Juan Carlos Tafur - Pie Derecho

La muy frágil democracia peruana

“Ni el terrible menoscabo de las libertades individuales de la que hace gala la dictadura cubana, anima a la izquierda peruana siquiera a un barniz crítico”

Uno debería creer que luego de 20 años ininterrumpidos de democracia, con cinco presidentes electos consecutivamente -un periodo inédito en nuestra historia republicana, llena de golpes militares-, la democracia como sistema habría alcanzado algún arraigo en nuestro pueblo y en nuestras élites.

Más aún si en ese lapso democrático, el país, a pesar de gestiones mediocres o corruptas, ha alcanzado logros económicos significativos en niveles de crecimiento del PBI per cápita, disminución de la pobreza y las desigualdades y crecimiento de la clase media (supuesto sostén sociológico de las democracias globales).

Pero lo que se aprecia en estos días es una defección democrática de nuestra clase política mayoritaria y nuestras élites sociales, tanto de la derecha como de la izquierda.

El triunfo de Castillo, hombre de pueblo, izquierdista y poco versado en asuntos administrativos, ha despertado no solo un vendaval de racismo y clasismo sino también de golpismo desembozado, de personajes impensables de voluntades antidemocráticas (el caso de Mario Vargas Llosa es el más penoso). Los llamados al golpe crecen y bajo el pretexto falaz de un fraude solo existente en las afiebradas conciencias de la ultraderecha, se invoca a los militares a poner fin al proceso democrático en curso.

A la par, cuando la ocasión sería propicia para que la izquierda haga gala de principismo democrático, ante la primera prueba de validación en esa perspectiva, demuestra que la democracia representativa y las libertades políticas le importan un rábano.

Las maravillosas protestas sociales contra la dictadura cubana son vistas de soslayo, con hipócrita silencio, por la izquierda peruana, la radical y la moderada, a quienes le importa más el sostenimiento de un régimen ideológicamente afín, sin importar el fracaso social y económico al que ha conducido a su pueblo. Ni el terrible menoscabo de las libertades individuales de la que hace gala la dictadura contemporánea más longeva de la región, los anima siquiera a un barniz crítico.

Si la derecha y la izquierda peruana parecen tan poco convencidas del inmenso y superior valor moral de la democracia, habrá que deducir que este periodo republicano del post fujimorismo solo ha sido accidental, producto de una reacción traumática a los acontecimientos de los 90, pero que no ha hecho carne en nuestra sociedad o por lo menos en sus élites políticas.

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