Navidad y la memoria de los muertos

Hoy, 24 de diciembre, vísperas de la Navidad, muchos de nosotros participaremos de nuestros acostumbrados y tradicionales rituales de Nochebuena para recibir una festividad prometedora de alegría, esperanza y encuentro en nuestros entornos familiares, pero en esta ocasión algunas familias se verán enlutadas por la trágica muerte de 28 peruanos durante el reciente estallido social. Porque es en las festividades navideñas donde el recuerdo de los seres queridos aflora en carne viva y su ausencia se hace sentir de manera sensible, a la luz de las velas y de las luces de colores, mientras suenan las melodías nostálgicas de los villancicos tradicionales. Y para quienes ya hemos recorrido más de la mitad del camino de nuestras vidas, esos recuerdos resucitan continuamente y sentimos la presencia imperturbable de los muertos que dejaron huella en nuestros espíritus.

Atrás quedaron esas mágicas Navidades que recuerdo en la casa de mi abuela Mina en medio del Olivar de San Isidro, donde nos reuníamos 21 nietos junto con nuestros padres, tíos y tías, y conocidos y amigos de la familia. La antigua casona, construida en los años 20 del siglo pasado, ya no existe y los miembros de la generación de los mayores ya han fallecido casi todos. Pero sus fantasmas, con todas sus bondades e imperfecciones, me siguen acompañando en el recuerdo cada vez que llega la Nochebuena.

Y desde hace varios años, desde que trabajo en el acompañamiento de ancianos, se han sumado a la remembranza de los familiares que ya no están entre nosotros muchas historias personales de seres humanos que están en el otoño de sus recorridos biográficos o que ya han partido tras terminar este azaroso viaje al que llamamos vida, historias que ha ido atesorando mi espíritu por más dolorosas que puedan ser, historias de ancianos sin perspectiva de futuro hacia adelante pero con mucha riqueza y experiencia personal hacia atrás, historias que permanecerán anónimas bajo tumbas cuyas inscripciones serán borradas por la niebla del olvido pero que, a pesar de todo, merecen ser contadas.

Como, por ejemplo, la de aquella señora tuerta que conocía algunas canciones populares alemanas, no porque las hubiera aprendido en su infancia en la escuela, sino porque las cantaban los soldados alemanes que habían ocupado su tierra natal, Ucrania, durante la Segunda Guerra Mundial, y que la convirtieron ya de niña en una refugiada que tuvo que crecer y hacer su vida (matrimonio, hijas, trabajo) en Alemania, la patria de los invasores. Ya de avanzada edad, sólo deseaba morirse pronto, pero se reía cuando yo le decía que si se quería morir, debía avisarme para acompañarla cuando eso sucediera. Quiso el destino que yo no pudiera estar a su lado en ese momento por estar en cuarentena. Murió durante la pandemia, pero no por causa del virus, sino botando mierda por la boca debido a una obstrucción intestinal.

O el caso de la octogenaria que, siendo niña, tuvo que huir de un antiguo territorio alemán, ahora perteneciente a Polonia, ante el avance de los ejércitos rusos y que tuvo la desdicha de estar en Dresde cuando la ciudad fue bombardeada brutalmente por los Aliados entre el 13 y el 15 de febrero de 1945, con un saldo de unos 25,000 muertos aproximadamente. Sólo Dios sabe las atrocidades de la que fue testigo, pues nunca quiso contar detalles de lo que había visto. La niña sobrevivió y se convirtió en la mujer que buscó sin éxito hacer una carrera docente en la República Democrática Alemana, de donde terminó huyendo con su marido a la República Federal de Alemania antes de la construcción del Muro de Berlín. En su nuevo hogar ambos sufrieron cierta discriminación por ser refugiados. No sólo discriminación social sino también religiosa, pues al ser ella cristiana evangélica y su esposo católico, su matrimonio —llamado entonces “mixto”— fue considerado una anormalidad que se debía tolerar pero nunca apoyar ni promover. Ante la indolencia de las autoridades religiosas, desde entonces esta señora rara vez ha asistido a algún servicio religioso, sea católico o evangélico. A su esposo se lo llevó primero mentalmente la demencia y físicamente después, la pandemia.

Otra historia, la de una pareja de edad avanzada que se mudó a una residencia de ancianos para pasar juntos los últimos años de su vida, es una muestra de que los futuros idílicos no existen. Un día ella tuvo que ser hospitalizada y partió de esta vida sin poder despedirse de él. Él tampoco pudo despedirse de ella después de su muerte, pues no le fue posible asistir a su entierro por hallarse en cuarentena debido al virus. Una semana después, recuperado de la enfermedad, salió a dar su acostumbrado paseo, pero nunca regresó. La policía encontraría su cadáver colgado de una soga en una construcción cercana.

Me hace recordar al nonagenario con demencia senil, cuya mujer falleció después de que ambos se mudaran a la residencia de ancianos. A pesar de que han pasados años desde que murió su esposa, cada cierto tiempo el viejito pregunta dónde está su mujer, y entra en crisis emocional cuando le dicen que falleció hace tiempo y que se ha olvidado del momento de su partida, del entierro al que asistió y de las cartas de condolencia que recibió. Todos estos pedazos de la memoria, papeles que ya comienzan a amarillear por el tiempo, están guardados en un cajón que hay que mostrarle para convencerlo de la realidad de un pasado reciente que ya no recuerda y que no ha dejado huellas indelebles en su memoria herida.

Recuerdo también a otro nonagenario al que se llevó la pandemia, sentado en un sofá con ceño adusto y cara de pocos amigos, de pocas palabras pero con respuestas rápidas y cortantes a pesar de su demencia, con el cual había que tener mucho cuidado, pues si una anciana con demencia se sentaba a su lado, aprovechaba cuando nadie lo veía para meter la mano donde no debía.

Otro anciano de apariencia descuidada pero con un carácter diferente al del anterior, siempre sonriente y con una vivacidad que contrastaba con su delgadez extrema, y que se sentía orgulloso de haber sobrevivido a la guerra gracias a una fuga aventurera en su adolescencia cuando, en los últimos días de la contienda, fue reclutado a la fuerza para luchar y entregar su vida por el Führer, también era muy rápido y avezado con las manos cuando algunas de las jóvenes enfermeras tenía que atenderlo debido a que era incapaz de asearse y hacer sus necesidades por sí mismo. A fin de calmarle la libido y mantenerlo tranquilo se le instaló un televisor en su cuarto para que viera videos pornográficos de corrido. El viejito estaba muy contento, pero andaba algo desatado.

Que más puedo contar sino del director de teatro al que le dio un ataque de apoplejía que terminó con su carrera en una silla de ruedas, desde la cual lanzaba gritos tratando de expresar el arte que ahora estaba prisionero de su alma. O de la señora con demencia y otros problemas mentales, que me dejó la huella de sus dientes en la espalda cuando yo traté de evitar que manoseara con sus manos mugrientas los pasteles de la tarde, que los viejitos debían saborear acompañados de una taza de café amargo. O la viejita octogenaria que siempre intentaba salir a la calle y escaparse a como diera lugar, pues tenía que cocinar para los hijos que iban a la escuela y alimentar a los animales en una casa que siempre iba a ser su hogar, aun cuando ya no le perteneciera y la última estación de su vida fuera a ser la residencia de ancianos, un lugar donde siempre se sentiría una extraña.

En esa labor de acompañar vidas que se acercan a su ocaso definitivo, he aprendido a no juzgar y a respetar la dignidad de quienes ya han vivido una vida entera, la cual debe ser tratada con dignidad y respeto hasta el último momento, sea lo que sea que hayan hecho. He aprendido que la vida hay que aceptarla como viene, no como quisiéramos que fuera.

Esto también vale para las vidas que se apagaron temprano, como las de nuestros compatriotas muertos durante las recientes protestas sociales. Son vidas truncas que no tenemos derecho a juzgar, que no merecen el terruqueo de que están siendo objeto por parte de fuerzas reaccionarias y antidemocráticas. Más bien deberíamos interesarnos en cómo vivieron esos hermanos nuestros, que situaciones experimentaron, cuáles son sus historias personales, para anudar lazos solidarios desde un corazón lleno de compasión que busca que haya justicia para todos.

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