[MIGRANTE AL PASO] Durante mi infancia, mi mundo estaba dividido en dos. Terminaba el colegio, regresaba preocupado a mi casa, no sabía si le había llegado alguna notificación de mal comportamiento o algún aviso de bajo rendimiento, cuando estaba próximo a llegar para almorzar recordaba lo que mi hermano me dijo: no importa si te gritan por no hacer tareas, igual te van a querer. Gracias a esa frase podía permitirme vivir de manera un poco conchuda. Después de devorarme el arroz con pollo, chaufa o hígado con cebolla; un poco de charla y críticas a mis profesores, subía y prendía el televisor expectante de qué ficción me tocaba vivir el resto del día.
Así viví casi toda mi adolescencia, una un poco particular, cuando ya debería haber desarrollado un poco yo me mantenía como un niño. Un niño observador, disidente, irresponsable, de corazón noble, muy culturizado, miedoso y con la ambición de conquistar el mundo. En esas épocas que ibas a polvos rosados y salías con cientos de series y animes en DVD, o miles de juegos piratas antes de que las consolas fueran imposibles de modificar. Cogía mis colecciones de Naruto, Harry Potter o El señor de los anillos, para ese momento aún no habían terminado de ser transmitidas. Comenzaba desde el inicio y en unos días lo terminaba, a veces volvía a comenzar de cero al finalizar, en otras ocasiones cambiaba a otro mundo de fantasía. Cuando llegaba al colegio al día siguiente, no me quedaba muy claro qué realidad estaba viviendo.
Sentía que no tenía nada que aprender en el colegio, era obvio que los problemas matemáticos los iba a poder resolver desde mi bolsillo en el futuro y en cuanto a las otras materias, ya sabía casi todo por la buena educación que recibí en casa. A veces sentía que caminaba rodeado de peces, un grave error y muy típico de un niño que cree ya tener todo resuelto. En ese momento había viajado, pero no había descubierto el mundo por mí mismo. Entre los 12 y los 16, mientras mis amigos se preocupaban por sus primeros tragos, hacer amigos con gente de otros colegios, chicas y peleas; yo me mantenía ajeno y una exploración que se volvió un tanto oscura y perversa para un niño. De todas esas, lo único que no me perdí fueron unas cuantas borracheras y peleas. Siempre que salía, pensaba en el juego o anime que me esperaba en casa. Fue dentro de esta aventura de mundos ficticios que las cosas pudieron tornarse turbias y cambiaron para siempre mi perspectiva del mundo y vida; me gusta pensar que para bien.

Al igual que ahora, me quedaba hasta la madrugada, la diferencia es que en ese momento podía despertarme a la hora sin cansancio. Comencé con el aclamado y más mainstream, Death Note (No explicaré cada uno en detalle, pero sí lo que tal vez no debí cuestionarme a raíz de ellos). Con este entendí que nadie es bueno del todo, ni siquiera yo, que creía ser alguien puro. No lograba descifrar mis comportamientos impulsivos pero llegué a entender que algo había detrás de todo. Me adentré en las perspectivas de justicia y cómo la obsesión hacia eso puede derivar en un complejo de dios megalomaníaco para que al final solo la representación de la muerte se mantiene neutral en la dicotomía del bien y el mal. Con Fullmetal Alchemist, aprendí sobre los alquimistas que existieron, humanos que mezclando ciencia y esoterismo buscaban alcanzar un nivel divino como la inmortalidad, comprendí que la ley de equivalencia de intercambio se aplica a todo y siempre hay que dar algo a cambio para recibir algo. Intentar romper eso puede traer consecuencias trágicas para quienes no comprenden sus límites humanos. Exploré términos ambiguos y ocultistas como la serpiente de uroboros y homúnculos por el deseo infantil de unos niños para revivir a su madre. El concepto de alma y cuerpo fue interiorizándose en mí.
Con un par más como Serial Experiments Lain, Ergo Proxy y Paranoia Agent; pude predecir que eventualmente íbamos a crear una inteligencia artificial que reemplazaría a dios. Cómo la dualidad entre el creador y lo creado se vería alterada y anticipé futuras crisis de identidad que igual me agarraron desprevenido. Entendí cómo muchos antes estas situaciones prefieren escapar de una manera violenta y liberadora. Por mencionar uno más, de varios que estoy dejando pasar, está Neon Genesis Evangelion, rellena de referencias y simbología de las religiones monoteístas. Donde un joven débil y deprimido se va quebrando emocionalmente hasta terminar totalmente vacío. Debido a una instrumentalización excesiva del humano desaparece el individuo y la única salida es el fin de todo. En todo esto pensaba mientras me enseñaban trigonometría o muchos compañeros cantaban canciones cristianas por un lavado de cerebro llamado confirmación.
Nunca encontré las respuestas a todas esas preguntas y, siendo sincero, tampoco creo que existan. Pero mientras el colegio intentaba enseñarme a resolver ecuaciones, aquellos mundos ficticios me obligaban a enfrentar problemas mucho más incómodos: qué es la justicia, qué significa ser humano, por qué existimos y qué ocurre cuando intentamos ocupar el lugar de Dios. Quizá por eso recuerdo tan poco de mis clases y tanto de aquellas madrugadas frente al televisor. Sin darme cuenta, mientras todos creían que estaba perdiendo el tiempo viendo dibujos animados, estaba recibiendo la educación que más me ha acompañado hasta hoy.







