[Música Maestro] La semana pasada se estrenaron en nuestra capital dos productos cinematográficos que, por diferentes razones e independientemente de sus particularidades, demuestran que la música popular del pasado sigue siendo una asegurada fuente de entretenimiento y nostalgia. Uno es una película biográfica -una biopic, en el argot cinemero- y el otro, un documental. A nivel mundial, cada uno ha despertado a extensas comunidades de fans de los artistas que inspiran estos largometrajes, las cuales han respondido masivamente a las convocatorias comerciales, convirtiéndolos en taquilleros exitazos.
En general, disfruto más los documentales que las películas basadas en las vidas/trayectorias de músicos, porque ofrecen una mirada real, creíble, exenta de imprecisiones. En todo caso, si un documental cae en desinformación u omisiones, son consecuencia intencional de quien dirige o produce la investigación y no invenciones nacidas de técnicas narrativas cinematográficas justificadas para darle fluidez al guion o facilitar la comprensión tácita de un proceso que, de contarse paso a paso, no acabaría nunca.
Una de las cosas más llamativas de esta coincidencia en cartelera es que se trata de personajes que tuvieron su punto máximo de popularidad en un mismo periodo de tiempo -entre 1981 y 1989- y son referentes absolutos del estilo que cada uno representa. A través de estas películas podemos (re)descubrir los motivos de su importancia y por qué aun hoy mantienen intactos, a pesar de los altibajos que hayan tenido, sus niveles de fama e influencia.
Michael: Una primera parte que pudo ser mejor
En líneas generales, Michael (Antoine Fuqua, 2026), con la actuación sobresaliente de Jaafar Jackson, sobrino de “El Rey del Pop”, hijo de su hermano Jermaine, deja una sensación híbrida en el espectador con conocimientos suficientes como para entender, antes de sentarse a verla, quién fue Michael Jackson. De niño prodigio a superestrella a personaje de hábitos extraños, criminalizado por los peores y más sórdidos escándalos en los que puede verse involucrado un hombre, las acusaciones de presunta violación de menores de edad, el cantante, compositor y bailarín dejó una huella imborrable en el panorama artístico y cultural mundial.
El largometraje cubre dos periodos de la vida de este hombre que apenas llegó a los 51 años y que definieron de manera contundente el último tramo de su paso por el mundo. Pero lo hace a manera de postal navideña, desde una óptica complaciente, sin introducirse en las oscuridades asociadas a esa carrera iniciada cuando solo tenía 6, propulsada por su sorprendente talento natural para cantar y bailar y un padre visionario, pero negativamente ambicioso que decidió explotarlo sin descanso ni mesura. Esto va más o menos de 1967 a 1977, la década en que el pequeño Michael brilló, con su amplia sonrisa e inocente mirada, al frente de The Jackson 5.
El segundo periodo, de 1978 a 1988, está marcado básicamente por las transformaciones físicas de Michael, las primeras fuentes de controversia con respecto a su perfil psicológico supuestamente quebrado por el maltrato infantil al que fue sometido y el estratosférico éxito comercial de sus producciones como solista, con canciones y videoclips que se llevaron todos los premios y rompieron todos los récords. Otra vez, las libertades del guion ofrecen una visión parcial de todos esos traumas y cruces de contradicciones. A pesar de eso, las canciones -inolvidables, algunas superlativamente buenas- hacen que sus dos horas de duración valgan la pena.
Burning ambition: Los cincuenta años de Iron Maiden
Burning ambition (Malcolm Venville, 2026), es una celebración muy merecida. Iron Maiden no inventó el heavy metal, pero sí lo llevó a niveles extraordinariamente altos de popularidad y poder de convocatoria. Aunque su primer álbum oficial se lanzó en 1980, las bodas de oro se calculan desde 1975, cuando Steve Harris concibió, con solo 21 años, un sueño épico de guitarras, bajos galopantes y esa combinación de rebeldía, leyenda y velocidad, en medio de su trabajo como basurero en Londres.
La película tiene todos los elementos para que leales hordas de metaleros se congreguen y conviertan cada proyección en la primera fila de un concierto. El ritual silencioso del cine se quiebra con gritos, cánticos, aplausos. Si bien es cierto hay más entrevistas e imágenes de archivo que canciones, muy valiosas para los más fanáticos, cada extracto hace delirar a las butacas. Cuando fui a verla, la sala estuvo llena y ocho de cada diez personas llevaba puesto un polo de Iron Maiden. Una comunidad que responde a la llamada de la tribu con compromiso y que, al final del metraje, sale satisfecha conversando sobre qué les gustó más.
La celebración de estos cincuenta años de indesmayable carrera metalera coincide además con un hecho largamente esperado por su familia global, la inducción del grupo en el Salón de la Fama del Rock and Roll, veinticinco años después de que se hicieran elegibles para tal distinción. Lamentablemente, no podremos verlos tocar en la ceremonia oficial pues, al realizarse en octubre, agarrará al grupo en medio de su gira Run for your lives, la misma que los traerá por tercera vez al Perú.
Michael Jackson y Iron Maiden: Fenómenos de masas
Recientemente vi, estupefacto, cómo Shakira actuaba en Copacabana ante una multitud narcotizada por su ramplón exhibicionismo, una muchedumbre que le celebra esas majaderías vendidas una y otra vez como símbolos de “empoderamiento femenino”, incluso acompañada por dos íconos de la cultura musical brasileña, Caetano Veloso y su hermana, María Bethânia, ambos octogenarios. Me pareció una metáfora perfecta de la confusión y el empobrecimiento de los gustos populares, atrapados por esa mezcolanza tendenciosa de publicidad, exacerbación de pulsiones primarias y encumbramiento de lo farandulesco que prima en la industria discográfica del siglo XXI.
Hace poco más de cuarenta años, en 1985, Iron Maiden tocó ante aproximadamente 350,000 personas en Rio de Janeiro, durante la primera edición de Rock In Rio que fue, además, la primera visita a Sudamérica del quinteto británico. Ver las imágenes de un festival desbordado por fanáticos del rock duro con letras que hablan de heroísmo, anti belicismo y cuestiones mitológicas, sin celulares en las manos y estrechando lazos con los músicos, contrapuestas a las de egocéntricos gentíos que balbucean mensajes superficiales mientras se graban a sí mismos, es sobrecogedor.
Del mismo modo, recordar la presentación de Michael Jackson en el entretiempo de un evento deportivo emblemático para los Estados Unidos como la final del Super Bowl de 1993 y compararla con las últimas tres o cuatro versiones del mismo acontecimiento, marcadas por baratas vulgaridades y, en la edición más reciente, la supuesta declaración política de un portorriqueño que se apropia de la representatividad de lo latino después de hacer publicidad sexista para Calvin Klein, resulta ilustrativo respecto del peso y sustancia que antes podían alcanzar incluso las manifestaciones más comerciales del pop frente a su actuales ligerezas. Iron Maiden y Michael Jackson son de los últimos fenómenos de masas que también podían presumir de calidad artística y trascendencia.
El pop y el metal: Universos paralelos
Cuando Michael Jackson lanzó Thriller (CBS Records, 1982), más de la mitad de sus canciones se convirtieron en éxitos inmediatos en el mundo entero. Y el Perú, con apenas tres años de haber regresado a la democracia, no fue la excepción. Yo era niño en ese tiempo y recuerdo claramente la fiebre que ocasionaron, de forma escalonada, los videoclips de Billie Jean, Beat it y Thriller, con grupos de jóvenes que se reunían en las calles para replicar las coreografías y familias enteras que esperaban la transmisión de la versión larga, una mini película de terror hecha para televisión.
Casi al unísono, las radios y canales de televisión locales propalaban canciones como Rock with you, She’s out of my life o Don’t stop ‘til you get enough, incluidas en su álbum anterior Off the wall (1979), considerado por todos como el primer LP de Michael Jackson. En realidad, se trataba de su quinta producción discográfica como solista, puesto que Motown Records ya había comenzado a capitalizar el carisma y talento del joven Michael con cuatro discos lanzados entre 1972 y 1975, en simultáneo a su trabajo con The Jackson 5, el grupo que integraba junto a sus hermanos Jackie, Tito, Jermaine y Marlon.
En paralelo, Iron Maiden lanzó al mercado, en aquel mismo 1982, su tercer larga duración The number of the beast, el primero con Bruce Dickinson como vocalista tras la renuncia/despido de Paul Di’Anno. Si bien es cierto eran ya bastante conocidos como líderes de la llamada “Nueva Ola del Heavy Metal Británico” con dos discos previos –Iron Maiden (1980) y Killers (1981)- este LP generó enorme polémica, en particular por el tema-título, con una imaginería que fue de inmediato catalogada como “satánica” por grupos conservadores en su propio país y más allá.
Mientras Jackson se vio obligado a colocar advertencias en el famoso cortometraje en que se convierte en un espantoso hombre lobo, debido a la pertenencia de su familia al grupo religioso de los Testigos de Jehová, los comandados por Steve Harris enfrentaron toda clase de estigmas por sus videos diabólicos y su monstruosa mascota, Eddie, un gigantesco zombie que, desde el álbum debut hasta Senjutsu (2021), el décimo séptimo disco, ha aparecido en todas sus carátulas en un amplio rango de situaciones, desde templos egipcios hasta ciudades futuristas, desde manicomios hasta campos de batalla.
Entretenimiento para grandes y chicos
La historia de Michael Jackson está lejos de ser un ejemplo a seguir. A pesar de que, a raíz de la película -vapuleada por la crítica, acogida por el público- se han vuelto a poner sobre la mesa detalles que desmentirían las graves acusaciones en su contra, hay muchos aspectos que nos hacen dudar sobre si fue o no una persona “normal”, desde sus enfermedades hasta sus obsesiones. Sin embargo, ninguno de esos matices formó nunca parte de lo que ofrecía al público, tanto en sus canciones como en sus videos o actuaciones en vivo.
Lo que generaba en sus apariciones públicas era pura emoción, a veces expresada en casos de auténtica histeria colectiva -como en su momento lo hicieron Elvis Presley o The Beatles- y un universo paralelo en el que confluían la fantasía -el ser poderoso, casi sobrenatural de sus videos- con positivos mensajes universales. Basta con revisar cualquiera de sus producciones audiovisuales, desde Beat it (Thriller, 1982) hasta Earth song (HIStory: Past, present and future, Book I, 1995), o las letras de canciones como Man in the mirror (Bad, 1987) o Black or white (Dangerous, 1991), para hacernos una idea clara de eso.
Incluso el periodo comprendido entre los años 1993 y 2009, marcado a fuego por las denuncias, la destrucción de su rostro con cirugías estéticas, las actitudes erráticas y un anunciado retorno a los escenarios que la muerte frustró y que, supuestamente, será materia de la segunda parte de Michael, dejó varios éxitos comerciales para su carrera artística, como la demostración de la vigencia de su combinación de R&B, soul, pop-rock, funk, disco y electrónica, tanto a través de lanzamientos como Invincible (2001, su último disco oficial) y el recopilatorio Number ones (2003) como del documental This is it, estrenado cuatro meses después de su fallecimiento, que resume los ensayos de la que habría sido su gira de despedida. Eso sin contar los tributos e incontables reproducciones que actualmente registran los videos de todas sus épocas. Solo o con sus hermanos, en videoclips o en conciertos, Michael Jackson es garantía de buen entretenimiento para todos.
Música bien tocada y sin concesiones
El caso de Iron Maiden es, más allá de las evidentes diferencias estilísticas, parecido. Su capacidad para entretener y convocar multitudes es ilimitada, desde el terreno de lo que el público general llama “rock pesado”. La historia de Iron Maiden es una de consecuencia y fidelidad al público, incluidos aquellos momentos en que a la banda no le fue del todo bien, como cuando Dickinson abandonó el grupo y fue reemplazado por Blaze Bayley. Entre 1982 y 1992 la banda grabó siete álbumes que han superado la prueba del tiempo, icónicas grabaciones de heavy metal sin concesiones ni intentos de adaptación a cualquiera de los giros que imponía la moda o el cambio generacional.
Discos como Peace of mind (1983), Powerslave (1984), Somewhere in time (1986), Fear of the dark (1992) o el doble en vivo Live after death (1985) permanecen como un legado incuestionable, llenos de momentos de profunda musicalidad y virtuosismo. Las guitarras de Adrian Smith y Dave Murray estremecen con sus intercambios de roles, armonías gemelas y solos electrizantes, el bajo frenético de Steve Harris y su rotunda presencia escénica emocionan siempre como si fuera la primera vez, la batería de Nicko McBrain sostiene todo como una roca y la voz de Bruce Dickinson, su energía y potencia para conducir a las masas es tan impresionante como su papel de piloto del Ed Force One, el Boeing 757 que todos vimos en Iron Maiden: Flight 666, documental que, otra vez de forma coincidente, se estrenó en el 2009, el mismo año de la muerte de Jackson.
El siglo XXI vio el renacimiento de Iron Maiden, con una formación poco habitual para grupos de heavy metal. Además del retorno de Bruce Dickinson y Adrian Smith, que se había ido en 1990, se quedó Janick Gers, su reemplazante, como tercer guitarrista. Gers aportó, además de su excepcional dominio del instrumento, una extravagancia sobre escenario que incluye malabares al estilo Yngwie Malmsteen y estrambóticos desplazamientos que le sirvieron para ganarse el abrazo del público. Como sexteto, Iron Maiden ha publicado seis álbumes -entre ellos los notables Brave new world (2000), Dance of death (2003) o The book of souls (2015)- y hecho doce giras alrededor del mundo, entre el 2000 y el 2025.
Productos cinematográficos de calidad
Más allá de las agudezas de la fría crítica especializada o de las encendidas pasiones que producen en sus fieles seguidores, estos filmes que se ocupan de dos de los artistas musicales más importantes de los últimos cincuenta o sesenta años promueven el renovado consumo de sus grabaciones, consideradas como piezas de museo por el común de las personas y, en el caso de los hits de Jackson, repeticiones permanentes en la programación radial. En ambos casos, tanto la película biográfica con sus inevitables licencias creativas como el documental y sus enfoques unidimensionales terminan aplaudidos rabiosamente a los dos lados del Atlántico.
Michael y Burning ambition -ambas de los estudios Universal-, como productos audiovisuales, nos dejan claro que los cambios en la industria musical han ido en dirección opuesta al buen gusto y al sano entretenimiento. No hay forma de considerar una “evolución” las modernas preferencias de las masas, capaces de delirar por artistas que solo se dedican a estimular de forma canallesca aspectos relacionados al lujo conseguido a cualquier costo, la hipersexualización de todo y un uso elemental del lenguaje, tanto en inglés como en castellano. Me pregunto si en el 2076 pasará lo mismo con películas acerca de Bad Bunny, Rosalía o Shakira, si a alguien se le ocurre la malísima pero potencialmente rentable idea de producirlas. Felizmente, no estaré vivo para verlas.







