Juan Carlos Tafur - Pie Derecho

Desenmascarar a los trumpistas nativos

Hay una pregunta que los periodistas van a tener que agregar en sus habituales listados para los candidatos presidenciales de la derecha peruana, y es qué opinan del autócrata Donald Trump. Va a ser la mejor manera de distinguir a los liberales de aquellos que pretenden disfrazarse de tales cuando no es si no una vocación autoritaria y conservadora la que los identifica.

Así como legítimamente se le inquiere a la izquierda por Maduro o el chavismo y resulta una buena prueba ácida de las reales convicciones democráticas de sus portavoces (quienes, en lugar de quejarse de la pregunta deberían entenderla y responderla), a la derecha hay que someterla a idéntico test.

La derecha liberal es antizquierdista por principio. No comulga con el estatismo económico que la caracteriza y no tiene, por ende, vaso comunicante alguno con ella. Pero ello no hace que todo antizquierdista devenga en liberal automáticamente.

Un sector creciente de la derecha global y peruana se ha ido acercando a variantes autoritarias en lo político, mercantilistas en lo económico y ultraconservadoras en lo moral, que de liberales no tienen un pelo. En su versión más delirante, como la de los seguidores de Trump, esta derecha cree que estamos siendo víctimas de un plan siniestro global de la izquierda planetaria, que quiere acabar con Occidente. Basta rascar un poquito en las reales convicciones de estos derechistas para darse cuenta de su perfil medieval. Para ella la Ilustración ya fue, al parecer, una revuelta antioccidental y brutalmente llama neomarxismo prácticamente a cualquier pensamiento complejo que no se esfuerza en entender.

Esta derecha ultra no debe ser vista como un fenómeno folklórico al que se mira con sorna. Es muy peligrosa, es un riesgo para las libertades y para el pleno despliegue del tipo de capitalismo democrático que un país como el Perú necesita. Si ha puesto en jaque a la democracia estadounidense, sería perfectamente capaz de destruir la precaria institucionalidad nacional.

Por supuesto, esta derecha tiene todo el derecho del mundo de existir, de expresarse y de pretender ganar el favor popular en un proceso electoral, pero lo que merece denuncia ostensible es que se quiera disfrazar poniéndose ropajes ideológicos impostores.

Se le debe combatir desde sus gérmenes. Y esta campaña electoral debe servir para denunciar su intento de infiltración en diversas candidaturas presidenciales y parlamentarias. No hay que dejarla pasar.

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