[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Cuando Pablo Guede asumió la dirección técnica, su llegada era un absoluto misterio. Con pergaminos apenas regulares, su debut ante Dos de Mayo de Uruguay fue un fracaso rotundo. Sin embargo, el equipo aún no estaba listo; era lo sano y justo concederle el beneficio de la duda a un hombre que merecía la oportunidad de demostrar su valía.
El exentrenador de Colo-Colo tuvo un acierto colosal: fichar a Esteban Pávez. Su contratación reavivó la incertidumbre, e incluso, desde Chile, los hinchas albos agradecían que los libraran de un jugador supuestamente «salado». No sé si en el club hermano se habrán liberado de una mala racha, pero lo cierto es que a Matute llegó un auténtico crack: el ancla, la balanza, el equilibrio y, en ocasiones decisivas, el autor de goles fundamentales.
Guede logró lo que sus antecesores no pudieron: consolidar un once base. Cuando un técnico estructura un equipo sólido, solidario y bien respaldado por una buena banca, las posibilidades son infinitas. El estratega aprovechó cada recurso; Alianza mantuvo siempre una identidad clara, pero con variantes tácticas que confundieron a sus rivales, tal como ocurrió ayer ante Los Chankas de Andahuaylas.
Parecía una regla de oro que Paolo Guerrero jugara siempre como referente de área —puesto que domina desde hace un cuarto de siglo—, pero anoche el guion cambió. Guede lo recostó por una banda y dejó en punta a Erick Castillo, un absoluto bólido. Los Chankas no descifraron el movimiento, Alianza golpeó primero, y la pizarra funcionó a la perfección. Este impecable manejo táctico ha sido la constante fecha tras fecha.
Escribo estas líneas como analista, pero también como hincha, y es justo reconocerlo. Al no ser periodista deportivo, mi enfoque prescinde de los moldes tradicionales. Siempre he detestado la informalidad farandulera que rodea al futbolista local; conductas que se alejan por completo del verdadero profesionalismo.
Sin condenar sin pruebas, considero que lo sucedido en Montevideo exige una sentencia firme por parte de las autoridades competentes. En todo caso, Alianza Lima hizo lo correcto al limpiar la casa y apartar a quienes dañaban el prestigio de la institución y que, formando parte de ella, la referían como “puterío”. Tras la salida de esos pseudodeportistas, se priorizó el orden. A partir de esa purga se construyó la disciplina; de la disciplina nació la solidaridad, y de la solidaridad se ensambló el equipo actual: un plantel que sabe a lo que juega y que tiene claro el objetivo final de fin de año.
En el Perú, pocas veces triunfa la seriedad sobre la informalidad. Este campeonato es la excepción a la regla. Corresponde ahora a los dirigentes mantener esta línea de conducta hacia el futuro, actuando como celosos guardianes de una institución tradicional cuyos millones de hinchas, repartidos por todo el mundo, merecen un club a la altura de su historia.







