Germán Díaz

Lo que das, recibes…

Esta historia se desarrolla en un pequeño y lejano pueblo, donde existía una casa que había estado abandonada por muchos años. Sin embargo, cierto día, un perrito que estaba buscando refugio del sol, logró meterse por un agujero de una de las puertas de dicha casa. El perrito, comenzó a olfatear todo, moverse por todo el lugar. Finalmente, encontró unas escaleras muy viejas, y a pesar del rechinar de la madera y el susto que le producía, logró subir lentamente.

Cuando por fin consiguió llegar al segundo piso, se topó con una puerta que se encontraba semiabierta; lentamente se adentró en el cuarto. Para su sorpresa, al asomar el hocico, se dio cuenta que dentro de ese cuarto, habían mil perritos, que al mismo tiempo asomaban el hocico. Estos perritos, lo estaban observando tan fijamente como él los observaba a ellos. El perrito, que miraba a todos estos con actitud agresiva, vio que al mismo tiempo, a él lo veían también con actitud amenazante, lo cual hizo que se sintiera muy amenazado, porque quizás, no eran más grandes que él, pero si eran muchos y lo estaban viendo de una manera muy agresiva. Entonces, les empezó a gruñir, pero al mismo tiempo, obviamente los mil perritos le comenzaron a gruñir a él en respuesta. Poco a poco, todo fue empeorando porque comenzó a ladrarles ferozmente, a lo que los otros mil perritos le ladraron también a él. El perrito se asustó tanto al escuchar cómo le ladraban todos esos perros, que cuando salió disparado, pensó: “Qué lugar tan desagradable y horrible es éste, que mal me sentí, que mal me trataron, nunca más volveré por aquí”.

Tiempo después, otro perrito callejero entró a la misma casa, la recorrió también hasta que finalmente llegó al mismo cuarto que había entrado el primer perrito. Pero a diferencia del primero, cuando este asomó la cabeza al cuarto, el perrito comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco. Los mil perritos hicieron lo mismo. Posteriormente sonrió y les ladró alegremente a todos y cada uno de ellos. El perrito se quedó sorprendido al ver que los mil perritos también le sonreían y ladraban alegremente a él.

Finalmente, cuando el perrito salió del cuarto, se quedó pensando para sí mismo: “Qué lugar tan agradable, qué experiencia tan feliz, hace tiempo no me sentía tan bien recibido, voy a venir más seguido a visitarlo”. Ambos perritos, que obviamente no sabían leer, no vieron un letrero fuera de la casa que decía: “La Casa de los mil Espejos”.

Y tú ¿qué cara le pones al mundo?, ¿con qué actitud interactúas con las personas, las conozcas o no las conozcas?, ¿con qué actitud te recibe el mundo y tú qué das de vuelta? ¿cómo estás actuando – reaccionando o respondiendo – a los espejos de tú vida?

En la vida, en el mundo, constantemente estamos recibiendo “feedback” – retroalimentación – de lo que estamos entregándole. Sin embargo, en muchos casos no nos hacemos cargo, no queremos ver, no queremos darnos cuenta y más bien echamos las culpas al “mundo”, como que el “mundo” es el que ha hecho que nos comportemos como lo hacemos y reaccionemos como lo hacemos. Nosotros podemos reaccionar e ir en contra de lo que recibimos, o podemos responder y alinear nuestras acciones y actitudes a lo que queremos lograr, conseguir, alcanzar.

Reaccionar te pone en actitud de “efecto” (tú no generas lo que pasa, sólo eres parte del problema o la situación). Pasó algo y tú vas en contra, sin pensar, sin reflexionar si es lo mejor para obtener tus resultados. En realidad, tú no estás decidiendo, la situación decide por ti, y tú reaccionas de acuerdo a patrones preestablecidos aprendidos en tu pasado. Responder en cambio, requiere que estés presente, que estés claro del resultado que quieres lograr, de tener claro tu propósito, y entonces decidir conscientemente cuál es la actitud, cuál es la acción, de qué manera vas a enfrentar la situación y de qué manera te vas a desenvolver y finalmente actuar. Te conviertes en la causa, en el generador del resultado, creador del presente para ti.

Te invitamos entonces a estar presente a los espejos de tú vida, a no reaccionar sino por el contrario a responder, a estar en real control de las situaciones y alinear tu accionar a los resultados que estés comprometido a generar. Como decía Ghandi: “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”. Cada uno de nosotros puede ser ese cambio y crear un mundo donde valga la pena vivir, comenzando por nosotros mismos. Te deseamos una vida abundante y feliz.

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Creciendo entre amigos, Germán Díaz, Recibes

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