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Ernesto Acher: La vida después de Les Luthiers

"Ernesto Acher, de padre turco y madre argentina de padres turcos, no fue parte de I Musicisti, aquel grupo coral de jóvenes inquietos y talentosos de la Universidad de Buenos Aires donde se inició la historia de Les Luthiers, allá por 1967, pero se integró con una naturalidad asombrosa a sus compañeros..."

Cuando hizo su audición para ingresar a Les Luthiers, Ernesto Acher pasó la prueba frente al extraordinario pianista Carlos Núñez Cortés. «Cantó, leyó partituras, se paseó por todos los instrumentos… Cuando terminó le pregunté: «Y vos, ¿cómo es que sabés tanto de música y de teatro?» La respuesta podría haber formado parte de alguna de sus hilarantes rutinas: «Porque estudié arquitectura». Era 1971 y Acher llegaba para suplir a Marcos Mundstock, quien había decidido tomarse un descanso y fue él mismo quien recomendó a Ernesto como su reemplazo temporal. Cuando el narrador regresó, Acher se incorporó al grupo de manera permanente. 

Ernesto Acher, de padre turco y madre argentina de padres turcos, no fue parte de I Musicisti, aquel grupo coral de jóvenes inquietos y talentosos de la Universidad de Buenos Aires donde se inició la historia de Les Luthiers, allá por 1967, pero se integró con una naturalidad asombrosa a sus compañeros. Con el tiempo, sus aportes serían fundamentales para el éxito del conjunto. Para cuando se hizo miembro estable, todavía estaban bajo la dirección de su fundador y faro creativo, Gerardo “El Flaco” Masana, quien fallecería prematuramente a los 36 años, en 1973, víctima de leucemia. 

Su voz nasal, circense, le sirvió para dar vida a personajes entrañables de la mitología luthieresca como Don Rodrigo Díaz de Carreras, El Rey enamorado, el nene de La gallina dijo eureka, el baladista italiano de La campana suonerá, el capitán de navío en la zarzuela Las Majas del Bergantín y para interpretar magistralmente el tango en el segmento La kermesse de los sábados de La tanda o en la desternillante rutina El regreso de Carlitos, una de las más graciosas colaboraciones que hiciera con su compadre Marcos Mundstock, allá por 1984, en que dos argentinos de arrabal y malevaje dialogan mientras vuelven a la tierra que dejaron y que nunca debieron abandonar, París.

Acher llevó el swing a Les Luthiers. Era, como el resto de sus compañeros, especialista en música clásica pero, además, tenía una gran pasión por el jazz. Durante su larga estadía en el entrañable conjunto de instrumentos informales -quince años entre 1971 y 1986-, hizo de todo: actuó, cantó, hizo reír a Hispanoamérica con sus personajes, tocó y, sobre todo, compuso. Escribió la música -a veces solo, a veces con sus compañeros Carlos Núñez Cortés, Jorge Maronna o Carlos López Puccio- de suites (Visita a la Universidad de Wildstone, Teresa y el oso), música de cámara (Cuarteto para quinteto, Op. 44), folklore (La yegua mía, Añoralgias, El explicado) y jazz, mucho jazz.

En medio de la gira Humor dulce hogar, en el año 1985, se produjo lo impensable: un luthier abandonaba el grupo. ¿Qué circunstancias pueden haber motivado tan estrambótica decisión? Hasta ahora, nadie lo sabe a ciencia cierta. Acher, extremadamente gracioso sobre los escenarios, se pone serio cuando le tocan el tema. En una conferencia titulada Cuando el quinteto fue sexteto, que ofreció junto a Carlos Núñez Cortés en 2007, para celebrar el 40 aniversario de Les Luthiers, alguien preguntó sobre el motivo de su partida. Don Ernesto, con parsimonia, respondió lo siguiente: «En el caso de Les Luthiers fuimos un matrimonio múltiple -y creo que sigue siendo así. Y cuando se suscitan conflictos lo más prudente es mantenerlos a puerta cerrada. Las razones son muy complejas. Pero creo que es de caballeros no preguntarle a una pareja qué les pasó. Además hubo, entre nosotros, independientemente de lo dolorosa que fue la partida, un pacto de caballeros para que todo fuera privado, entre nosotros. Y creo que eso hay que respetarlo”. 

Lo cierto es que Ernesto Acher tuvo una vida muy activa después de Les Luthiers. Mientras sus hermanos del frac negro se consolidaron como quinteto, Acher inició su camino como solista con un disco titulado Juegos (Microfon, 1987), en que integra piezas de música clásica con temas populares de distintas épocas y países. Así, la Sinfonía 40 de Wolfgang Amadeus Mozart (1788) y el tango El choclo de Ángel Villoldo (1903) se convierten en 40 choclos; el Peer Gynt del noruego Edvard Grieg (1875) y el tema central de la Pantera Rosa del norteamericano Henry Mancini (1963) generan Peer Gynt Panther; o Pequeña música hebrea, una pieza que mezcla la Pequeña serenata nocturna de Mozart (1787) con Hava nagila (1918), tradicional melodía del folklore judío. Cuando presentaba estas obras en vivo, Acher dirigía la orquesta y prologaba cada uno de estos arreglos sinfónicos con un relato delirante para explicar su “verdadero” origen, al estilo de las alocadas historias de Johann Sebastian Mastropiero. Algo parecido a lo que hizo el saxofonista cubano Paquito D’Rivera en su disco Jazz meets the classics (2014), casi treinta años antes. 

El siguiente paso del polifacético músico, actor y cantante de origen sefaradí lo llevó a retomar esa pasión por el jazz de music hall que comenzó en casa escuchando a Tommy Dorsey y Benny Goodman, grabaciones que lo inspiraron para componer clásicos de Les Luthiers como Lazy Daisy (1977), Tristezas del Manuela (Manuela’s blues) (1971) o la serie de cinco obras de títulos monovocálicos: Miss Lilly Higgins sings shimmy in Mississippi’s spring (1974), Doctor Bob Gordon shops hot dogs from Boston (1976), Papa Garland had a hat and a jazz band and a mat and a black fat cat (1981), Pepper Clemens sent the messenger: nevertheless the reverend left the herd (1983) y Truthful Lulu pulls thru zulus (1985). Y lo hizo a través de La Banda Elástica, con quienes compartió estudios y escenarios entre 1988 y 1992.

La Banda Elástica nació de una reunión entre Acher y el pianista Jorge Navarro, experimentado músico argentino que venía de tocar con grandes como Leandro «Gato» Barbieri, Bernardo Baraj, entre otros. Junto a ellos, Juan Carlos Amaral (bajo, voz), Ricardo Lew (guitarras), Enrique «Zurdo» Roizner (batería, percusión), Enrique Varela, Hugo Pierre (saxos, clarinetes) y Carlos Constantini (trompeta, voz), armaron un combo que pasaba del jazz más natural, como el Ragtime para tres, de Scott Joplin, a complejos arreglos de fusión como en los clásicos del folklore argentino Luna tucumana (Atahualpa Yupanqui) o Juana Azurduy (Ariel Ramírez) y hasta himnos del rock como Proud Mary, de C. C. Revival. Además de compartir la dirección musical y arreglos de La Banda Elástica con Navarro, Acher se encargó de tocar saxos y clarinetes, en especial el clarinete bajo. 

Las décadas siguientes, Ernesto Acher presentó diversos shows unipersonales -Humor con Acher, Veladas espeluznantes (1993), ¿Acher en serio? (2002), La orquesta va al colegio (2004), Humor a la carta (2016)-, además de incursionar en el mundo de la radio con el programa Los rincones de Acher, que se transmitió en distintas emisoras de Argentina y Chile, país donde residió muchos años con su familia, dedicándose paralelamente a la docencia en la Universidad Diego Portales de Santiago. En 1997 se unió a los pianistas Jorge Navarro y Rubén “Baby” López Fürst para el espectáculo Gershwin, el hombre que amamos, homenaje al célebre compositor de Rhapsody in blue (1924), una joya del jazz sinfónico. 

El show, en el que Acher dirige a una orquesta de 40 músicos, se presentó en varias ciudades de Argentina, Chile y Brasil, hasta el fallecimiento de López Fürst (2000). Poco antes de la pandemia, Acher y Navarro repusieron este concierto en los teatros más importantes de Argentina. También a fines de los noventa, Acher presentó el concierto para niños (y adultos) Los animales de la música, una creativa propuesta sinfónica en la que recopila obras con títulos de animales: El vuelo del abejorro, El zorro, Tiburón, La Pantera Rosa, El Cóndor Pasa, etc. El recital terminaba con Teresa y el Oso, otra de sus composiciones para Les Luthiers. La idea la concibió junto a su amigo Jorge de la Vega, flautista clásico, con quien estrenó La verdadera Cenicienta, otra exitosa parodia musical, en el 2017.   

Durante la primera visita de Les Luthiers a Cuba, en 1983, trabó amistad con el comediante y cantautor Alejandro García Villalón «Virulo», con quien inició una sociedad artística muchos años después, a través de los Juegos sinfoniquísimos (2014-2016), donde Acher dirigía a la orquesta e intercalaba sus divertidos monólogos con los del cubano, una dinámica que recuerda, por supuesto, a Les Luthiers pero también a otros humoristas hispanohablantes como el uruguayo Leo Maslíah o el argentino Luis Landriscina, exponentes de una comedia musical inteligente y contracultural, de finas ironías y elegante uso del idioma. Las creaciones de Ernesto Acher son un permanente homenaje a su pasado como integrante de Les Luthiers, experiencia que marcó por siempre su vida artística. «En Les Luthiers aprendí todo lo que sé y me da gusto el éxito que siguen teniendo», mencionó en una entrevista, no sin antes aclarar que no había posibilidad de reunirse con ellos, a pesar de ser un clamor constante de sus fans. 

Tras los fallecimientos de Daniel Rabinovich (72) y Marcos Mundstock (78), los años 2015 y 2020; y el retiro voluntario de Carlos Núñez Cortés (80) el 2017, al cumplirse 50 años de Les Luthiers, esa reunión es definitivamente imposible. El grupo continúa activo con solo dos de sus integrantes originales, Jorge Maronna (74) y Carlos López Puccio (76) y cuatro nuevos músicos y actores. Ernesto Acher regresó a Argentina el 2017 para continuar con sus múltiples proyectos, uno de los cuales era una serie de conciertos con música de Antonio Carlos Jobim junto a su cómplice en La Banda Elástica, Jorge Navarro, pero la pandemia los retrasó. Actualmente tiene 82 años.

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Cultura, Ernesto Acher, Música

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