Jorge Luis Tineo - Sudaca.Pe

Mi último concierto: Queen + Adam Lambert

La pandemia nos robó, entre muchas otras cosas, los conciertos. Esas masivas congregaciones en estadios o teatros, explanadas o auditorios, en que se producía una mágica comunión entre artista y público. Apretujados en las primeras filas o sentados en la parte más alta de una tribuna, los asistentes a conciertos nos olvidamos de todos los problemas y nos entregamos a esa catarsis colectiva, esa euforia que se desata cuando escuchas, en vivo y en directo, los acordes de tu(s) canciones(s) favorita(s) y das de gritos, así nadie te escuche.

Cuando el coronavirus se instaló en nuestro país, en marzo del 2020, ya tenía compradas mis entradas para la tercera vez de Guns ‘N Roses en Lima. Y se cayeron, como piezas de dominó, algunos otros a los que no pensaba faltar: Pat Metheny -extraordinario guitarrista de jazz, en su primera visita al Perú-, Martin Barre -legendario guitarrista de Jethro Tull, junto a Dee Palmer y Adam Wakeman, hijo de Rick, para celebrar 50 años del grupo-, Kiss -tras 11 años del explosivo concierto que ofreció en el Estadio Nacional. Todos, hasta nuevo aviso, cancelados. Dicho sea de paso, Teleticket aún no anuncia hasta ahora la devolución de lo pagado por GN’R, a pesar de que ya están publicitando algunos conciertos presenciales para la última parte de este año.

Esta semana se cumplen, para mí, 24 meses sin experimentar esa liberadora sensación, combinación de cansancio, satisfacción y deseos de seguir que se produce cuando las luces blancas se encienden y el estruendo de parlantes y destellos de pantallas LED son reemplazados por una tenue música de fondo y el murmullo del público que comienza a salir del recinto. Algunos, haciendo comentarios a grito y lisura pelada. Otros, sin poder hablar. Pero todos, como ocurre pocas veces en la vida, sintiendo y pensando lo mismo. El último concierto presencial en el que estuve fue el 17 de agosto del 2019, hace exactamente dos años y cuatro días.

Tres horas antes de la programada en aquel día soleado, el concierto ya había comenzado en la amplia explanada en las afueras del BB&T Center, un impresionante complejo deportivo y centro comercial en Fort Lauderdale, a 45 kilómetros de Miami. Cientos de fanáticos llegaban, solos o en parejas, grupos y familias completas, muchos con polos alusivos a la banda, esperando que se abran las puertas. Dos estaciones de radio prendían el ambiente desde inmensos parlantes, con las clásicas canciones que, algunas horas después, harían delirar a los enfervorizados seguidores de Queen. Nosotros -mi esposa y yo-, fanáticos y conocedores del grupo, habíamos volado seis horas la noche anterior, desde Lima, un viaje relámpago para hacer realidad, aunque sea de manera parcial, el sueño de ver, en vivo, a esa banda que habíamos escuchado hasta el cansancio, desde niños, por separado y juntos, desde que nos conocimos.

Por la mañana nos cruzamos, en el hotel, con grupos de personas que habían llegado desde distintos lugares del mundo para asistir a la fecha 21, en Norteamérica, de The Rhapsody Tour, gira organizada tras el éxito mundial de la película acerca de la vida de Freddie Mercury, el venerado compositor, pianista, cantante y líder de Queen, fallecido en 1991. La banda entraría en un pequeño receso para luego remecer Japón, Nueva Zelanda y Australia, en enero y febrero del 2020, con su espectacular show, cosa que lograron completar antes de las prohibiciones ocasionadas por el virus de Wuhán.

Afuera del BB&T Center, casa de los Florida Panthers, uno de los equipos de hockey sobre hielo más populares de la zona, el calor abrasador se fundía con la expectativa, que crecía a cada minuto. El puesto de merchandising no se daba abasto para atender los pedidos: polos, gorras, bolsos, tazas y libros con motivos de la gira. Adentro, una gran fiesta estaba por comenzar. A las 8:30pm., una versión orquestal de Innuendo, canto de cisne de la Reina, comenzó a sonar y el sitio se vino abajo cuando Brian May (74) y Roger Taylor (72) saltaron al escenario tocando Now I’m here, poderoso tema rockero del tercer LP, Sheer heart attack, de 1974. Ellos son el principal atractivo de esta nueva etapa de Queen, que se inició en el 2009 tras el intento de cubrir el espacio de Mercury con el legendario vocalista Free y Bad Company, Paul Rodgers (2004-2008).

Durante dos horas y media, más de veinte mil personas se estremecieron con los electrizantes riffs y solos de Brian May, disparados desde su inseparable Red Special. En el fondo, Roger Taylor sostiene el ritmo con contundencia y acompaña con su inconfundible voz, rasposa y aguda, las armonías vocales que hicieron famoso al cuarteto. Ambos han encontrado en Adam Lambert (39) a un talentoso “hermano menor” con estilo y personalidad propia. El joven norteamericano, quien saltó a la palestra tras quedar en segundo lugar en la octava temporada del programa concurso American Idol, es un eficiente intérprete que muestra un profundo respeto por Freddie Mercury, a quien describe como “irreemplazable”, toda una Verdad de Perogrullo. Con amplio dominio del escenario y una actitud natural y extravagante, Lambert supera el desafío de ponerse en los zapatos de Mercury (alcanza las notas más altas sin problema, lo cual no es moco de pavo) y lo hace a su manera, sin caer en la caricaturización o el disfuerzo por imitarlo.

La puesta en escena, un despliegue de elegantes decorados, sonido, luces y pantallas de alta resolución, resume todo lo que siempre fue Queen: teatralidad, sofisticación y energía, pero con los estándares del Siglo XXI. En reemplazo del elusivo John Deacon (70), quien decidió retirarse por completo de la música tras el fallecimiento de Freddie, el bajista Neil Fairclough hizo un trabajo impecable; Tyler Warren acompañó con percusiones y coros; mientras que un viejo conocido, Spike Edney, se encargó de pianos y teclados tal y como lo hizo con Queen en los ochenta. Desde himnos rockeros como Tie your mother down, Fat bottomed girls, I want it all o Hammer to fall hasta las infaltables Don’t stop me now, Somebody to love, Radio Ga Ga, I want to break free o Crazy little thing called love, Queen + Adam Lambert ofrecieron un alucinante setlist, basado en el soundtrack de la taquillera película Bohemian Rhapsody (Bryan Singer, 2018). Un momento especialmente emotivo fue cuando Brian May empuñó la guitarra acústica para entonar, junto al público, la romántica Love of my life, acompañado por la voz e imagen de Freddie Mercury proyectada en fondo negro.

El último show de The Rhapsody Tour fue el 29 de febrero del 2020 en Brisbane, Australia. La porción europea de la gira fue reprogramada, primero para este año –que habría coincidido con el 50 aniversario de la banda- pero, como las complicaciones del COVID-19 aún están lejos de desaparecer, tuvo que volver a posponerse para el 2022, comenzando el mes de mayo con varias fechas en Irlanda, Escocia e Inglaterra. May, Taylor y Lambert esperan con ansias ese momento: “Regresaremos mejor que nunca”, declararon en su página web.

Durante el aislamiento pandémico, Brian May publicó tutoriales de guitarra en sus redes sociales y participó de diversas conferencias científicas y ambientalistas; Roger Taylor lanzó un single, Isolation, y anuncia para este 1 de octubre su sexto disco como solista, Outsider. Por su parte, Lambert publicó, en marzo 2020, su cuarta producción, Velvet, en la onda pop discotequera que sigue como solista. Los tres lanzaron una nueva versión del clásico We are the champions, cuyas ventas fueron donadas a una fundación solidaria con los médicos de primera línea, promovida por la OMS. Y además produjeron el álbum y DVD Live around the world, disponible online, que recoge los mejores momentos de las cuatro giras que han realizado desde el 2009.

Pero volvamos al BB&T Center. Para su acostumbrada guitar stravaganza, el doctor en astrofísica Brian May integró música y astronomía en un espectáculo audiovisual grandioso: Montado en un asteroide lanzó sus fabulosas orquestaciones –que incluyeron extractos de la Sinfonía del Nuevo Mundo del checo Antonín Dvořák (1893)-, rodeado de planetas y estrellas que giraban en torno suyo. Por su parte, Taylor hizo de David Bowie en el clásico Under pressure, interpretó una versión algo contenida de su composición I’m in love with my car y cantó las primeras estrofas de Doing all right, una de las primeras canciones de Queen. Para Bohemian rhapsody, la sección operística sonó, como siempre, en su versión original, mientras la banda en pleno se preparaba para romper todo con el portentoso final. El fin de fiesta llegó, por supuesto, con We will rock you/We are the champions. Una noche inolvidable que aun tengo grabada en mis ojos y oídos.

Quizás nunca vuelva a asistir a aglomeraciones de esta naturaleza pero, de ser así, me siento afortunado de que, el de Queen, haya sido mi último concierto.

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Tags:

Conciertos, Pandemia, Queen

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