[MIGRANTE AL PASO] Regresé de viaje. Un poco de deudas acumuladas. Las noticias, salidas de control. Ataque tras ataque, defensa tras defensa. Pensaba al aterrizar cuál es mi papel en este infierno, si es que de verdad tengo alguno. Ideologías en choque constante en un panorama que justifica cualquier prejuicio e insulto. Solo pensaba en llegar a casa y echarme a descansar con mi perro de 55 kilos. Soy libre de ser quien me da la gana y eso no me lo va a quitar nadie.
Van varios días que me sentaba frente a la computadora intentando escribir y las palabras no me salían; todo el alfabeto y la creatividad se habían quedado ahí, en esos lugares maravillosos donde estuve. Ahí, donde me pude dar el lujo de olvidar todo lo negativo que se vive. También me llevé la sorpresa de que el conservadurismo se encuentra en todos lados y no es algo propio de países como el nuestro. Es una tendencia que va en subida y no está amarrada a ninguna dirección política.
Va más de una semana que regresé y solo he salido de mi casa dos veces; me refugié en ficciones y trabajo remoto. Escuchaba en reels de Instagram opiniones descabelladas, viendo cómo tanto la izquierda como la derecha han sido influenciadas para decir sandeces solo para que su mensaje suene más potente. Suenan todos como Trump, para mí el personaje más nefasto de la actualidad.
Escuchaba a un personaje autoproclamado de izquierda y autoproclamado no progresista, que incluso menospreciaba a las mujeres; tiene muchos seguidores, y yo no entendía cómo alguien que le quita todo lo bueno a esa orientación puede ser escuchado con tanta seriedad.
De madrugada, regresando del aeropuerto, la brisa marina me hacía sentir en casa y la neblina me hacía sentir nostálgico. Mi cuerpo es joven y fuerte, pero siento mi mente vieja y desgastada.
Hacía una cola de 45 minutos en un parque de diversiones junto a un gran amigo que tiene un modo de vivir bastante particular. Le contaba, al igual que hace mucho, ciertas turbulencias que pasaban por mi mente. Él se reía y me decía:
—Hermanito, mira dónde estás, la vida es buena.
Recordaba tiempos más graves en los que me decía:
—¿No quieres ver a tus hijos o sobrinos crecer? Todavía no termina One Piece, hermanito; aún hay mucho que tenemos que vivir.
Yo, muerto de miedo, seguía avanzando en la cola para enfrentar uno de mis miedos más grandes: las montañas rusas. Cada cierto tiempo había puertas de salida para quienes se arrepienten y quieren dar vuelta atrás. En todas ellas titubeaba.
Llegamos al momento decisivo y tenía poco tiempo para decidir. Mi amigo, después de toda una larga fila explicándome que era imposible que me pasara algo e intentando que racionalizara el miedo, solo me agarró los hombros con la fuerza amical que ameritaba. Lo veía sonreír; la estaba pasando bien conmigo ahí, y eso me dio el coraje de entrar por la puerta sin retorno.
Nos sentamos y yo mantenía los ojos cerrados. Salimos disparados y, en ese momento, abrí los ojos. Todo mi miedo se convirtió en risas; en cada vuelta de cabeza y en cada roce con el piso me reía más fuerte.
Cuando bajamos, efectivamente me di cuenta de que aún tengo mucho por vivir. Tengo varios libros que escribir, varios negocios que crear y, probablemente, más viajes en montañas rusas. En ese momento saldé una deuda que tenía conmigo mismo.
También tengo una pequeña deuda económica con él, pero nada exagerado que no pueda saldar. Mi mayor deuda está en que ese pequeño empujón que me dio fue la causa de que quiera vivir plenamente y disfrutar el día a día lo más que pueda. Por más tonto que sea un miedo, superarlo no tiene precio, y él me ayudó con eso.
Después de todas esas experiencias continuamos con nuestro viaje. Budapest, en nuestro último día, nos recibió con un auto Tesla. Apenas subimos, hizo un derrape a toda velocidad. Nos miramos entre asustados y emocionados. Nos sorprendió porque varios taxistas húngaros hablaban castellano.
—Grandpa helped build this bridge.
De un segundo a otro, sacó la cabeza y el brazo por la ventana y gritó:
—Grandpa, give me strength to continue living!
Todos nos comenzamos a reír junto con él. Entre las risas pensaba qué historia oculta había ahí, entre el taxista maniaco y su abuelo que ayudó a construir el famoso Puente de las Cadenas.
El día anterior caminamos hacia el parlamento de la ciudad, una de las construcciones más monumentales que he visto. Nos encontramos, al borde del río, pequeñas esculturas de zapatos de todas las tallas. Era una de las atracciones que teníamos planeado ver, pero la encontramos de casualidad. No conocía la historia.
La Cruz Flechada fue un partido fascista húngaro, marcado por un fuerte antisemitismo y ultranacionalismo. Llegó al poder en 1944, al final de la guerra. Obligaban a familias judías y de oposición a pararse amarradas frente al Danubio. Les quitaban los zapatos por el gran valor que tenían en la época. A veces los fusilaban a todos para que sus cuerpos desaparecieran con las corrientes fluviales. En algunos testimonios cuentan que, para ahorrar balas, solo le disparaban a uno para que cayera y, como todos estaban amarrados entre sí, caían también.
Esto es lo que sucede cuando se agrupan personas radicales, cegadas por una ilusión de supremacía. Este es uno de los mayores riesgos a los que nos enfrentaremos en los años por venir. Si bien el ejemplo que di es un caso de extrema derecha, a quien crea que la extrema izquierda nunca ha sido cómplice de ríos de sangre le recomiendo que lea; y, si ya leyó, entonces le corresponde un psicólogo.
Ese odio y menosprecio a la tibieza y a quienes no quieren inclinarse por ninguno de los dos lados —hay miles de caminos, pero se nos ha hecho creer que solo hay dos— solo destaca cobardía y demuestra que, efectivamente, la historia tiende a repetirse.









