[Migrante al paso] Regresé a Miami. Estuve acá por Navidad del año pasado y me avisaron con un día de anticipación que tenía que viajar para recoger a mi abuela. Ella se turna entre Lima y Miami; en el primero está mi madre y en el segundo, mi tío. Como todos sabemos, o deberíamos saber, la situación inmigratoria y los rumores de cosas sucedidas al cruzar migraciones indican que el país donde me encuentro actualmente cada vez se aleja más del país de la libertad, como fue conocido en algún momento.
En el vuelo estaba nervioso. No tendría por qué pasarme nada: tengo mi visa vigente y nada en mi historial o persona podría indicar que me quiero quedar ilegalmente; efectivamente, ese es el caso. Pero si hasta hemos visto cómo agentes de ICE han matado a ciudadanos estadounidenses, no creo que les importe mucho un turista peruano. Al final no pasó nada, como siempre, pero en la cola sí se siente a la gente tensa. La música es un ansiolítico o calmante natural, te empodera y te hace darte cuenta de que, al final, tus preocupaciones siempre, reitero, siempre son más grandes en tu cabeza. Al comenzar esta crónica hasta me entraba una especie de paranoia de que lo que estaba haciendo podía tener consecuencias, pero si la libertad de expresión ya no es bienvenida, entonces yo tampoco lo soy. Contradictorio para alguien que quiere vivir un tiempo en China.
El mundo está extraño. Españoles de Ceuta interrumpiendo el paso de la Cruz Roja y la ayuda de alimentos para los migrantes que cruzaron la frontera con Marruecos. Puedo llegar a entender la molestia, pero de eso a dejar a gente morir de hambre y enfermedades hay bastante distancia. Es lamentable y, a mi forma de ver las cosas, me parecen hasta cómplices de las personas que mueran ahí. Movimientos fascistas y hasta neonazis que aceptan abiertamente ser racistas, como si fuera algo bueno. Cuando los veo, me provoca anularles su crueldad a golpes. Lo haría feliz y por pura diversión, porque esta gente no va a cambiar: son unos buenos para nada y se mantendrán así.

Justo acá en Miami encarcelaron a los hermanos Tate, a pedido del Reino Unido, porque aparentemente son íntimos del presidente Donald Trump. Los famosos hermanos líderes del movimiento de la manosfera que engañaban a miles de fracasados que odian a las mujeres y quieren ser gente “cool”. No hay nada menos cool que pagar por un curso para serlo y nada menos chévere que odiar a las mujeres porque no te dan bola. A esos hermanos también les metería una cachetada solo para alegrarme el día. Ya notarán que muy cuerdo e inofensivo no soy.
Dicen que le sacaron la vuelta a Víctor Caballero, un periodista que me parece agradable e inteligente, de la tanda de podcasts que han invadido, por no decir infectado, las redes sociales; el de Curwen me parecía respetable. No estoy muy enterado de su vida privada porque no me importa y a nadie debería importarle: es suya y solo suya. Veía a otros autoproclamados politólogos, líderes de opinión o como se quieran llamar, repitiendo esta noticia, viendo reacciones y riéndose. Francamente, hemos llegado a un nivel rastrero si esto es el nuevo periodismo.
Hasta donde yo tenía entendido, por más que haya diferencias ideológicas o políticas, y por más que se puedan detestar, al final son un bloque cuya labor es informar y fomentar el pensamiento crítico de las personas. Ahora solo fomentan odio y humor patético, transformándose en un ambiente farandulero digno de Esto es Guerra o Combate. Pero a ese punto hemos llegado: ahora la gente tonta y retorcida tiene espacio y audiencia, y entre ellos retroalimentan su propia estupidez.
En otras palabras, se convirtieron en lo que prometieron destruir: en un engranaje más de la maquinaria que fomenta el poco desarrollo, junto con la DBA, Fuerza Popular y la izquierda radical. Todos son payasos del mismo circo y lo peor es que no se dan cuenta. Igual, a pesar de que me parezca mal, no estoy a favor de la censura y ya mencioné que la libertad de expresión me parece importantísima, así que está bien dejar que los estúpidos también hablen.
Quizás el problema es que nos hemos acostumbrado demasiado a odiarnos y, peor aún, a disfrutarlo. El racista necesita al migrante, el radical necesita al facho, el facho necesita al progre y todos necesitan un celular para grabarse mientras explican por qué el otro es un imbécil. Mientras tanto, yo sigo acá en Miami, escribiendo esto probablemente con más rabia de la necesaria y formando parte, aunque me joda admitirlo, del mismo circo que critico. Al menos intento darme cuenta.
No sé si el mundo está peor o simplemente ahora tenemos una pantalla que nos recuerda cada cinco minutos lo estúpidos que podemos llegar a ser. Quiero pensar que todavía queda gente decente haciendo cosas decentes sin necesidad de publicarlas. Por ahora me conformo con poder escribir lo que pienso, incluso cuando estoy equivocado. Después de todo, la libertad también consiste en dejar hablar al idiota. Incluso cuando el idiota soy yo.







