Carla Sagastegui

La negación

¿Será que cuando una persona llega a los cargos más altos de un país, realmente se entumece su empatía y sólo percibe aquello que le conviene? ¿Se trata de una suerte de vértigo que la obliga a no mirar hacia abajo, donde la realidad le reclama el percibirse ignorada? ¿O es acaso que el goce que le provoca sentir poder vale más que la vergüenza de haberse desentendido de sus tareas?

Días atrás, la salida supuestamente ingeniosa del primer ministro ante la crisis alimentaria, recomendando comprar pescado en lugar de pollo debido al alza de precios, despertó indignación al igual que el célebre recurso recomendado por la reina María Antonieta al pobre pueblo francés, que ante la falta de pan, pues que se comiera tortas. Fue prueba de cómo el poder ejecutivo cada día se ha ido deslindado más y más de la realidad. 

Cuando ayer martes, ya una semana después de que empezaron los disturbios en Junín, el presidente Pedro Castillo asistió a la sesión con el Congreso de la República para planificar de manera conjunta la resolución de la violenta crisis en la que nos encontramos, su conducta y la exposición de sus ministros, así como la respuesta de algunos congresistas fueron un claro ejemplo de cómo y cuánto les costaba referirse a los hechos concretos ocurridos durante el paro y sus disturbios. Y, mucho menos, poder plantear medidas articuladas al legislativo para enfrentar las obvias consecuencias resultado de la crisis económica mundial en nuestro colapsado país.

Articular los sectores ministeriales en pro de proyectos y resolución de problemas nacionales es la labor de la presidencia. Mirtha Vázquez tuvo que jugar ese rol como primera ministra ante la ausencia del presidente, pero como no participaba de la selección del gabinete, ministros con antecedentes judiciales, sin formación para el diseño de políticas públicas, sin capacidad para resolver conflictos o, peor aún, colocados por su experiencia en el manejo de redes de clientelaje y prebendas vinculadas a su sector, la hicieron renunciar. 

¿Y el presidente? Pues parece que la labor que él mismo se ha adjudicado ha sido la de esconderse. (Hasta dos oficinas tiene). En estos meses nos ha mostrado tiene un talento, el de permanecer oculto. Como en el juego ilustrado ¿Dónde está Wally? De Martin Handford en el que hay que encontrar al personaje entre miles de personas del mismo tamaño, al presidente todos los días hay que buscarlo entre miles de conmoraciones, inauguraciones y visitas en alguno de los 1,802 distritos del Perú fuera de Lima (donde, por supuesto, queda su oficina oficial).  

Cuando llegó al Congreso, el día de ayer sólo le habló a la cámara. Nunca dirigió su mirada a la Presidenta del Congreso, ni a sus ministros, ni a ningún congresista. Anunció que el primer ministro presentaría a los sectores convocados y una vez que terminó esa presentación dijo que debía irse a derogar el decreto de la inmovilidad ciudadana. El Congreso le pidió que se quedara, que su prioridad debía ser explicar los proyectos de ley necesarios para paliar la crisis y calmar a la población. Pero el presidente no los tenía. Así que se escondió tras el pretexto de tener que hacer la derogatoria y se fue. Se fue. 

Los ministros, desorientados, solo hablaron. Que la segunda reforma agraria ya saldría pronto, que el país con un par de ajustes podría autoabastecer la alimentación nacional, que tenían un proyecto que conseguiría que no tuviésemos que importar petróleo. Como si se tratara de promesas electorales, los ministros hablaron sin sentido ni sustento y sólo ofrecieron la peligrosa reducción de precios. Jamás mencionaron a las personas que murieron durante el paro hasta ese momento: al adolescente que perdió la vida por esconderse en el río de la policía, a la comunera atropellada, al transportista accidentado, al paciente de diálisis que no llegó al hospital. Tampoco de las políticas ante la crisis económica y alimentaria. No presentaron proyectos de ley. 

Querer esconderse, ocultar nuestra pobreza, ignorarnos y callarnos pidiéndonos que nos encerremos solo ha conseguido que la realidad, la violencia y sus promotores tomen las calles del país. Jugar a ser presidente ha sido demasiado irracional. Ya llegó el momento de tomarse en serio el trabajo que ha recibido o reconocer que es necesario dar un paso al costado, disculparse y facilitar un nuevo proceso electoral. No se esconda más.

5 de abril de 2022

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Pedro Castillo, protestas, sociedad

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