicionismo que va en desmedro de décadas de luchas feministas en búsqueda de reconocimiento como seres humanos, para que sean vistas como ciudadanas y no meros objetos de reproducción o placer masculino pero que, a un tiempo y de manera paradójicamente retorcida, les da la confianza e independencia económica que reclamaban sus predecesoras.

 

Antes de que Cyndi Lauper, colorida y arrebatada, le gritara a la generación MTV que las chicas solo querían divertirse (Girls just wanna have fun) o Pat Benatar, comandando una coreografía de aguerridas muchachas, declarara al amor como un campo de batalla (Love is a battlefield), el mundo ya había escuchado suficientes voces femeninas como para creer que esos manifiestos libertarios eran una novedad. Sin embargo, su impacto fue definitivo para configurar el nuevo perfil de la mujer dentro de los parámetros del pop-rock ochentero. Lauper y Benatar, ambas de 30 años en aquel lejanísimo 1983, condensaron el sentir de un sector de mujeres que no entendían muy bien la postura ambigua de Madonna, agresiva en su rol de mujer libre pero a la vez jugando con clichés clásicos del mundo machista (la novia virgen, la femme fatale, Marilyn Monroe). Paralelamente, músicas como Tracey Chapman, Annie Lennox o Kate Bush daban muestras de una sensibilidad artística más profunda y diferente.

 

Pero el protagonismo femenino en la música popular contemporánea es mucho más antiguo y está marcado por el dolor, la enfermedad, la adicción y el activismo. Pensar en las historias de extraordinarias cantantes de jazz como Ella Fitzgerald, Billie Holiday, Nina Simone o Dinah Washington quienes, a pesar del éxito que tuvieron en su momento, lidiaron todo el tiempo con una doble discriminación –eran mujeres y eran negras- y desarrollaron sus luminosos talentos en lúgubres nightclubs, expuestas a toda clase de riesgos, nos da una leve idea de esta situación. Nadie podía negar su gran calidad artística pero, al mismo tiempo, nunca gozaron de la popularidad de hombres blancos como Frank Sinatra, Dean Martin o Tony Bennett. Aretha Franklin, otra gran mujer afroamericana, dio un paso más allá y acercó las exigencias de respeto a públicos masivos través del gospel y del soul, géneros en los que reinó con absoluta maestría.

 

En la década de los años treinta, una cantante francesa de corta estatura y poderosa capacidad vocal personificó el dolor femenino musicalizado. Nos referimos, por supuesto, a Édith Piaf, “la pequeña gorrión”, redescubierta hace algunos años en una excelente biopic protagonizada por Marion Cotillard y que lleva por título el nombre de su canción-emblema La vie en rose (1947). Junto a Marlene Dietrich (Alemania) y Josephine Baker (EE.UU.), Piaf representa ese estilo que va de lo sofisticado y elegante a lo sufrido y profundo, desde sus respectivas idiosincrasias e historias personales. Lo cierto es que, aun en épocas en que la mujer batallaba por convencer al mundo masculino de que también tenía derechos, muchas de ellas encontraron en la música –más que en la literatura o en la actuación- el mejor vehículo para soltar todo lo que llevaban dentro.

 

Nuestra música también ha sido bastión de muchas talentosas mujeres, y no es cosa reciente. Pensemos, por ejemplo, en intérpretes como Jesús Vásquez, las hermanas Graciela y Noemí Polo (Las Limeñitas), Esther Granados y compositoras como Chabuca Granda o Alicia Maguiña. Una segunda generación de criollas incluye a Lucha Reyes, Edith Barr, Lucila Campos, Tania Libertad, Cecilia Barraza, Cecilia Bracamonte, Lucía de la Cruz. O las exitosísimas Eva Ayllón y Susana Baca, surgidas hace más de treinta años y aun vigentes y activas. En el terreno del folklore también tenemos influyentes voces femeninas: Yma Súmac, Pastorita Huaracina, Princesita de Yungay, todas portadoras, de manera directa o indirecta, de un potente mensaje de empoderamiento femenino, tanto desde las que hacían catarsis por problemas y desamores, cuando no maltratos, hasta las que cantaban sobre cualquier otra cosa. El solo hecho de saltar a la palestra en una escena dominada por hombres era ya bastante significativo. Y lo sigue siendo.

 

Astrud Gilberto, Elis Regina, Gal Costa y María Bethania fueron, en Brasil, las madres fundadoras de un canto orgánico, entre lo tribal y lo romántico, que tuvo repercusión en décadas siguientes con artistas como María Rita, Bebel Gilberto, Ivete Sangalo y Marisa Monte. Las boleristas Toña La Negra, La Lupe y Olga Guillot pusieron en su sitio a más de un abusivo. En Argentina, Leda Valladares y María Elena Walsh acunaron a Mercedes Sosa. En Chile, Violeta Parra impuso su sencilla y a la vez profunda poesía y canto social. En España y el resto de Latinoamérica, baladistas de todo calibre hicieron sentir sus voces en un género que parecía exclusivo de hombres: Valeria Lynch, Ángela Carrasco, Massiel, Rocío Jurado, Amanda Miguel. Y desde Italia, Rafaella Carrá combinó música y vedettismo con inusitada desfachatez, a finales de los setenta.

 

En esa misma época, las divas del disco, capitaneadas por Donna Summer, abrieron el camino con una equilibrada combinación de talento, sensualidad y sofisticación. A diferencia del grotesco exhibicionismo de hoy -representado por Shakira, Jennifer López, Beyoncé, las hijas y alumnas de Britney Spears y todas las reggaetoneras- estas intérpretes conectaron la larga tradición del gospel y el soul con el funk e incluso los musicales, con Barbra Streisand a la cabeza. Whitney Houston, Mariah Carey (en su primera época) y Celine Dion continuaron con esa tradición de mujeres de inagotables recursos vocales.

 

En el mundo de la música  clásica también abundan las mujeres notables: la pianista argentina Martha Argerich, las sopranos Montserrat Caballe (España), Maria Callas (Grecia), o la cellista británica Jacqueline du Pre, cuya conmovedora  historia, marcada por la enfermedad de Gehrig, que le arrebató la vida prematuramente, a los 42 años, acaba de ser llevada exitosamente al ballet por la compañía del Royal Opera House de Londres; son solo algunos nombres que vienen a mi memoria. Hay más, por supuesto.

 

Volviendo al universo del pop-rock y sus diversas vertientes, como género de alcances e influencias globales, la lista de mujeres destacadas es extremadamente larga y diversa. Desde las pioneras Bessie Smith, Wanda Jackson o Sister Rosetta Tharpe hasta Beth Hart, Susan Tedeschi o Amy Winehouse, la presencia de la mujer ha sido siempre vital y arrolladora.

 

Pensar, por ejemplo, en personalidades tan fuertes y talentos tan fascinantes como Janis Joplin, Grace Slick, Joan Baez, Tina Turner, Joni Mitchell o Diana Ross es remitirse a las épocas del flower-power y las luchas sociales. En los setenta surgieron Karen Carpenter, Olivia Newton-John, las hermanas Ann y Nancy Wilson, Heart, cuyo influjo llegó hasta la década siguiente; como también ocurrió con el tándem Stevie Nicks/Christine McVie, compositoras y cantantes de alto vuelo en Fleetwood Mac.

 

De Inglaterra surgieron algunas de las figuras femeninas más bizarras de todos los tiempos: Desde Genesis P-Orridge, del colectivo electro-industrial Throbbing Gristle; Siouxsie Sioux, la madre de la onda gótica, líder de The Banshees; hasta el reggae punkie de The Slits o el desgarro rockero de PJ Harvey. En Norteamérica no todo es Demi Lovato y Lady Gaga, por cierto. Si no escuchemos a Patti Smith, Debbie Harry o The Runaways, una aplanadora de hard-rock de la cual salieron dos megaestrellas del rock femenino: Joan Jett y Lita Ford. O las Bangles, cuya bajista Michael Steele fue una Runaway también, que cosechó éxito en los ochenta con su sonido influenciado por The Byrds. Y si de posturas más extremas se trata, busquen en YouTube Crypta, un cuarteto de thrash femenino liderado por la bajista y gritante Fernanda Lira (ex integrante de Nervosa) quien, en sus ratos libres, canta temas de Astrud Gilberto e Etta James.

 

En cuanto a las instrumentistas, desde Carol Kaye, legendaria bajista de sesiones que ha trabajado con los Beach Boys, Nancy Sinatra, Frank Zappa, entre otros; hasta las australianas Orianthi Panagaris, Tal Wilkenfeld, virtuosas de la guitarra y el bajo, respectivamente –la primera conocida por su trabajo con Michael Jackson y la segunda, con Jeff Beck-, la lista también es interminable. Puede ser el soul de Alicia Keys, la nueva era de Loreena McKennitt o el jazz de Diana Krall, el poder femenino en la música es innegable y de gran riqueza y variedad.

 

No podemos cerrar este homenaje a la mujer música sin mencionar a Björk, la innovadora alienígena que llegó desde Islandia, a mediados de los noventa, pletórica de creatividad, actitud irreverente e ilimitada capacidad expresiva para construir un universo paralelo cuya femineidad no admite discusión y se opone diametralmente al barato exhibicionismo de Katy Perry, Cardi B y afines.

POST-DATA: La organización internacional CARE, que desde 1945 trabaja realizando campañas para aliviar la pobreza y combatir toda clase de abuso y discriminación, ha unido a dos extraordinarias cantantes de generaciones diferentes, Chaka Khan -una de las artistas más destacadas de soul, R&B y jazz, activa desde los años setenta- e Idina Menzel -estrella de los musicales de Broadway, protagonista de la laureada Wicked y voz de Frozen- para grabar el clásico I’m every woman, que Khan convirtiera en éxito mundial en 1978. El video muestra a mujeres de todo el mundo celebrando el Día Internacional de la Mujer. La campaña, bajo el hashtag #ImEveryWoman, enfatiza la importancia de proteger a aquellas mujeres, niñas y adultas, que sufren, con una canción que celebra su valor y resalta la autoestima femenina. Pueden ver el video aquí:

 

 

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