VOLVER A LAS IDEAS: El reencuentro de la libertad y la igualdad para recuperar al  Perú

VOLVER A LAS IDEAS: El reencuentro de la libertad y la igualdad para recuperar al  Perú

Algo extraño sucede con nuestra manera de discutir de política: conceptos como liberalismo, izquierda, derecha o progresismo aparecen pero como etiquetas para descalificar al adversario. Así, el liberal termina convertido en defensor de los ricos y la socialdemocracia en una suerte de socialismo moderado, como si entre ambas tradiciones existiera un abismo imposible de atravesar.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Sin embargo, la historia es siempre más compleja. El liberalismo político y la socialdemocracia nacieron en momentos distintos y respondieron a problemas diferentes, pero compartieron siempre una preocupación fundamental: cómo construir sociedades en las que el poder no pueda disponer arbitrariamente de la vida de los ciudadanos. El liberalismo puso su acento en la libertad y en los límites al poder; la socialdemocracia incorporó la preocupación por las condiciones materiales que permiten que esa libertad sea algo más que una simple declaración escrita en un texto constitucional.

Este encuentro resulta especialmente importante hoy. No se trata de escoger entre libertad e igualdad, como si fueran valores enfrentados. Una persona puede ser jurídicamente libre y, sin embargo, vivir en condiciones que limiten seriamente sus oportunidades. Del mismo modo, una política destinada a reducir las desigualdades puede terminar siendo injusta si para conseguirlo sacrifica libertades fundamentales o concentra excesivamente el poder en uno de los poderes del Estado.

Además, de ambas tradiciones podemos recuperar algo valioso. El mercado puede generar riqueza, pero jamás reemplazará al Estado; el Estado puede proteger derechos y promover igualdad de oportunidades, pero no puede sustituir la iniciativa privada de las personas. Lo importante es que ambos funcionen sinérgicamente en el marco de instituciones sólidas y reglas que todos respetemos.

Esta discusión no es solo teórica, analicemos el caso peruano: durante los últimos años se ha deteriorado la confianza en las instituciones, el enfrentamiento entre poderes del Estado es permanente, los partidos se han debilitado y la representación política perdió buena parte de su capacidad para expresar preocupaciones ciudadanas. A ello se suman la inseguridad, la corrupción, la dificultad para alcanzar acuerdos y la sensación de que la ley no aplica a todos de la misma manera. El hartazgo social respecto de esta situación puede llevarnos a una conclusión dramática y profundamente equivocada: que el problema es la democracia, pero no lo es.

Por eso necesitamos volver a las ideas. Y hacerlo es aún más urgente porque la polarización mundial entre libertarios conservadores y progresistas radicales ha ido dejando poco espacio para los aportes del liberalismo y la socialdemocracia. Unos tienden a colocar la libertad individual, el mercado y los valores tradicionales como respuestas casi excluyentes; los otros suelen privilegiar el identitarismo al punto que podría colisionar con derechos fundamentales. En medio de esa disputa han quedado relegadas agendas que nunca debieron dejar de ser centrales: defender las libertades sin ser indiferentes ante la desigualdad, valorar el mercado sin olvidar la responsabilidad social y buscar mayor justicia sin sacrificar la libertad.

Por eso es necesario reinstalar los principios del liberalismo político y la socialdemocracia en el debate peruano. No se trata de importar modelos extranjeros ni repetir viejas fórmulas, sino de recuperar preguntas básicas que hemos dejado de hacernos: ¿cómo protegemos la libertad?, ¿cómo hacemos que el Estado vuelva a ser respetado sin convertirlo en una maquinaria de control?, ¿cómo reducimos desigualdades?, ¿cómo conseguimos que la ley vuelva a ser una referencia común?

La democracia no necesita que todos pensemos igual; lo que necesita es que podamos consensuar y discrepar dentro de reglas comunes que todos aceptamos. El Perú necesita reconstruir ese espacio común. La inseguridad, el desencanto con la política, la fragilidad institucional y las desigualdades alimentan la tentación de buscar soluciones rápidas y respuestas radicales. Pero una democracias no se reconstruye tomando atajos sino recuperando la confianza en las instituciones, fortaleciendo los partidos, mejorando el Estado y demostrando que la política todavía puede resolver nuestros problemas.

Tal vez recuperar las ideas también signifique recuperar la esperanza. Porque detrás de esta discusión hay una pregunta sencilla: ¿qué clase de país queremos ser? El Perú no necesita menos democracia, sino una democracia mejor: libertad protegida por instituciones, crecimiento acompañado de oportunidades, igualdad ante la ley y justicia social. El Perú necesita volver a creer que la política puede ser algo más que una lucha por el poder y convertirse en una herramienta para construir un país más libre, más justo y más solidario.

 

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