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[Música Maestro] OTROSÍ: En este rincón melómano lamentamos el fallecimiento de la cantante galesa Bonnie Tyler, «la Rod Stewart femenina», una presencia perenne en la memoria de mi generación por sus éxitos It’s a heartache (1977), Holding out for a hero (1984) y, especialmente, la épica balada Total eclipse of the heart (1983). Tenía 75 años.
Una de las más recientes manifestaciones de la crisis degenerativa que está padeciendo la música latinoamericana se dio hace un par de meses cuando vimos a Shakira cantando -muy mal, desde luego- junto a Caetano Veloso uno de sus himnos emblemáticos, O leãozinho, a estadio lleno, en un multitudinario concierto gratuito que ofreció la colombiana en la playa Copacabana de Rio de Janeiro.
Que la máxima guaripolera de la degradación de nuestro cancionero latino invite a su escenario ramplón y masivo a quien sea probablemente, después de A. C. Jobim y Hermeto Pascoal, el artista que más ha hecho por conservar el espíritu de la MPB, hermanándola con todas las otras tendencias musicales, desde el rock hasta la música concreta, es una grotesca metáfora visual y auditiva de cómo la cultura se ha rendido ante el dividendo y el entretenimiento vacío, mezclando caprichosamente a una mercachifle exhibicionista con una leyenda musical que termina convertida, por voluntad propia, en comparsa folklórica para emocionar a las masas que deliran con las paparruchadas de una reggaetonera.
Caetano, actualmente de 83 años, es irreprochable desde luego. Su amplia y significativa trayectoria es patrimonio cultural del Brasil desde hace más de seis décadas y, en 1994-1995, decidió extender eso a toda América Latina haciendo un homenaje a la música en castellano, con un puñado de canciones que lo inspiraron desde su niñez bahiana, cuando comenzaba a gestarse el trasfondo de aquella revolución artística que impulsó al frente del Tropicalismo.
Contracultural y ecléctico, Veloso lanzó en ese bienio un álbum de estudio/concierto en vivo que es todo un manifiesto de esos vasos comunicantes entre lo afrocaribeño, lo afrobrasileño y lo amerindio que constituyen la base del orgullo latino, en tiempos en que el concepto “world music” recién asomaba como novedad en los anaqueles de discotiendas y reseñas de críticos especializados.
Fina estampa, el álbum
Grabado entre mayo y junio de 1994 en los históricos estudios Som Livre, parte del gigante grupo mediático O Globo hasta que fueron traspasados a Sony Music Entertainment en el 2022, el disco reveló al público melómano de América Latina una nueva faceta del inquieto y talentoso cantautor, más asociado a la bossa nova, la samba, el tropicalismo, la MPB y el pop-rock en portugués. La balada London London, por ejemplo, que sonó en nuestras radios locales en la versión del cuarteto R.P.M. incluida en el LP Radio Pirata ao vivo (1986), tras sus conciertos en la Feria del Hogar, es una composición de Veloso, lanzada originalmente en su tercer disco Caetano Veloso (1971).
Mientras tanto, Fina estampa fue una oportunidad para que Caetano Veloso reciba, a través de radios especializadas y canales de cable, una relativa atención por parte de las masas de oyentes convencionales, que desconocían su existencia hasta ese momento. En el Perú, el disco llamó la atención por razones obvias, por lo menos para todos los que hayan nacido antes del año 2010 y sean capaces de reconocer la directa referencia a nuestra música criolla sin preguntárselo a Gemini. El músico escogió una de las composiciones icónicas de Chabuca Granda como título e hilo conductor de su proyecto, jugando con el concepto tanto para describir la colección de canciones -una estampa sonora- como su propia figura artística.
Por otro lado, este álbum de Caetano Veloso apareció el mismo año que otras dos producciones musicales, dedicadas a recuperar del pasado melodías que habían sido muy populares en las décadas de los cuarenta, cincuenta y sesenta. Por un lado, el ídolo juvenil mexicano Luis Miguel sacó el segundo volumen de sus Romances y por el otro, el tenor español Plácido Domingo y la entrega inicial de una saga denominada De mi alma latina.
Si bien es cierto esta clase de lanzamientos han sido siempre muy comunes -ahí tenemos, como ejemplos, los lanzamientos del español Julio Iglesias o la griega Nana Mouskouri-, en la era del CD varios artistas reconocidos se dedicaron a hacer sus propias versiones de clásicos inmortales de géneros como rancheras, boleros, joropos, valses y demás, de gran aceptación entre un segmento muy concreto del público consumidor de música, integrado por personas mayores que reconocían el valor de esta clase de grabaciones.
Una selección de lujo
El disco en estudio contiene 15 canciones, todas impecablemente interpretadas por Caetano Veloso, arregladas por él y su principal cómplice en esos años, el cellista y director de orquesta Jacques Morelenbaum, la mayoría de ellas éxitos de una antigüedad mayor a las cuatro décadas con la excepción del tango Vuelvo al sur (Astor Piazzolla, 1988) y la balada sinfónica Un vestido y un amor, composición del argentino Fito Páez, incluida en su conocido disco El amor después del amor (1992).
De hecho, Argentina es el país más representado en este lienzo musical, junto con Cuba, con cuatro canciones cada uno. Le siguen México y Puerto Rico, con dos temas por país y cierran el listado Venezuela, Paraguay y Perú con una melodía cada uno. Boleros, guarachas, tangos, valses y guaranias que han sido interpretadas por grandes artistas como Pedro Infante, Los Indios Tabajaras, Lucho Gatica, Julio Iglesias, Daniel Santos, el Trío Los Panchos y un larguísimo y distinguido etcétera.
En carátula vemos a Caetano Veloso sentado de perfil en un elegante sillón, con la mano sosteniéndose el mentón, una foto de estudio sobre fondo oscuro de aspecto serio y relajado que contrasta con la imagen tradicional del músico, desfachatada y colorida. En sutil tipografía clásica, el título del álbum y los nombres de las canciones. El contenido reafirma la elegancia y sofisticación de estas grabaciones que son una oda a la buena música de América Latina.
Fina estampa ao vivo, una fiesta
Como saben los conocedores de la discografía de Veloso, esta suele combinar en paralelo los discos en estudio con los directos, desde las épocas de Doces Barbaros (1976), junto a sus compinches Gilberto Gil, Gal Costa y su hermana Maria Bethania e incluso desde antes, con álbumes como Barra 69: Caetano e Gil ao vivo (1972). Un año después del lanzamiento en estudio, apareció Fina estampa ao vivo (1995), octavo álbum en concierto de Caetano para continuar esa tradición que prosiguió hasta muy entrado el siglo XXI.
El disco registra uno de los dos conciertos ofrecidos por Caetano Veloso en Brasil, en el teatro AT Hall Metropolitan de Rio de Janeiro en septiembre de 1995 (el otro fue en Sao Paulo) para presentar en sociedad Fina estampa, su vigésimo tercer álbum oficial en estudio. La carátula está inspirada en un mural del mexicano Diego Rivera, pintado entre 1939 y 1940, que refuerza el mensaje original de la selección de canciones, “un tapiz cultural de tonos terrosos que revela los rituales de diversos pueblos, todos unidos por el movimiento de la Serpiente Emplumada, símbolo civilizador” en palabras de Hélio Eichbauer, escenógrafo del teatro, contenidas en el CD original de Polygram Records.
Sin embargo, en el espectáculo no interpreta todas las canciones grabadas en estudio, sino solo unas cuantas, en versiones absolutamente alucinantes, complementando el programa con varias composiciones suyas y tres novedades, dos boleros -La barca de Los Tres Caballeros, Ay amor del cubano Bola de Nieve- y una genial interpretación del clásico mexicano Cucurrucucú paloma (Tomás Méndez, exitazo de Pedro Infante en 1954).
Veloso, acompañado de su banda -Jaques Morelenbaum (cello), Luiz Brasil (guitarras), Zeca Assumpção (bajo, contrabajo), Jota Moraes (piano), Mingo Araújo (percusiones), Marcelo Costa (batería)- y una orquesta de 27 músicos entre cuerdas, vientos y percusiones, realiza un despliegue sonoro cautivador y emocionante en que su versátil y extensa capacidad vocal es principal protagonista.
Un caballero de fina estampa, el DVD
Todo pasa a otro nivel en la versión en video del concierto, que salió al mercado algunos años después, denominada Caetano Veloso: Un caballero de fina estampa. Aquí esta fiesta musical expresa con total claridad su intención genuina, plasmada de forma unidimensional en el disco en estudio. Caetano redondea un homenaje a la riqueza del arte musical latinoamericano inyectándole intensas dosis de la voluptuosidad de su propio folklore, un matrimonio indisoluble entre ritmo y armonía que funciona como potente herramienta de identidad compartida, esa integración que jamás será alcanzada por políticos grasientos o presidentas electas con votos de migrantes extranjeros.
El concierto está filmado cinematográficamente, con una obsesión por los planos detalle que nos muestran los cambiantes rostros de Caetano -sus ojos revolventes, sus manos ondulantes, su garganta lanzando vibratos y notas sostenidas en todos los registros, sus pasos de baile a veces contenidos y otras completamente liberados- y de sus músicos, generando una experiencia sensible, emocionante con respecto a la música que compone el recital. La minuciosidad en la edición de cada pasaje instrumental, las entradas y salidas, los detalles del mural y las múltiples alegorías hacen de Un caballero de fina estampa un concierto inmersivo, producido tres décadas antes de que esa palabreja se pusiera de moda.
En una hora y media, Caetano Veloso, su banda y orquesta nos llevan por una cadenciosa travesía en la que confluyen el romance, la historia, la crónica social, de manera agradable y relajada, sin presiones ni cargas ideológicas. Es música latinoamericana pura, interpretada con maestría y respeto por un artista del Brasil que, a través del tiempo, ha demostrado capacidad para integrar en un solo conjunto de trabajo toda una multiplicidad de fonéticas y lenguajes sonoros.
El repertorio de Fina estampa
Cuando Caetano Veloso concibió su proyecto Fina estampa, acababa de cruzar la barrera de los 50 años y estaba en su pico más alto de madurez como músico. Durante las casi tres décadas previas en las que venía actuando, había construido una imagen de irreverencia, contracultura, agudeza sociopolítica y artística en la que no le fue difícil hacerse más de un enemigo.
Tras su periodo como exiliado en Londres, Veloso se reconectó con la música del Brasil y comenzó a recuperar melodías perdidas del cancionero nacional, algunas de las cuales incluía en sus conciertos para complementar la interpretación de sus propias creaciones. Fina estampa no fue la excepción.
Así, el concierto inicia con una delicada samba en que brilla su guitarra acústica y esa picardía sofisticada a la que nos tiene más que acostumbrados. O samba e o tango (Amador Regis, 1926) narra con sutileza los coqueteos entre una mujer brasileña y un hombre argentino, estableciendo el tono que lo inspiró originalmente. En lo musical, el contrapunto entre la pandereta carioca y el cello tanguero dibujan la historia mientras la guitarra prístina nos acerca a las orillas del Atlántico de Rio.
También son parte del programa clásicos de Brasil como Canção de amor de la cantora Elizeth Cardoso (1920-1990), Suas mãos de Pernambuco -que no aparece en el DVD, solo en el CD en vivo- o Lábios que beijei, una melodía de los años treinta que fue grabada en versión instrumental por el guitarrista Toquinho. Particularmente notable es un tema de João Gilberto (1931-2019), considerado el padre de la bossa nova, Você esteve com meu bem?
Boleros, guarachas y más
Sin embargo, los puntos más altos son desde luego aquellas piezas pertenecientes al repertorio centro y sudamericano que Caetano y sus músicos recrean con tanta habilidad. Por ejemplo, Capullito de alelí y Lamento borincano son dos clásicos portorriqueños escritos en los años cuarenta por Rafael “Jibarito” Hernández (1891-1965) que, en las voces del Trío Los Panchos y Daniel Santos, llegaron a nuestros oídos infantiles a través de las radios limeñas ochenteras que escuchaban nuestros padres.
El bolero Pecado, escrito en 1948 por los argentinos Enrique Mario Francini y Armando Pontier (música) y el poeta Carlos Bahr (letra) es una desvergonzada declaración de amor que debe haber escandalizado a más de uno en su época. En la voz e intención de Veloso refuerza ese sentido y le da una actualidad muy poderosa. Del mismo modo, Tonada de luna llena (Simón Díaz, Venezuela, 1948) o Recuerdos de Ypacaraí (Demetrio Ortiz, Zulema de Mirkin, Paraguay, 1948) se ponen en vitrina con creativos arreglos que disparan la emotividad de esas melodías.
Para Fina estampa, Caetano Veloso hace uso de sus dotes histriónicas, simulando las posturas garbosas de un hombre mientras monta caballo. El clásico vals criollo de 1956 de Chabuca Granda es embellecido con arreglos para cuerdas, aumentando la distinción de este tema peruano. Veloso, como en el resto de las canciones en castellano, vocaliza perfectamente cada verso y acentúa los fraseos con gestos y posturas.
El matiz viene con la viñeta italiana Luna rossa, tema de los años cincuenta que popularizaran conocidas voces italianas como Roberto Carosone o Massimo Rainieri y que incluso fuera grabada por Frank Sinatra (1915-1998) en inglés, bajo el título Blushing moon, en 1952 para Columbia Records.
Soy loco por ti, América
De su propia cosecha, el músico nos regala la romántica Itapuã y la poderosa crónica social de Haiti -uno de los mejores momentos del concierto-, coescrita con Gilberto Gil y estrenadas ambas un par de años antes en su álbum Tropicalia 2 (1993) que celebraba el vigésimo quinto aniversario de ese movimiento. También entona Chega de saudade, clásico de la bossa nova escrito por Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes, el mismo dúo que creó Garota de Ipanema y otras dos composiciones propias, la experimental O pulsar (Velô, 1984) que Caetano escribió al alimón con un artista visual en una computadora y uno de sus grandes éxitos O leãozinho (Bicho, 1977), dedicada a un buen amigo suyo, el músico Dadi Carvalho, bajista de dos conocidos grupos brasileños de pop-rock, Novos Baianos y Barão Vermelho.
Soy loco por ti, America cierra el círculo iniciado por O samba e o tango, un canto de amor al continente que escribieron para él José Carlos Capinam y Gilberto Gil allá por 1967. El concierto finaliza a toda máquina con Rumba azul, una invitación al baile despreocupado y suelto de huesos, clásico cubano de origen impreciso -algunos adjudican su composición a Ernesto Lecuona, aunque en los créditos del álbum en estudio figuran Ernesto Vásquez y Armando Orefiche- mientras que en pantalla vemos a Caetano Veloso brincando poseído en el escenario, acompañado por su sombra grabada previamente haciendo los mismos movimientos.
Un caballero de fina estampa fue tan importante para la carrera de Caetano Veloso como artista global que se convirtió en una frase que las crónicas especializadas utilizan para describirlo hasta ahora, que pasa ya los ochenta años y sigue mostrándose activo en recitales, acompañado de su guitarra y juntándose de vez en cuando con otros grandes de la música de su país como Gilberto Gil, Chico Buarque y Djavan. Lástima que las nuevas generaciones solo lo ubiquen como el viejecito que acompañó a Shakira en su concierto gratuito en Rio.







