[NOTA] Millones de ciudadanos pagaron obligatoriamente por ese servicio. El Touring, pese a ser una asociación sin fines de lucro, cobró y administró esos ingresos sin explicar con claridad cuánto recaudó, cuánto costaba realmente cada evaluación, qué excedente produjo la operación ni cuál fue el destino de ese dinero. Ser una entidad sin fines de lucro no impide generar excedentes; obliga a reinvertirlos en sus fines institucionales.
Según estimaciones de expertos, a lo largo de esas casi cuatro décadas la operación habría dejado una utilidad superior a 150 millones de soles después de descontar los gastos atribuidos a la prestación del servicio. Sin embargo, no se encontró una explicación pública completa ni un patrimonio visible que permita saber quién y cómo se benefició de esa formidable fuente de ingresos.
El triste final de la gallina de los huevos de oro no llegó por voluntad de sus dirigentes. Llegó después de reiteradas sanciones de la Sutran por no entregar oportunamente expedientes e información vinculada con las evaluaciones. El Touring intentó frenar las consecuencias y llegó hasta el Tribunal Constitucional, pero su demanda fue declarada improcedente. Finalmente perdió el encargo y la administración del servicio pasó a la Municipalidad Metropolitana de Lima.
Todo tiene su final. Incluso un negocio protegido durante décadas, manejado como si fuera eterno y sin la transparencia que corresponde a una institución que vive de un servicio obligatorio para el ciudadano.
Pero el problema no termina en las cuentas. También alcanza a quienes han conducido la institución como si el relevo fuera una amenaza.
Desde 1979, la presidencia de esta asociación sin fines de lucro ha pasado por apenas tres personas: Percy Griffiths, Godfrey Hemmerde y, desde 2011, Iván Dibós. Cuarenta y siete años, tres presidentes. Hasta la sucesión papal parece, en comparación, un ejercicio vertiginoso de renovación.
La paradoja es notable: el Touring examinó durante décadas la capacidad de millones de peruanos para conducir, pero nunca ha demostrado la misma disposición para soltar el volante.
¿Cualquier asociado puede postular y competir en igualdad de condiciones por la dirección de la institución? ¿O las normas internas han convertido al Touring en un circuito cerrado donde los mismos dirigentes se suceden, y por alguna razón se respaldan y se reemplazan entre ellos?
Según reportes periodísticos, sus representantes habrían recurrido incluso a un exministro de Transportes buscando una salida favorable para que la Sutran mire para otro lado. El episodio merece una explicación clara, no otra maniobra de relaciones públicas.
Ahora sus dirigentes se presentan como víctimas de un despojo: las santas palomas de los brevetes, perseguidas por burócratas despiadados. Pero, antes de repartir aureolas, convendría responder algunas preguntas elementales: ¿cuánto recaudaron?, ¿en qué gastaron el dinero?, ¿quién fiscaliza sus cuentas? ¿Y por qué la presidencia parece reservada desde hace casi medio siglo para el mismo pequeño círculo?
Los dirigentes continúan allí, aferrados al cargo y soñando con recuperar su mina de oro. Como los viejos de los Muppets, observan desde el palco, critican a todos y no abandonan jamás su asiento.
Al final, el único que siempre termina pagando —y haciendo cola— es el ciudadano que solo quería sacar su brevete.







