Tal vez no se tienen que recoger todos los fragmentos

Tal vez no se tienen que recoger todos los fragmentos

Una casa familiar estaba frente a mí, como si hubiera absorbido los recuerdos y pensamientos de todo lo que habrá ocurrido adentro. Ni yo lo sé.

[Migrante al paso]  Estaba en la redacción. Entra una llamada: había muerto mi abuelo. Sentí tristeza, pero no una devastadora. No fuimos muy cercanos, pero no dejaba de ser mi abuelo. Pero mi preocupación inmediata fue cómo estaba mi padre. Hablé con mi jefa y salí de inmediato. Manejé tranquilo, sin música; solo recuerdo haber hecho eso intencionalmente cuando murió mi psicólogo entrañable hace unos años. El cielo no estaba gris del todo, se podía ver atisbos de luz, no predominaba la oscuridad. Llegué a las pequeñas calles de Cajamarca en Barranco, todas pintorescas, chatas y antiguas. La luz se traslucía por los árboles de crestas bajas. Me cuadré al frente de esta casa amarilla. Unas rejas resguardaban, sin darle espacio, a una puerta blanca; parecía milenaria. Podía imaginarme un sello maldito amarrando las dos manijas redondas. Como si se tratara de abrir la caja de Pandora. La imaginación se apodera de ti en los momentos más precisos. Los pocos pasos hacia la casa se sintieron como caminar en un mundo transparente. Mis cuatro abuelos vivieron en esa casa en distintos momentos. Ahí crecieron mi madre y mi tío. Mi Mamamora y Papito Juan los criaron ahí. Este otro abuelo es un símbolo curioso e indescifrable; solo sé que su presencia fue fuerte porque siento como si lo hubiera conocido. En mi cosmovisión familiar, creo que hasta mis antepasados nacieron ahí. Una casa familiar estaba frente a mí, como si hubiera absorbido los recuerdos y pensamientos de todo lo que habrá ocurrido adentro. Ni yo lo sé.

Toqué la puerta, me abrió mi hermano. Ingresé como un arqueólogo explorando su propia historia. Dos pequeños cuartos adjuntos, muebles viejos y luz tenue; la única ventana estaba semicubierta por una cortina. Dos pequeños niños corrían riéndose sobre una alfombra azulezca, uno más grande que el otro; se acercaban con la cabeza rapada y se tiraban sobre el sillón. Después de todo, mis dos primeros años también viví ahí. Los dos pequeños crecieron, se transformaron en siluetas grandes y ensombrecidas. Ambas del mismo tamaño, una parada y otra recostada. Era mi padre mirando el cuerpo del suyo. Él estaba bien. La mente es audaz. No recuerdo ni cuánto tiempo pasó ni, exactamente, qué se conversó en el momento.

Entraron cuatro personas, se veían pequeñas. Movieron el pesado cuerpo de esta persona que en vida fue brillante; noté cómo les costó el corto traslado. Tanto él como mi padre, ambos de más de un metro ochenta, imponentes, compartían una voz profunda y retumbante, un físico casi idéntico y un intelecto tan brillante como terrible. Yo encajo en todas; para la última aún soy muy joven para saberlo. Sentí mi presencia dentro de mi papá y mi abuelo. Es muy probable, por lo que me dicen muchos conocidos de mi apariencia, que yo sea muy parecido en mi vejez. Espero que en mejor forma, por lo menos. Las semanas siguientes estaba disociado, como un espejo agrietado. Se abrieron los gigantescos portones, se liberó el pandemonio. Meses después llegó la pandemia. Fue en ese momento que empecé el viaje de una aventura que ya había comenzado hace mucho.

Un niño encima de un podio, oro colgando. Un salón con carpetas compartidas, todos mis amigos de la infancia ahí, celebrando mis notas puestas en un rectángulo verde y opaco. Pastores alemanes durmiendo a mis pies. Un lobo de ojos azules que me miraba emanando aura legendaria y un pequeño rechoncho peleón. Manos sudorosas sobre las teclas de un piano. Sangre cayendo. ¿Aún no eres nadie? ¿Todavía no sabes ni quién eres? —interrumpe una voz sombría. Me sacudo y abro los ojos bruscamente, viendo un techo conocido, pero hostil. Lo odiaba. Lo miraba un rato mientras las gotas de sudor caían por el calor infernal de Buenos Aires en verano. Al sentarme, mis pies chocaban con botellas de plástico acumuladas y veía, detrás de un sillón amarillo, una sala y una cocina que también me desagradaban. Un pequeño peluche de Naruto, que me regaló mi madre cuando me acompañó al mudarme de ciudad, y dos cuadros pequeños, que hizo mi hermano en la universidad, me daban nostalgia. Pero lograban hacerme sonreír; me convencían de que mi hogar estaba lejos, pero aún existía. Podía escuchar a la pequeña figura de anime diciéndome que no me rindiera. Ahí estaba, solo, buscando algo imposible de conseguir en algo que, en ese momento, sentía como un infierno. Como Dante buscando a Beatriz. Yo no tenía a Virgilio, pero sí buenos recuerdos que sirvieron de guía.

Estudiaba filosofía en la UBA, llevaba ahí ya varios meses y dos mudanzas. Iba a la universidad, sentía que una bestia salvaje me acechaba, como acercándose cautelosamente a su presa. Solo mis audífonos a todo volumen podían espantarla momentáneamente. Llegaba a la facultad y entraba; llegaba frente al salón de mi clase y la música desaparecía. La criatura hambrienta estaba adentro y me amenazaba. Solo podía dar vuelta atrás en ese momento. De vuelta, escapando con música, subía al segundo piso, donde un pasadizo de piso rojo me guiaba a una puerta cuyo número ya olvidé. Me sentaba en mi cama, detrás de las cortinas que tapaban la luz; unas plantas que compré hacía tiempo apenas permanecían vivas. Podía sentir unos jadeos incesantes en mi oreja mientras unas gigantescas manos se apoyaban sobre mis hombros. El peso no se podía medir en kilos. Tenía terapia, pero echarme me parecía mejor opción.

Más de tres días sin dormir, la locura se apoderaba de mí. Subía al último piso en la madrugada, con lluvia. Ya no sabía qué hacer. Solo quería sentir algo. Felizmente, las lágrimas tienen un límite y esa laguna ya se había secado; todos los rincones de aquel cuarto insoportable habían sido regados por estas. Pasaron dos años, la terapia fue siendo cada vez más frecuente, regresé a Lima varias veces. Conversaba en momentos de emergencia con Eduardo, el psicólogo que mencioné antes; también tomó el papel de guía casi mágico, incluso hasta sus últimos días. Siempre estuvo ahí y lo echo de menos. Pude salir de ahí. Me fui de esa ciudad teniendo unos últimos meses peculiares y gratificantes. Las colosales puertas seguían abiertas, pero entendí que dentro de todo ese caos liberado no había demonios malos. La bestia que me acechaba, de alguna manera, siempre está a mi costado, esta vez como uno más de mis queridos perros. Solo una etapa de mi odisea en la que descubriría que nada justifica vivir el infierno de Dante, pero sí infinitos cascarones y niveles que romper.

En Lima, luego de un par de meses en mi casa viviendo tranquilo, surgió una inquietud. No era tristeza, todo lo contrario. Contrario a lo que sentía, alquilé un departamento por un año y solo lo usé 3 meses. Recordé que no todo fue apocalíptico en Argentina. Vi icebergs y glaciares de cerca, paisajes que ya me parecen difíciles de imaginar; euforia colectiva en la Bombonera y cuando campeonaron el mundial; aprendí a hacer snowboard; extrañaba esos momentos que habían sucedido, según mi perspectiva en esa situación, durante un periodo de oscuridad. La bestia amiga exigía seguir corriendo.

¡Kanpai! —gritaba con unos cuantos desconocidos que me sonreían enrojecidos, en un bar pequeño con pocas sillas. Un laberinto de bares similares rodeaba el lugar. Yo estaba feliz y borracho. 3 meses en Japón. Me movía con libertad en tren bala y un sistema de transporte sacado del futuro. Recorrí gran parte de ese país. En las estaciones, estar sentado al costado de máquinas dispensadoras tomando Coca-Cola se había vuelto algo cotidiano. Improvisar rezos en templos milenarios también. Creo que ese lugar le cambia la vida a quien sea que vaya y sepa apreciarlo.

Pasé dos días en Hiroshima. Caminaba por el parque de un castillo reconstruido entre árboles de sakura. Cada cierto tiempo me encontraba con algunos viejos señalados con algo ilegible para mí. Toda la modernidad y prosperanza que veía a mi alrededor habían sido devastación masiva; muy pocas cosas quedaron en pie. Esos árboles eran los que resistieron. No entendía cómo, en tan poco tiempo, la ciudad que vio al cielo prenderse en llamas, basándome en un testimonio del museo de la memoria, logró superarlo y llegar a niveles que superan lo que llamamos tercer mundo. Al salir de ese museo sentía náuseas y ansiedad, me temblaban las piernas. Sentía el cuerpo frío a pesar del sol. Llamé un taxi y me encaminé a un templo alejado que ya tenía mapeado. Subí cientos de escaleras y pude respirar. Estaba rodeado de pequeñas figuras Jizo; algunas de estas personitas de piedra llevaban gorritos o baberos de color rojo. Sirven para espantar todo mal y acompañan a los viajeros según el folklore. Cruzaba pequeños puentes de madera entre riachuelos; el camino seguía en ascenso, los pequeños no desaparecían. Llegué muy alto. Mientras descansaba, vi a una pareja de ancianos, uno de ellos con muletas. Se apoyaban mutuamente mientras bajaban. Hubo una pequeña reverencia, no podía lograr captar qué sentían. Tenían por lo menos 90 años. En esos lugares, familias locales dejan ofrendas para familiares fallecidos. Fue como descubrir una nueva emoción. A pesar de todos los augurios que espantan demonios, el gigantesco lobo caminó tranquilo y parecía recoger un fragmento de ese espejo que lleva mucho tiempo roto.

Por más de un año recorrí el mundo, es mi sueño y aún me falta conocer demasiado. Ahora ha pasado un año y mi situación es totalmente distinta. En todas esas experiencias se recogieron muchas esquirlas, pero al final completarlo es imposible; siempre seremos un espejo roto. Me parece algo bueno. Responder la pregunta «¿Quién soy?» sería muy aburrido. El mundo nunca estará vacío. Y, como ya dije, aún soy muy joven para terminar una historia tan propia; siendo sincero, no planeo escribirla.

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