Alonso-Rabi-Do-Carmo

Una alegoría

Madeleine Truel es una heroína peruana aun no conocida por muchos; en un acto de justicia, una estatua suya ha sido recientemente inaugurada en uno de los malecones de Miraflores. Gracias a su extrema habilidad para falsificar documentos, Madeleine logró salvar muchas vidas durante la Segunda Guerra Mundial, destacando, además, como una de las más activas participantes de la heroica resistencia francesa.

Su historia la cuenta con detalle Hugo Coya en su libro La estación final, que narra, como se sabe, las peripecias de varios peruanos a quienes cupo desempeñar un rol heroico en la Europa ensangrentada por Hitler. En 1942 fue arrollada por un vehículo pesado del ejército nazi, que le dejó graves secuelas y afectó su movilidad, pero no arredró su ánimo ejemplar.

En 1944 fue hecha prisionera por los alemanes y conducida a un campo de concentración donde culminaría su martirologio, durante una de las llamadas “marchas de la muerte”, un año después. Una muerte cruel y dolorosa para alguien que hizo de su existencia un sacrificio sin medida por los demás. En 1943, Madeleine Truel escribió una historia titulada L´Enfant du Métro, en la que narra la historia de un niño nacido en una estación de metro, de la cual nunca saldría.

Si consideramos, por el contexto en que se escribe este conmovedor relato, la idea de alegoría, es decir, un relato en cuyo tejido interior late una representación simbólica de algo que sobrepasa el significado inmediato, creo que El niño del metro pertenece sin ninguna duda a la familia de los relatos alegóricos. En efecto, ¿qué sentido puede tener la historia de un niño encerrado en el subsuelo de una ciudad sitiada y asolada por una guerra? Claro, nada quita que pensemos en la historia a secas y dibujemos la trama en la forma más simple posible: historia de un niño nacido y crecido en el metro de París.

Sin embargo, el añadido contextual nos empuja a superar esa simple manifestación temática y nos invita a pensar en otras cosas que solo podrían explicarse en una situación de urgencia crítica, como una guerra: el aislamiento, el encierro prolongado, la percepción limitada del mundo, el miedo, la angustia, entre otras. Al mismo tiempo, este relato contiene también la historia de un aprendizaje, que no es otro que el de vivir la adversidad y hacerle frente con la fortaleza de la inocencia de Dante, el niño protagonista.

“Así, todo aquello que no conocía lo imaginaba y lo componía en su mente con las cosas más agradables, las más bonitas que había podido ver (…) Villiers tenía que ser una ciudad pequeñita y le parecía que allí las casas debían  ser rosadas (…) Cada nombre era para él como una imagen. Mientras circulaba por los túneles, en las conexiones soñaba con ello sin cesar” (pp.15-17).

La imaginación al servicio de la vida y la esperanza. Lo que conmueve no es tanto la circunstancia del encierro como la voluntad imaginativa para enfrentar una situación tan adversa, tratándose sobre todo de un niño. Este libro fue muy popular en su tiempo y dio bastante que hablar en plena invasión francesa por los nazis. Milagrosamente esquivó los rigores de la censura y estoy seguro de que su lectura, en medio de un drama tan intenso, debe haber reconfortado, aun brevemente, a muchos de sus lectores. Hoy recibimos una impecable traducción y un libro primorosamente ilustrado, para seguir alimentando el anhelo de una vida esperanzada.

El niño del metro. Madeleine Truel. Traducción de Nataly Villena. Ilustraciones de Gabriela Quispe. Lima: Maquinaciones Narrativa, 2022.  

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Cultura, Literatura, sociedad

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