[Migrante al paso] Deja de luchar que no ganarás, me lo dice todas las mañanas. Eres un fracasado, siempre haces todo mal, me lo recalca todas las noches antes de dormir. En ese espacio que debería ser de paz, los sueños son interrumpidos por una figura parecida a la mía, sus ojos son negros y su cuerpo mucho más grande que el mío, frente a él estoy yo de niño. Con la cabeza rapada y ojos cansados, se arrodilla y con los brazos hacia atrás parece rendirse. El entorno oscuro comienza a envolverme y absorber todo el optimismo que por temporadas me caracteriza. Esta vez, el monstruo parecido ya ha engullido toda esperanza. En estos casos, solo hay una opción. Una que antes me costaba encontrar, fue disminuyendo, pero esta vez no logro hallarla de nuevo.
Hoy, yendo a mi trabajo. Mi cuerpo estaba pidiendo desahogo a gritos. Una parte tóxica me decía que llorar es de débiles, otra me decía lo contrario. Racionalmente, sé quién tiene la razón, pero es una lucha constante. Sentía disonancia con las canciones rockeras que acompañaban a mis oídos. Busqué específicamente la canción que canta Fantine, de Los Miserables, momentos antes de morir. Peleando contra las lágrimas, finalmente me vencieron y cedí. No era un llanto desgarrado, solo caían lágrimas silenciosas mientras me temblaban los labios. El taxista adelante no se percataba, después de todo no es problema de nadie más que el mío. Llegué al trabajo, me lavé la cara y me puse la máscara de tipo rudo nuevamente. Aún tengo ese déficit y temor de verme vulnerable.
Hace ya dos años, durante el viaje de mis sueños, en las tierras sagradas de Japón, me sucedió algo similar. Caminando por Yokohama, una ciudad particularmente occidental, comparada con otras ciudades de ese país. Tuve que detenerme en una banca, al costado de una máquina dispensadora. Nadie me conocía y, en ese momento, yo tampoco sabía quién era. Miles de kilómetros de casa, alejado por meses, viví las mejores experiencias de mi vida; pero igual ocurrió ese momento peculiar. El cigarro que me estaba fumando se mojó de pequeñas lágrimas que caían. Mi cabeza no estaba mirando el piso, al contrario, miraba a los ojos a todo aquel que pasaba a mi costado. Nadie se acercó y tampoco quería que lo hicieran. Recordaba momentos en Londres o Nueva York, donde la gente camina por encima de personas sin hogar como si no existieran. Ese momento de fragilidad en el país oriental me enseñó mucho en retrospectiva. Soy una persona depresiva, que ya ha superado el peor bajón imaginable muchos años antes. Un poco de tristeza no es nada para mí, solía decirme de manera engañosa. La verdad es que a veces me siguen temblando las rodillas como cuando tenía 10 años.
Cuando regresé de vivir en el extranjero, tuve una de mis últimas sesiones con mi psicólogo ya fallecido. Por primera vez vio mi tatuaje, una katana en el antebrazo derecho. Como estaba afuera, nuestras sesiones eran virtuales y muchas cosas quedaban fuera de cuadro, desde mi peso hasta mis piercings y tatuajes nuevos. Lo vio y le encantó, compartíamos afición por la historia y temas que bordean el misticismo. Se levantó haciendo un esfuerzo, su cuerpo estaba débil, algo que yo tampoco había notado por la lejanía. Quería ver de cerca la tinta dibujada en mi piel. Después de apreciarlo un rato, hizo un camino con las manos desde la espada hasta mi pecho: «Haz que se extienda hasta ahí», me dijo con un rostro consumido, pero sonriente. Fueron una de las últimas palabras que escuché de él. La katana es el arma y símbolo de los samuráis, nosotros conocemos la versión romantizada, una que está un poco alejada de lo que fueron estos guerreros de élite, pero me quedo con eso por ahora. Seré una persona de lágrima fácil, me puedo quebrar con solo unas palabras de la persona indicada, pero dentro de mi mente siempre está una espada y mi espíritu está acostumbrado a pelear, sea con las manos, las piernas o las palabras. Y así, bajón tras bajón, así me enfrenté contra el Leviatán, pelearé porque si de algo estoy convencido es que no me rindo fácilmente, prefiero morir antes de derrotarme a mí mismo.
Esta última semana, recordaba con añoranza mi sueño de infancia de ser un arqueólogo. Nuevamente, uno romantizado, más parecido a Indiana Jones o Lara Croft que a uno real. Y es justamente ahí donde está la única opción de la que hablaba al comienzo. Hay que excavar y hacerlo muy profundo. Mis manos con un nudillo explotado están acostumbradas a golpear, a ser destruidas, a secarme las lágrimas y a señalar injusticias. Con esas manos, solo tengo que ir cavando y pasar por los restos arqueológicos de mi propia historia e identidad. En cada capa acecha una sombra distinta y un acertijo que resolver. En esa búsqueda eterna, mientras más me aproximo al núcleo de la pirámide o tumba sellada por una maldición, voy encontrando la fuerza para despegar y ver a la cara a mi lado más oscuro, no como metáfora negativa sino como un lugar difícil de ver. Ahí, frente al sarcófago, encuentro adentro a esta versión titánica mía cuyos ojos negros tanto me asustan. Se despierta e intenta intimidarme. Pero ya escarbé demasiado como para dar vuelta atrás. No es necesario desenvainar la katana, de nuevo mi mayor herramienta son mis manos. Me acerco a esta figura imponente y la única respuesta la puedo encontrar abrazándola. Es así la única manera en la que puedo encontrar mi camino de vuelta.







