Jorge-Luis-Tineo

Irakere: El eslabón perdido de la música cubana

 

Entre los amantes del jazz y la música cubana, la sola mención de ese nombre, Irakere, inspira enorme respeto. Sin embargo, para las masas de jóvenes, hombres y mujeres no cubanos que deliran con los bailes robóticamente estrictos –“¡si no cuentas hasta siete, no sabes bailar!”- y los sonidos homogéneos de voces y metales de la timba (mal llamada «salsa cubana»), la palabra esa no tiene ningún significado. 

Hablar de Irakere, sin embargo, es hablar del nacimiento del latin jazz, tal y como lo conocemos ahora. El conjunto original, integrado por Jesús «Chucho» Valdés (piano, teclados), Arturo Sandoval, Jorge Varona (trompetas), Carlos del Puerto (bajo), Francisco «Paquito» D’Rivera, Carlos Averhoff (saxos, clarinetes, flautas), Jorge «El Niño» Alfonso (congas), Oscar Valdés (percusiones, voz), Carlos Emilio Morales (guitarra) y Enrique Plá (batería) reivindicó los ritmos tradicionales de la Cuba pre-castrista -son montuno, guaguancó, danzón, cha cha chá, etc.- y los cocinó a fuego lento con la herencia africana-caribeña, elementos de bebop (básicamente lo hecho por Dizzy Gillespie a fines de los años cuarenta y compositores cubanos como Luciano «Chano» Pozo, Mario Bauzá y Ernesto Lecuona), rock, jazz clásico y boogaloo. El resultado de esa alquimia rítmica fue la base de todo lo que vino después, desde Poncho Sánchez hasta The Harlem Spanish Orchestra. 

Entre 1974 y 1980 aproximadamente, esta alineación sorprendió al mundo con su virtuosismo y sentido de la aventura, con exploraciones instrumentales que, de un momento a otro, estallaban en frenéticas descargas de ritmos para bailar que podrían haber salido del Tropicana o de New Orleans. La base, sin embargo, se formó algunos años antes, en 1967, en un ensamble más grande llamado Orquesta Cubana de Música Moderna, donde se conocieron casi todos, con edades que oscilaban entre los 18 y 35 años, bajo la dirección de Armando Romeu. 

Aquel grupo comenzó a combinar la fuerza metálica de las big band con los teclados de bandas de rock y soul como The Doors, Jimmy Smith y Booker T. & The MG’s. Por ahí pasaron también futuras luminarias de la música cubana, como el contrabajista Orlando «Cachaíto» López, hijo del legendario Israel «Cachao» López, uno de los creadores del mambo y el danzón, y el trompetista Manuel «Guajiro» Mirabal, ambos futuros integrantes de Buena Vista Social Club. Jesús Valdés Rodríguez, “Chucho” para los amigos, también era hijo de un grande de la música isleña. Su padre, Bebo, había sido pianista principal en el Tropicana. A finales de los sesenta, Chucho, Paquito, Cachaíto, Morales y Plá armaron «El Quinteto» y grabaron Pastilla de menta -título en español de One mint julep, escrita originalmente por Rudy Toombs en 1951; que también era parte del repertorio de la orquesta completa. 

Para 1973 surge la idea de armar Irakere, vocablo del dialecto yoruba que significa «bosque», como un vehículo de expresión que les permitiera tocar jazz, en una época en que el régimen la prohibía por considerarla «música imperialista». El núcleo básico de Irakere lo integraron Chucho Valdés (director), Oscar Valdés -no hay parentesco entre ellos-, Paquito D’Rivera y Carlos del Puerto, que había reemplazado a Cachaíto en la orquesta de Romeu y ya había trabajado con los Valdés en un álbum algo olvidado, Jazz Batá, que exhibió muchas de las ideas desarrolladas posteriormente, en los primeros discos del grupo. Escuchen, por ejemplo, Neurosis o Laureen, dos de los temas contenidos en este álbum de 1972. 

Las grabaciones y conciertos de Irakere son una combinación de virtuosismo extremo, libertad creativa, emoción rítmica y exotismo, a través de la reivindicación de las raíces del acervo musical cubano, tanto por el nombre del grupo como por el uso de percusiones tradicionales y su hábito de salir enfundados en túnicas con motivos africanos y colores fuertes. La sensación de que estabas frente a una tribu de chamanes, capaces de convocar a los espíritus de Yemayá, Babalú Ayé y Shangó con sus instrumentos, fue siempre uno de sus principales atractivos. En su repertorio, formado básicamente por composiciones de Chucho Valdés, con aportes de Oscar Valdés, Carlos del Puerto y Arturo Sandoval, también incluían temas de Ernesto Lecuona, Arsenio Rodríguez y obras clásicas de Mozart, Joaquín Rodrigo, Beethoven, entre otros.

Todos eran ases en lo suyo. Carlos del Puerto es, para muchos, el mejor bajista de música afrolatina-caribeña-americana. El piano de Chucho pasaba del jazz más académico, estilo Oscar Peterson o Bill Evans, a orgánicas descargas caribeñas y, en medio, asomaban ecos eléctricos de Chick Corea y Herbie Hancock. Morales era un guitarrista que admiraba a Wes Montgomery y Barney Kessel. Jorge «El Niño» Alfonso revolucionó las congas tocando cinco, armando un aquelarre de percusiones con Plá en batería y Oscar Valdés en los tambores batá, chekeré y abacuá, entre otros artilugios de origen africano. Y ni hablar de los metales, donde Paquito D’Rivera y Carlos Averhoff intercambiaban saxos, clarinetes y flautas, mientras que Varona y Sandoval competían para ver quién le sacaba a su trompeta el fraseo más veloz, la resolución más sorprendente, el pito más agudo. 

Su discografía es difícil de trazar pues hay ediciones con títulos y listados diferentes según el país. Aproximadamente circulan más de 40 álbumes, entre oficiales y piratas. El 2017 el sello inglés Far Out Recordings relanzó una extraña joya, el disco Cuba libre grabado en 1980, en los estudios Sound Inn de Tokio, Japón, que contiene seis obras del destacado músico y arreglista japonés Chikara Ueda, quien entendió muy bien el sonido de los cubanos, como puede apreciarse en temas como Encuentro, Sea mail o el tema-título, Cuba libre. También abundan los conciertos y recopilatorios que, unas veces, se concentran en el jazz fusión y otras, en emparentarlos con la salsa y la timba.

Sin embargo, basta con escuchar canciones como Chekeré son (1976), Misa negra (1978), Claudia (1980) o Iya (1976), para comprender que el latin jazz de Irakere no tiene nada que ver con la odiosa timba. El danzón Cien años de juventud (1980) o la misteriosa psicodelia de Bacalao con pan (1974, su primer single), con esos toques que la acercan tanto a Santana, son solo botones de muestra de lo que podían provocar. El Tata (Cimarrón), composición de Chucho Valdés incluida en el LP Calzada del cerro (1983), es la fuente original del estribillo «saca las manos, saca los pies, saca la cabeza si no la quieres perder» que, años más tarde, sería usado por las peruanas Eva Ayllón y Julie Freundt, como base para un festejo muy conocido.

La alineación clásica se mantuvo más o menos estable hasta bien entrados los años ochenta. Las salidas de Paquito D’Rivera en 1979 y Arturo Sandoval, al año siguiente, fueron cubiertas por el trompetista Juan Munguía y un nuevo dúo de saxofonistas, Germán Velazco y José Luis «El Tosco» Cortés, quien además tocaba flauta. Luego, las prematuras muertes de Jorge Varona y Jorge «El Niño» Alfonso (quien se suicidó en circunstancias nunca aclaradas), propiciaron la llegada de Orlando «Maraca» Valle y Miguel «Angá» Díaz. Esta segunda formación visitó Lima en 1986, para participar del Festival SICLA (Semana de la Integración Cultural Latinoamericana y, un año después, regresó para el IV Festival Internacional de Jazz. Aquí podemos ver aquel show, presentado por Luis Delgado Aparicio Porta, el recordado «Saravá».

La saga de Irakere es el verdadero eslabón perdido que unió la efervescente escena del jazz latino con el glorioso pasado de la música cubana y representa todo un capítulo de su evolución, incluso la gestación de la timba -tres de sus ex integrantes, José Luis Cortés, Germán Velazco y Carlos Averhoff fundaron, en 1990, NG La Banda, uno de los más populares ensambles timberos-, pero permanece tendenciosamente oculta. Ya sea por auténtico desconocimiento o por prejuicios, Irakere no recibe el reconocimiento masivo que merece. No me refiero a los festivales de jazz en los que Valdés o cualquier otro de sus miembros brillan o a las legiones de conocedores de su trabajo, sino al consumidor promedio de “salsa cubana” que desconoce su trascendencia, pero sí sabe qué es La Charanga Habanera o Yosimar y su Yambú, esa espantosa versión local, capaz de hacer sonar la timba peor de lo que ya es.

El grupo continuó en los noventa y más allá, siempre con Chucho al frente, acompañado de músicos jóvenes. En paralelo, su carrera como solista se disparó y es hoy, a sus 80 años, uno de los pianistas más respetados del mundo. Los otros también siguieron exitosos caminos por separado: Paquito D’Rivera (73) y Arturo Sandoval (72), han lanzado imprescindibles álbumes de jazz latino y han trabajado con todos en los últimos 40 años, desde Dizzy Gillespie hasta Gloria Estefan. Ambos escaparon de Cuba para establecerse en los Estados Unidos. Su historia merecería un artículo aparte y va mucho más allá del relato sesgado y panfletario de For love or country, una mediocre película producida por HBO en el 2000, acerca de la deserción del trompetista, quien se nacionalizó norteamericano en 1998. Por su parte, Carlos del Puerto (71) emigró a Finlandia donde es un respetado profesor y director de ensambles que combinan música clásica y cubana. Chucho -quien sí vive en Cuba y prefiere mantener una postura apolítica- ha declarado recientemente que sueña con una reunión de los Irakere originales pero, dadas las circunstancias y diferencias ideológicas, es un proyecto irrealizable. Sin embargo, se ha juntado con su gran amigo Paquito D’Rivera para una gira de reunión que arrancará en España el mes de junio de este año. Una buena noticia para los melómanos del mundo.

 

 

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Cultura, Música

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