La memoria del conflicto también necesita diálogo

La memoria del conflicto también necesita diálogo

Las recientes posiciones de la congresista Rosangella Barbarán sobre el Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM), y sobre la enseñanza escolar del conflicto armado interno (CAI), expresan la preocupación porque las narrativas de uno de los periodos más dolorosos de nuestra historia incorporen las experiencias de todos quienes lo vivieron. Sin embargo, esta legítima preocupación conduce, a nuestro juicio, a conclusiones bien distintas.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] La primera cuestión es historiográfica. Desde la renovación de la disciplina histórica, asociada a la superación de la historia positivista de Leopoldo Von Ranke, la historia dejó de entenderse como la reproducción transparente de «lo que realmente ocurrió». El historiador trabaja con fuentes, las contrasta, establece hechos y, finalmente, los interpreta. El pasado ocurrió una sola vez; las representaciones que construimos sobre él son múltiples. Por eso no existe una única «historia verdadera» que pueda trasladarse intacta a un museo, un libro o un manual escolar. Existen versiones del pasado, algunas mejor sustentadas que otras, y todas deben permanecer abiertas al análisis crítico.

El LUM representa, sin duda, una determinada narrativa sobre el Conflicto Armado Interno. Esa narrativa puede discutirse: podemos cuestionar la selección de acontecimientos, ampliar la presencia de determinados actores, incorporar nuevos testimonios y matizar interpretaciones. Pero no parece razonable descalificarla en su totalidad porque falte uno u otro acontecimiento que consideremos fundamental.

Toda construcción histórica selecciona. Un museo no puede contener la totalidad del pasado; tampoco un libro de historia ni un manual escolar. La selección no constituye, por sí misma, una falsificación. La discusión relevante es qué se selecciona, por qué se selecciona y si esa selección puede ser revisada y enriquecida. Precisamente por ello, podemos iniciar un diálogo fraterno que permita acercar las distintas memorias y, especialmente, a las Fuerzas Armadas con la sociedad civil, que tanto lo necesitan.

Lo mismo vale para los manuales escolares. No debería imponerse a nuestros niños y jóvenes una única versión oficial del pasado (desde ningún sector de influencia de la sociedad sin excepción). Pero tampoco sería razonable sustituir una narrativa por otra y esperar que esta última sea automáticamente aceptada por la sociedad. Una interpretación histórica necesita, además de sustento documental, verosimilitud social: debe poder dialogar con las experiencias y recuerdos que las comunidades poseen sobre su pasado.

Por eso, una narrativa que presente el CAI exclusivamente como una guerra entre las Fuerzas Armadas y los terroristas, colocando al pueblo peruano como a las víctimas entre ambos, resulta insuficiente. Pero tampoco es aceptable una versión que desconozca los abusos cometidos por agentes del Estado. Reconocerlos no significa negar el carácter terrorista de Sendero Luminoso y el MRTA, ni desconocer el sacrificio de las Fuerzas Armadas, la Policía y la sociedad peruana en la derrota de las organizaciones subversivas y la recuperación de la paz.

La tarea pendiente es construir una narrativa capaz de sostener simultáneamente esas verdades: reconocer el terrorismo y sus víctimas; el sacrificio de quienes defendieron al Estado y a la sociedad; la experiencia de las comunidades campesinas y de las poblaciones desplazadas; y las violaciones de derechos humanos cometidas durante la lucha contra la subversión.

Esto no exige borrar una narrativa para reemplazarla por otra. Puede significar revisarla, matizarla, ampliarla e incluso presentar distintas interpretaciones en los manuales, para que los estudiantes aprendan no solo qué ocurrió, sino también cómo y por qué los peruanos hemos interpretado de manera diferente aquello que ocurrió.

Hay, además, una enseñanza política contemporánea que puede resultar útil para esta discusión. En el debate reciente sobre las facultades legislativas se han escuchado, desde distintos espacios, llamados al diálogo y a la búsqueda de consensos. El presidente del Consejo de Ministros, Luis Galarreta, ha expresado públicamente la disposición del Ejecutivo a alcanzar el consenso con el Congreso sobre esta materia.

Este espíritu de diálogo puede ser también una nueva forma de pensar y de hacer política de aquí en adelante en el Perú. Acabamos de atravesar décadas de confrontación inútil. Esta vez, el país nos exige que dialoguemos y que conversemos para acallar aquellas voces adoloridas que se lamentan desde nuestro pasado, tanto para convertir en desarrollo y bienestar común a las falencias materiales y morales que enturbian nuestro presente.

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