Música de Venezuela: Alegría, romance y talento en medio del desastre

Música de Venezuela: Alegría, romance y talento en medio del desastre

“En paralelo a las eternas componendas políticas que ensucian a nuestros países desde hace décadas, los artistas y canciones venezolanas nos han hecho bailar, reír, reflexionar y enamorarnos a través de las décadas...”

[Música Maestro] Nunca dejes de sonar Venezuela

Después de que el dominicano Ángel “Catarey” Andújar, reconocido percusionista integrante de la 4.40, falleciera en un trágico accidente mientras la orquesta estaba de gira por Venezuela, Juan Luis Guerra compuso una dulce canción, Ángel para una tambora (Ojalá que llueva café, 1989). La arrulladora melodía y el sutil acompañamiento vocal que ensambla Guerra con su línea de coristas integrada por Maridalia Hernández, Roger Zayas-Bazán, Mariela Mercado, Marco Hernández y Adalgisa Pantaleón, da vueltas en mi cabeza desde que se conoció el doble terremoto que sacudió la zona norte del país, hace ya dos semanas.

“Venezuela” es actualmente, en el Perú, una mala palabra. Desde que el fenómeno migratorio se convirtió, gracias a la torpeza de PPK, en un problema, junto con aquellas personas decentes que buscaban escape del desastre madurista, también llegó lamentablemente una ola delincuencial incontrolable y sanguinaria, una realidad innegable que nos afecta directa o indirectamente. Sin embargo, en estos momentos solo caben la solidaridad y la empatía con la población venezolana. Muchas de las personas con las que trabajamos o nos cruzamos en las calles, tiendas, mercados o servicios de delivery están sufriendo, mientras lees esto, la pérdida de familiares, amigos, conocidos, entre los escombros. Hacia ellos nuestras oraciones.

Además, hubo un tiempo en que nada fue así entre Venezuela y Perú. En paralelo a las eternas componendas políticas que ensucian a nuestros países desde hace décadas, los artistas y canciones venezolanas nos han hecho bailar, reír, reflexionar y enamorarnos a través de las décadas con géneros y sonidos poseedores de una personalidad propia y reconocible en el entorno de la música en nuestro idioma, que nos trae recuerdos de aquellas buenas épocas en que, por ser niños o adolescentes, aun podíamos respirar sin preocuparnos de las mezquindades con las cuales hoy convivimos -las dictaduras, las corrupciones, los tweets de Perú 21-. Que nunca deje de sonar Venezuela…

Clásicos de todos los tiempos

¿Quién no ha escuchado Caballo viejo? Debe ser una de las canciones en castellano más conocidas, cantadas y bailadas de la historia. Y es de Venezuela. ¿Y Alma llanera? Dicen algunas páginas de internet que existen más de 800 versiones grabadas de este tema, el segundo himno nacional del país sudamericano. Es decir, el equivalente de lo que es para nosotros el vals La flor de la canela o Garota de Ipanema para Brasil. Estoy seguro de que ocho de cada diez personas no tienen la menor idea de quién compuso y a qué época pertenecen. Y como la ignorancia es la verdadera madre de todos nuestros vicios, también estoy seguro de que esas ocho personas votaron por Keiko en segunda vuelta. Les apuesto lo que quieran.

Cronológicamente hablando, el famoso joropo en el que el cantor declara ser “hermano de la espuma, de las garzas, de las rosas y del sol”, es la más antigua. Fue estrenada en el año 1914 como parte de una obra lírica, una zarzuela en un solo cuadro (acto), con versos escritos por el poeta Rafael Bolívar Coronado y música de Pedro Elías Gutiérrez, compositor nacido en La Guaira, la zona devastada por los sismos. Ha sido grabada por todos, desde Plácido Domingo hasta Julio Iglesias, desde Jorge Negrete hasta Juan Diego Flórez.

Por su parte, Caballo viejo –“cuando el amor llega así de esta manera uno no se da ni cuenta…”- apareció por primera vez en el LP Golpe y pasaje (1980) y desde entonces se convirtió en parte de la conciencia colectiva de Venezuela. Su creador, el cantante, compositor y actor Simón Díaz (1928-2014), es la personalidad más importante de la cultura popular llanera. Durante décadas, “El Tío Simón” compuso joropos, boleros, gaitas zulianas y tonadas, antes de que su canción sobre el amor otoñal se volviera masivamente conocida.

Mientras Caballo viejo se hizo patrimonio universal de forma inmediata -la grabaron desde la orquesta de Ray Conniff hasta los Gypsy Kings y todos los que se puedan imaginar también-, una de sus composiciones más profundas, Tonada de luna llena, (LP Tonadas, 1974) logró fama en los noventa en la versión de Caetano Veloso, incluida en la banda sonora de una película del ícono hípster Pedro Almodóvar (La flor de mi secreto, 1995). El brasileño la había grabado originalmente para su aclamado disco de covers latinoamericanos Fina estampa (1994).

Boleros, música instrumental y Navidad

“Con mi burrito sabanero voy camino de Belén” dice uno de los villancicos más populares del cancionero navideño latinoamericano. Y llegó también desde Venezuela. El compositor fue Hugo Blanco (1940-2015) quien además tocaba el arpa. Los más memoriosos seguro recuerdan una canción suya muy popular en la Lima guarachera de los años setenta, un instrumental titulado Agua fresca (1972). Blanco fue quien creó a La Rondallita, conjunto de voces infantiles que grabó El burrito de Belén en su primer LP de 1975, con la voz principal de un niño de 8 años llamado Ricardo Cuenci (hoy tiene 60).

“Ansiedad de tenerte en mis brazos musitando palabras de amor” entonaba, con un masticado español, el pianista y cantante norteamericano Nat King Cole (1919-1965) y en el elegante acompañamiento orquesta brilla una delicada arpa como instrumento principal. Esa versión es de 1958, para un LP que la estrella de jazz tituló A mis amigos -el segundo de tres que grabó en nuestro idioma para el sello Capitol Records- y es la canción que más representa esa etapa del norteamericano en la que se metió al bolsillo al público latino, aprendiendo la fonética del castellano sin entender lo que decía en realidad. El compositor de Ansiedad fue el venezolano José Enrique “Chelique” Sarabia (1940-2022).

En la era dorada del bolero destacaron tres cantantes, con registros estilísticos totalmente diferentes. Uno fue Gualberto Ibarreto, compositor de joropos, boleros y tonadas de amplia trayectoria local, que en 1986 se hizo conocido en toda Latinoamérica por el bolero Ladrón de tu amor, canción que identificó una sintonizada telenovela, Leonela. El segundo fue Alfredo Sadel (1930-1989), un tenor ligero con aires líricos que lanzó gran cantidad de discos de boleros y melodías latinoamericanas.

Y el tercero fue Felipe Pirela (1940-1972), “El Bolerista de América”, asesinado a tiros en Puerto Rico, a la salida de un recital, cuando apenas tenía 32 años. Héctor Lavoe, gran admirador suyo, grabó en 1979 un LP para Fania Records titulado Recordando a Felipe Pirela, donde interpreta Pobre del pobre o Sombras nada más, éxitos del venezolano. Pirela fue además vocalista de una orquesta muy popular llamada Billo’s Caracas Boys y cuando salió en 1963 para seguir su camino en solitario, fue reemplazado por un jovencito de 20 años llamado José Luis Rodríguez.

“El Puma” y otros baladistas

Venezuela fue proveedora de una enorme constelación de cantantes románticos, hombres y mujeres que durante los años setenta, ochenta y noventa, conquistaron el corazón de todos los públicos con sus talentosas voces y versatilidad pues también actuaban en telenovelas, como varios artistas mexicanos o argentinos. De todos ellos, el más famoso es José Luis Rodríguez “El Puma”, apelativo que lo acompaña desde 1974 debido, precisamente, al papel que interpretaba en una de esas historias que mantenían en vilo a las señoras de ese tiempo. Su personaje, a su vez, estaba basado en una canción del argentino Sandro.

La discografía de “El Puma” tiene muchos puntos elevados, entre los cuales podemos destacar los álbumes Por si volvieras (1978), Dueño de nada (1982) o Señor corazón (1987). A fines de los noventa hizo homenajes al Trío Los Panchos y a José Alfredo Jiménez. Actualmente, con 83 años y tras superar un complejo trasplante de pulmones, sus canciones siguen sonando e incluso son adaptadas a ritmos populares. “El Puma”, recientemente ligado a la televisión local como juez de un programa concurso, es una verdadera leyenda de las baladas en español.

Otros baladistas notables venezolanos son, por supuesto, Ricardo Montaner y Franco de Vita, dos de los artistas más exitosos que surgieron a finales de la década de los años ochenta y que tienen listas larguísimas de canciones conocidas. En un segundo nivel, podemos mencionar a Guillermo Dávila, Jorge Rigó y Carlos Mata, famosos por su participación como actores y cantantes en populares novelas ochenteras. Y en un tercer nivel, aparecen nombres como Rudy La Scala, Yordano -su canción Locos de amor inspiró en un bodrio del “cine” peruano- y el cantautor de origen judío Ilan Chester, cuyas composiciones Un querer como el tuyo y Palabras del alma marcaron toda una época en las radios limeñas.

Las voces femeninas

Entre las cantantes mujeres, “La Primerísima” Mirla Castellanos es un capítulo aparte en la cultura popular venezolana, aunque entre nosotros es una “one-hit wonder”, por la balada Maldito amor (LP del mismo nombre, 1981) que los oyentes de programas como La Hora del Lonchecito reconocen perfectamente. María Conchita Alonso, cubana de nacimiento, fue identificada por mucho tiempo como venezolana pues allí vivió buena parte de sus primeros años.

En 1982 apareció una cantante llamada Marlene que colocó dos canciones escritas por el español Juan Carlos Calderón (Mocedades, Raphael, entre otros) -¿Qué nos pasa esta mañana? y Ámame, incluidas en su LP epónimo Marlene, en la cima de los rankings por su intensidad y romanticismo. Y dos intérpretes muy conocidas, Karina y Melissa, tienen algo en común: ambas nacieron en Perú pero desarrollaron sus carreras en Venezuela, desde donde se hicieron famosas con canciones ochenteras como Sé cómo duele (1985) o No soy una señora (1983).

La relación Perú-Venezuela en los ochenta se hizo fuerte en esos años también a través del público infantil, cuando el simpático payaso “Popy” -nombre artístico del productor y comediante Diony López (1946-2010)- trajo su exitoso programa televisivo a Panamericana Televisión, convirtiéndose en el favorito de los niños y hasta sirviendo de inspiración para un conocido político que saltó a la fama mediática cuando un cómico lo parodió como “Popyvera”. Curiosamente, ambos personajes postularon a la presidencia este año, sin éxito.

Salsa, merengue y trova

Como buen país con influencia del Caribe, Venezuela nos ha regalado también exponentes de primera clase en géneros afrolatinos, representantes de una época en que la musicalidad, la picardía y la elegancia podían entremezclarse sin inconveniente alguno. Desde inicios de los años setenta, con la aparición de la Orquesta Dimensión Latina, surgió una figura que es hasta la actualidad la máxima expresión del “ritmo, sabor y la sandunga”.

Me refiero, desde luego, a Óscar d’León, “El Faraón de la Salsa”, el más grande salsero que ha salido de Venezuela y que, en ese tiempo, salía a cantar y bailar tocando su contrabajo, una poderosa imagen de talento, coordinación y dominio musical. A su lado brilló Wladimir Lozano, eximio cantante de boleros y guarachas. Entre 1973 y 1978, Dimensión Latina brilló con temas como Parampanpan, Sigue tu camino o Llorarás. Desde 1979 hasta ahora, Oscar d’León (83) sigue haciendo gozar al público bailador con su contagioso ritmo y sus canciones -sobre todo las más antiguas- son un placer para los amantes de la buena música latina.

Otros exponentes de la salsa venezolana son Hildemaro, muy popular en los años de la salsa sensual con sus arreglos para baladas de Roberto Carlos y, desde mediados de la década de los noventa, la Orquesta Los Adolescentes bajo la dirección de Porfi Baloa. Para los merengueros, sonarán familiares los nombres de Roberto Antonio y Miguel Moly, ex cantantes de Los Melódicos, legendaria orquesta fundada por Renato Capriles a finales de los años cincuenta y que cosechó éxitos noventeros con canciones como Mi corazón o Zúmbalo, en la voz de Liz Freitez Alvarado, compuestas por el peruano Luis Alva Lescano quien también produjo y compuso éxitos para el conjunto Los Fantasmas del Caribe como Celina o Muchacha triste.

Como olvidar a Nathalie Dias Rodrigues de Graça, más conocida como Natusha, una cantante nacida en Francia de padres portugueses que terminó nacionalizándose venezolana y dedicándose a hacer música para bailar, también bajo la producción de Alva. Cualquier persona que haya ingresado a la universidad a inicios de los noventa y que diga no haber bailado El meneíto (1992) califica para ser asesor de Fuerza Popular, por mentiroso. En esa onda fue también muy popular la canción Mar y luna (1991), en ritmo de lambada, que interpretó un cantante que respondía al alias de Pecos Kanvas (1953-2008) y había sido más o menos conocido como baladista.

También en ese tiempo, la orquesta infantil Salserín logró gran impacto y sus vocalistas principales, los hermanos Servando y Florentino Primera, quisieron continuar como solista con poca suerte. El padre de ambos, Alí Primera, fue un aguerrido trovador identificado con la canción protesta y los movimientos obreros (su historia completa, aquí). Otra destacada figura de la canción social trovadoresca fue la cantautora española-venezolana Soledad Bravo.

Ed Calle, saxofonista de primer nivel en el latin-jazz, nació en Caracas de padres españoles. Integró durante años la orquesta del recordado programa Sábado Gigante. Desde Miami, donde se instaló desde los ochenta, su talento lo ha convertido en uno de los músicos de sesión con más cantidad de grabaciones con grandes estrellas de la música tanto en inglés como en español. Fue alumno de la leyenda del jazz contemporáneo Michael Brecker (1949-2007) y fue apodado «El Monstruo» por Arturo Sandoval.

Música clásica

Gustavo Dudamel es el director latinoamericano más famoso del mundo. Se formó en el proyecto Fundación Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles, más conocido como “El Sistema”, fundado en 1975 por el director de orquestas, educador y político José Antonio Abreu (1939-2018), que ha rescatado a miles de niños y niñas de la pobreza a través de la educación musical académica. Dudamel, a sus 47 años, ha trabajado con Disney, con la producción de la saga Star Wars, ha dirigido a la orquesta de su país en los Promps de Inglaterra y es, desde el 2009, director de la orquesta filarmónica de Los Angeles.

Tras los terribles terremotos, Dudamel ha anunciado que viene coordinando la ayuda humanitaria con el PNUD y está “movilizando un concierto internacional para llevar la mayor cantidad de recursos para ayudar a superar este momento tan crítico de mi querida Venezuela”. Todo un ejemplo de solidaridad y conexión con la gente del afamado director que se enfrentó al chavismo tras la muerte de uno de sus colegas en extrañas circunstancias, en el año 2017 durante unas protestas ciudadanas contra el gobierno de entonces.

La tradición de la música clásica en Venezuela tiene un antecedente aun más antiguo, en la pianista, soprano y compositora Teresa Carreño (1853-1917), hija de Manuel Antonio Carreño, el del famoso manual de buenas costumbres, quien fuera apoyada por el general Antonio Guzmán Blanco, presidente de Venezuela entre 1870 y 1888. Por cierto, aquí tenemos otra conexión entre ambas naciones: Guzmán Blanco fue el único gobernante de la región que apoyó a nuestro país tras la derrota en la Guerra del Pacífico. Por ese motivo tenemos una avenida con su nombre en Lima.

Rock venezolano: De lo bueno, poco

Aunque el rock en castellano ha sido históricamente dominado por Argentina y España -en un segundo nivel, México y Chile-, el país de los joropos y el cuatro posee una amplia escena en todos sus géneros y subdivisiones, pero solo dos o tres nombres han destacado de manera concreta, con fieles seguidores que reconocen su calidad e importancia en el panorama general del pop-rock latinoamericano.

Los conocedores del rock progresivo deben recordar a La Ofrenda, banda liderada por el músico austriaco-venezolano Vytas Brenner (1946-2004). Su primer álbum, llamado convenientemente La Ofrenda de Vytas (1973, cuyo primer tema se titula Morrocoy, un homenaje a nuestra ridícula «campaña» presidencial), es un simpático compendio de ritmos venezolanos e instrumentación rockera, una pieza de colección. Brenner produjo algunos álbumes más, entre los que destacan En vivo (1977), El vals del mar (1986) o Amazonía (1990).

Caramelos de Cianuro, activos desde inicios de los noventa, consolidaron un sonido propio de pop-rock alternativo con fuertes letras y actitud relajada, produciendo hasta nueve discos entre 1992 y 2021. Por su parte, Los Amigos Invisibles llevaron las cosas a otro nivel, tocando funk y acid jazz de alto calibre y exhibiendo un nivel de desparpajo que deja a Ilya Kuryaki & The Valderramas (Argentina) y Rabanes (Panamá) varios escalones por debajo. Para los amantes del ska irreverente y combativo, Desorden Público compite con Los Fabulosos Cadillacs aunque su fama a nivel regional no sea tan extensa como la de los genios del dub.

Entre los artistas venezolanos más populares de los últimos años podemos mencionar a los reggaetoneros Rawayana y Danny Ocean, los merengueros Chyno y Nacho, el rapero Canserbero (1988-2015) o el cantautor de indie-folk Devendra Banhart, nacido en Texas (EE.UU.) de madre venezolana

 

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