Siempre los detalles

Siempre los detalles

Lo bonito está en los detalles: se quedan contigo mientras pasan desapercibidos; comer chicharrón con mi padre, reírme de mi madre y escuchar a mi abuela insistir son esas cosas simples que, al final, son las que realmente te sostienen.    

[Migrante al paso]  De chico, siempre que había algún almuerzo o invitación a la playa o a una casa de campo en el sur, parábamos a comer chicharrón en Sarita, al costado de la carretera vieja en Punta Hermosa. Mis padres nunca tuvieron casa de playa y, a nosotros, no nos importaba mucho. Teníamos varios amigos que nos invitaban y, a mí personalmente, no me gusta mucho; por no decir que odio tomar sol y que se me pegue la arena.

“Preferimos gastar en viajes que en una casa de playa o carros”, decían siempre, y felizmente lo cumplieron.

La semana pasada mi madre estaba de viaje y mi padre aprovechó para salirse de la dieta. Nos comimos un chicharrón; ya venía preguntándome si el chinito hacía delivery. Los dos sentados en silencio, con un par de preguntas sueltas, pero toda nuestra atención estaba en ese manjar. Uno de los mejores inventos gastronómicos, sin duda.

Con el tiempo fui descubriendo otras chicharronerías. No soy un experto ni busco los mejores rincones como hacen algunos; lo único que sé es que comer uno de esos sánguches suele cambiarme el ánimo drásticamente, para bien. Desde niño, mi humor dependía bastante de qué almorzaba al llegar del colegio. Pocas cosas no me gustaban.

Pequeños detalles como una comida son los que hacen la diferencia, siguiendo las enseñanzas de Gandalf, a quien tengo como guía permanente.

Cociné toda la semana. Tal vez no soy el más limpio, pero hice lo posible por dejar la cocina impecable. Aparentemente fallé. Mi madre llegó tardísimo, pero sentía que faltaba algo. Mi tío no les dice a mi abuela y a mi hermana “Don Pésimo” gratuitamente. Era un personaje de una serie de hace cien años. Una vez me enseñaron un capítulo y no entendía cómo podían ver algo así, aunque un par de risas me sacó.

Siempre los detalles

Después de meses conviviendo plácidamente con mi tío y mi abuela en Miami, y unas cuantas novelas mexicanas de su época dorada, ya soy inmune a todo tipo de material audiovisual. En fin, este personaje tenía una negatividad extrema: se le cruzaba una familia del vecindario —“Mi hijo ha ingresado a la universidad”, le decían felices—; pasaban dos cuadras y Don Pésimo susurraba: “En un ciclo lo botan”.

Llevo seis meses viviendo con mis padres. Lo aprecio bastante: es nostálgico y acogedor. Pasé de despertarme en Buenos Aires con los ruidos de los bondis en la oreja —parecía la guerra—. Viajé por el mundo y luego me mudé en Lima a un departamento que parecía cómodo. Me despertaba con las combis que hacían temblar todo y hasta el humo se metía por mi ventana. Seré un comodón, pero así soy. Me despertaba y sentía que ya me había fumado veinte cigarros.

Acá me despierto con el sonido de pajaritos; el sol entra por la ventana y veo el jardín verde y con flores. Mi perro se tira encima y me lame todo. Es una buena vida.

Ocho de la mañana un domingo —las ocho son madrugada un domingo—: “¡Sabes qué, francamente, mejor no cocinen!”. Escucho a Don Pésimo desde la cocina. Eso faltaba, pensé mientras me reía. No sé si le gritaba al perro o a la olla arrocera, que efectivamente me olvidé de limpiar. Me reí un rato y pensé: mejor duermo un rato más.

Nuevamente, pequeños detalles que te alegran el día. Por lo menos el mío; el de mi madre, no creo. Aunque, con la sabiduría de la vejez, se les pasa rápido.

Después de estar mucho tiempo lejos, como lo hice los años anteriores, da la ilusión de que lo que dejaste atrás desaparece, por más que el contacto se mantiene prácticamente a diario. Tu cuerpo entiende que no estás en tu hogar; por lo tanto, tu mente está algo desconcertada. Esos pequeños detalles de los que hablo —y existen millones— se van escondiendo. Cada cierto tiempo regresan los recuerdos para rescatarte. Hablaba con mi tío porque lo operaron y me dijo que todo lo que se hincha se deshincha, entre reniegos de que la vejez es una mierda y consejos sobre mi negocio. Lo bonito está en los detalles: se quedan contigo mientras pasan desapercibidos. Comer chicharrón con mi padre, reírme de mi madre renegando y admirando su capacidad de siempre moverse, mi abuela insistiéndome en que vea una película de un mono asesino; son esas cosas las que te mantienen a flote al final. “Para todo hay solución, solo no hay solución para la muerte. La vida es bella”, escuché a Cristiano Ronaldo decir en un reel antiguo mientras se reía. Suena tonto, pero es una buena forma de ver las cosas. Hace unos meses me enteré de que mi ahijada está en camino y por eso sé que la vida es bella; no solo es, sino que tiene que serlo. Y, terminando esta crónica extraña, ya encontré un tema importante para la siguiente.

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