[OPINIÓN] Aun cuando en esas épocas la población mundial era cuatro veces menor, el célebre filósofo español, casi un Nostradamus del siglo XX, ya avizoraba la catástrofe ocasionada por la premisa democrática que permite a todos la posibilidad de airear su opinión.
Antes de aquello, solo opinaban quienes estaban capacitados para hacerlo. Aunque en los términos relativistas actuales eso puede sonar discriminador y hasta fascista, la degradación evidente de los discursos en la actual esfera pública le da la razón al prolífico autor fallecido en 1955.
Décadas más tarde y ya en los últimos tramos de su vida, otro influyente pensador, el italiano Umberto Eco dijo, palabras más palabras menos -cito de memoria- que la omnipresencia de las redes sociales era como si todas las conversaciones de cantinas de mala muerte, en esencia charlas privadas cuya naturaleza impedía que vieran la luz más allá de sus pisos pegajosos y puertas de acero semicerradas, de repente y por arte de magia se convirtieran en noticia, titulares de periódicos, columnas de opinión.
Quienes tenemos la costumbre de interactuar en comunidades virtuales con amigos del barrio, del colegio y la universidad, por razones de nostalgia y entretenimiento la mayor parte del tiempo, padecemos esa degradación en carne viva, cada campaña electoral.
Si para los procesos del 2011 y 2016 los principales medios de comunicación online eran los correos electrónicos, los chats del Messenger y los toma-y-daca de comentarios en Facebook y Twitter -ahora X, a pesar de que todos le sigamos diciendo Twitter-, en los dos siguientes, 2021 y 2026, son los grupos de WhatsApp los contenedores de esas cantinas y esos sótanos que Eco y Ortega prefiguraron en el pasado.
La diversión y los recuerdos de esquina son reemplazados, durante las campañas de primera y segunda vuelta, por una retahíla de necedades que van en todos los sentidos y son de todos los colores e intensidades. Claro, quienes apoyan las teorías fraudistas sentirán eso de quienes las rechazamos con violencia.
Y quienes militamos en el antifujimorismo más radical sentimos lo propio de esas monsergas en las que se repiten términos como “caviar”, “rojete”, “cojudigno”, “no al comunismo”, “zurdos de mierda” y demás variables -cada una peor que la anterior- escritas por quienes son, desde diferentes niveles, lo que mi buen amigo Wilder González Ágreda define como “pobres de derecha”.
El problema es que no se trata de una sencilla y, hasta cierto punto, comprensible dicotomía en la que ambas partes, contrapuestas y enfrentadas, tienen las mismas probabilidades de tener buenos o malos resultados.
Lamentablemente para todas esas barras bravas que atacan con uñas y dientes, con retorcida ironía e incluso con agresivas y vulgares ofensas cuando se ven cercados, la información aquí es clara y contundente, digan lo que digan.
No se trata de un inocuo y hasta saludable, para nuestra gimnasia sináptica, dilema filosófico -ya quisiéramos, para seguir releyendo a mentalidades geniales como las del par de filósofos citados- sino de que, de un lado, tenemos a una opción política relativamente predecible, la de Roberto Sánchez que, sin ser ni por asomo la maravilla, ofrece menos riesgos que aquella otra opción que manda a los medios convencionales a engañar a las grandes mayorías presentando a uno de sus asalariados como analista neutral.
Se trata de ver cómo Keiko Fujimori “pide perdón” a las familias puneñas afectadas por la matanza del 2022-2023 mientras que, en paralelo, uno de sus principales perros de presa, anclado en este congreso y en el que viene, anuncia con una robustez digna de mejores causas que ha presentado leyes para eximir de responsabilidad a todos los policías involucrados en esas situaciones.
Mientras, por el otro lado, el actual líder de Juntos por el Perú, con todas las dudas que es capaz de generar, integra a su equipo al fiscal que estuvo a punto de llevar a la cárcel a la eterna candidata de Fuerza Popular, heredera de Alberto Fujimori.
El cálculo político detrás de las dos agrupaciones que disputarán en catorce días la segunda vuelta pone al electorado nacional en la misma disyuntiva que enfrentó los tres procesos anteriores -2011, 2016, 2021- pero, cuando aplicamos lentes de aumento a la situación, las cosas no son exactamente iguales.
Ese cálculo político ha alcanzado en esta oportunidad a la enorme cantidad de perdedores que, de forma casi fellinesca, ejecutó la semana pasada un acto político tan aparatoso como inútil, la enésima presentación de un “frente” que solo logró llamar la atención de sus propios miembros y de uno que otro medio noticioso -Rosa María Palacios, La Encerrona- pero que pasará absolutamente inadvertido para la población.
Y ni hablar del voto viciado/en blanco, una opción que sea individual o en la forma de llamados a la acción colectiva, no va a tener mayor impacto en el resultado final. Y si acaso lo tiene, será negativo pues contribuirá a una mayor dispersión del voto antifujimorista y su posible reducción, lo cual sería desastroso.
Lo único en común que tiene esa segunda vuelta con las tres pasadas es lo obvio, la presencia de Keiko en el balotaje y la posibilidad de que el voto anti se active al final, ya no 24 horas sino, literalmente, en las colas de los locales de votación, para definir -por lo menos es lo que deseamos con todo el corazón- su cuarta y quizás definitiva derrota.
En el entretiempo, seguiremos viendo cómo las cantinas del Twitter y de los grupos privados de WhatsApp siguen llevando cada vez más al límite nuestra capacidad de tolerancia a la estupidez, desde el lado de los tontos útiles, y soportar la mala intención de los verdaderos operadores de grupos de poder político y económico que salivan con la idea del triunfo de Keiko Fujimori. El panetón JP tiene solo dos semanas para revertir eso.







