Juan Carlos Tafur

Hora de alta política

“Sociológicamente, el Perú es un país centroderechsita. Así lo confirman todas las encuestas. Pero a la vez, subterráneamente, anida una actitud antiestablishment que desborda esas categorías ideológicas”

Lo único bueno de que Castillo dure, como todo hace suponer, hasta el 2026, es que dará tiempo para que la derecha o el centro se organicen para consolidar candidaturas potentes y estimulantes, capaces de competir con el gran antisistema que estará presente entonces, como es Antauro Humala.

Porque ese espectro ideológico de nuestra clase política es hoy un desmadre absoluto, con más de una decena de candidaturas, sin pactos potenciales y con rencillas absurdas (como la que vienen desplegando, a cinco meses de los comicios municipales, Daniel Urresti y Rafael López Aliaga).

Nadie aspira a un candidato único, pero sí a que haya un sólido candidato de derecha, sin competidores en el mismo segmento, y que el centro, a su vez, logre consolidar una candidatura novedosa, que eventualmente nos conduzca a una segunda vuelta entre un candidato centrista y otro derechista, que nos permita respirar tranquilos respecto del descalabro que supondría para el país el riesgo de que un antisistema radical izquierdista pase al albur de la segunda vuelta y vuelva a reeditar el fenómeno Castillo.

Sociológicamente, el Perú es un país centroderechista. Así lo confirman todas las encuestas. Pero a la vez, subterráneamente, anida una actitud antiestablishment que desborda esas categorías ideológicas. Si la derecha o el centro arman un buen combo electoral, no deberían tener problemas en evitar que esa actitud subterránea aflore, pero si asistimos a un espectáculo de diez o más candidaturas dispersas, solo se abonará en favor del candidato disruptivo que aparezca.

Es imperativo que el 2026 el Perú retome la senda del desarrollo democrático liberal y que, con el aprendizaje de la fallida transición democrática, esta vez se plasmen reformas de mercado, en la salud y la educación públicas, en la seguridad ciudadana y en el formato político electoral. Si eso ocurre y el 2031, cinco años después, se reedita un triunfo de una opción similar, habremos volteado la página de la incertidumbre política y electoral por un buen tiempo y podremos aspirar a que en un plazo relativamente corto, el país se encamine al desarrollo mediano y a la consolidación de la democracia y del libre mercado.

Pero todo eso se juega el 2026 y es imperativo que los principales líderes del centro y la derecha piensen en sus altas responsabilidades y no en sus menudos intereses políticos. El país se está jugando mucho y las circunstancias exigen comportamientos excepcionales.

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