[OPINIÓN] En esas ocasiones, la mirada que uno tenía sobre ese actor/actriz, músico, escritor(a) cambia, se hace multidimensional. Puede que no te guste, no te interese o no entiendas las razones de su éxito y popularidad cuando lo que hace -actuar, escribir, cantar-, según tus apreciaciones individuales, sea de baja o muy baja calidad pero, por lo menos, desde su condición humana -anterior a su condición de artista de moda-, comparte valores asociados a la empatía, a la solidaridad, a la corrección, tan escasos e inútiles como herramientas de ascenso social, económico y político en estos tiempos recios.
Benjamin Hammond Haggerty, natural de Washington, tiene 43 años. Se hace llamar Macklemore y es rapero. Es un rapero blanco, como Eminem o Vanilla Ice. O los Beastie Boys. Su nombre artístico, hasta hace unos días desconocido (para mí), es hoy tendencia mundial. El pasado 4 de septiembre, el rapero Macklemore, envuelto en una kufiya y de pie frente a las 90,000 personas que estaban viéndolo y escuchándolo en un conocido estadio de New Jersey, el MetLife Stadium, dijo dos palabras: “Free Palestine!” Macklemore estaba de telonero de un artista pop de alto perfil. Su proclama activó a la maquinaria lobista y, como consecuencia de ello, fue despedido del resto de la gira. Un contrato menos, millones de seguidores más.
Ed Sheeran es un cantautor británico de 35 años, uno de los artistas más conocidos y vendedores del siglo XXI. Nunca he escuchado un disco suyo completo -viene publicándolos desde el 2011 y tiene ya ocho- porque el pop moderno, ese que se concentra en temas personales y superficialidades, no me interesa en absoluto. Posee una fortuna valorizada, según la plataforma Spanish Revolution, en más de 400 millones de dólares. Es, para decirlo de una manera sencilla, el equivalente masculino de Taylor Swift. Macklemore era uno de sus teloneros ese 4 de septiembre.
Esas dos palabras -Free Palestine- no cayeron bien en las oficinas de un puñado de peces gordos. Robert Kraft (85), un anciano multimillonario que es dueño del estadio de la siguiente ciudad en que iban a actuar Ed Sheeran y su telonero Macklemore, llamó de inmediato al manager de Sheeran indicándole que si el rapero seguía en el cartel el concierto se cancelaba. Y el exitoso hacedor de éxitos en Spotify, en lugar de defender a su colega, lo despidió. Lo que pasó después es una muestra de que, a pesar de lo jodidamente mal que está el mundo y las preferencias de las masas, que privilegian todo lo que sea plata, éxito material y lujos, así su acceso a todo ello se limite a ver esas cosas a sus propietarios en una pantalla, todavía hay reductos de solidaridad y sentido de lo que significa ser seres humanos.
Otros tres artistas anunciaron sus renuncias a la gira en respaldo a Macklemore y como condena manifiesta a la decisión de Ed Sheeran, el ídolo juvenil del pop británico, que permitió la perpetración de un acto de abierta censura desde el poder, en este caso, económico. “Ningún artista debe ser silenciado” comentó Finneas O’Connell (29), hermano mayor de Billy Eilish (24), otra exitosísima cantante moderna. Siguieron el mismo camino Aaron Rowe, Lukas Graham y una banda de folk-pop irlandés llamada Beoga, todos ellos integrantes del listado de teloneros de Ed Sheeran en The Loop Tour.
Entre el público también se produjo una masiva reacción de apoyo a Macklemore. Salvo contadas excepciones, las muestras de aprobación y felicitaciones por su valiente declaración proliferaron en redes sociales, de manera proporcional al rechazo hacia Ed Sheeran, quien se atrevió a responder diciendo que “no usaba sus plataformas musicales para hablar de política”. De inmediato le recordaron sus dichos sobre el Brexit y su participación en un concierto benéfico en defensa de Ucrania. El doble rasero de Sheeran llegó al extremo de decir, para satisfacer a sus acaudalados contratistas y dueños de estadios que el genocidio en Gaza es “un conflicto que afecta a ambas partes”. En cuestión de días, perdió aproximadamente 200 mil seguidores en Instagram. A estas alturas, esa cantidad debe ser aun mayor.
La cantante Pink (47), perteneciente a la generación anterior a Sheeran, Swift y demás clones pop -la misma generación que produjo a Britney Spears, Christina Aguilera y Justin Timberlake- fue una de las primeras celebridades pop en reaccionar, pero defendiendo a Sheeran y poniéndose voluntariamente frente al escrutinio del público que de inmediato la incluyó en las olas de rechazo a aquellos artistas que, para no incomodar al poder, proponen la neutralidad en el caso de Gaza. Por su parte, Roger Waters (83), legendario rockero conocido por su irrestricto apoyo a la causa palestina, como desarrollé ampliamente en mi columna musical en este medio, publicó un breve mensaje de un minuto titulado “Ed who?”
Toda esta galería de nombres -Macklemore, Sheeran, Beoga, Aaron Rowe, Lukas Graham- son nuevos para mí, a pesar de moverse en la industria discográfica, un tema que me apasiona. Mis posibilidades de reconocer una canción de cualquiera de ellos son nulas, las mismas que deben tener muchos de sus fans para identificar una de Weather Report, Level 42 o Color Humano. El caso de Eilish y su hermano, de presencia permanente en los podios del Grammy, aunque tampoco logro escuchar sus canciones sin aburrirme, han estado más presentes para mí por sus constantes muestras de solidaridad con causas humanitarias, como su participación en el concierto Together For Palestine organizado por Brian Eno.
Es un asunto de gustos, subjetivo y arbitrario, desde luego. Pero lo real es que, gracias a sus declaraciones y acciones públicas, han aparecido en mi radar, lo que nunca ocurrió a través de sus grabaciones y las noticias de sus premios y ventas millonarias. En el caso de Sheeran, confirman todos mis prejuicios sobre su música. En el de Macklemore, estoy por animarme a escuchar sus temas que, según comentarios de internet, son muy potentes y enfocados.
Ante la ola de informaciones, el rapero respondió con un comunicado en redes sociales, dando más muestras de su claridad y coherencia: “No soy una víctima, Ed Sheeran no es una víctima, Pink no es una víctima. Tenemos carreras, dinero, oportunidades, seguridad y públicos en todo el mundo. Cualquier consecuencia que enfrentemos por lo que decimos, podemos volver a casa con nuestras familias. Las víctimas son el pueblo palestino. Los hombres, mujeres y niños que han sido asesinados, desplazados y obligados a vivir una violencia inimaginable”. Sin excesos ni disfuerzos, además, dijo que lo une a Sheeran el agradecimiento y la amistad que mantienen desde hace 13 años.
Por su parte, Ed Sheeran también se pronunció, aunque de una forma más fría y desconectada, diciendo que la decisión de despedir a su principal telonero fue de los promotores y no suya, agregando que “Macklemore me pidió participar en mi gira y acepté porque lo respeto como artista” sin mencionar que son amigos. Además, comentó que no podría permitir la cancelación de los conciertos -la amenaza que le lanzaron Kraft y sus amigotes- porque su equipo y sus músicos dependen de esos trabajos para ganarse la vida. Sin embargo, como apunta el portal Spanish Revolution, son esos mismos artistas quienes han puesto la solidaridad por encima del dinero al abandonar voluntariamente la gira.
Sheeran, en lugar de mantenerse firme y no ceder a las amenazas de cancelación sin razón -Macklemore no cometió ningún delito al decir lo que dijo- que, en sí mismas, podrían abrir un caso de incumplimiento de contratos contra Robert Kraft, un personaje con probados vínculos con el sionismo y hasta presente en los correos del monstruo Jeffrey Epstein -como lo ha mostrado el periodista Tucker Carlson- prefirió quedar bien con los promotores. Su gira ha ingresado a una crisis por la ola de cancelaciones de personas que están exigiendo la devolución de lo que pagaron por sus entradas.
Este caso de Macklemore y Ed Sheeran es una muestra contundente de cómo ponerse del lado correcto o incorrecto de la historia sí tiene un impacto que va de lo mediático y en cierta medida superficial -la guerra de opiniones en redes- a lo personal y económico, con amenazas de cancelación y veto por parte de quienes creen que con dinero pueden comprar el silencio del mundo ante situaciones extremas como la que se vive en Gaza.







