[Migrante al paso] ¿Tengo problemas de ira? Me desperté hoy preguntándome eso. Eran las 8 de la mañana y había dormido 10 horas; sin embargo, seguía sintiéndome cansado. Por antecedentes, pensaba que al tratar problemas de depresión y ansiedad ya podía estabilizar mi cabeza, pero estaba equivocado. Algo no cuadraba en cómo me estaba sintiendo. No estaba triste ni bajoneado, estaba furibundo. Solamente eran las 8 de la mañana. Ya lo tenía identificado, pero por alguna razón lo dejé pasar, pensando que mi problema era otro. Comencé un nuevo trabajo hace unos meses y era divertido. Pasaron semanas y esa diversión fue mutando a rabia y fatiga. Mi sonrisa fue desapareciendo para dar paso a un semblante serio e intimidante. Algo que creo que no soy, pero ya no lo tengo claro. Solo sé que no me quiero levantar todos los días con ganas de pelearme. En el fondo nadie tiene enemigos, así que supongo que, sin querer, yo estoy tomando ese rol.
Cuando estaba en el colegio y me dejaban tareas que, a mi parecer, eran estúpidas —hablar de sistemas de educación ya es otro mundo que no vale la pena abarcar en este escrito—, me sentaba frustrado y agarraba los lápices y colores y los partía en dos, mientras lloraba de ira e insultaba sin escrúpulos a las profesoras. Pasé mucho tiempo simulando no tener ese lado, pero se rebalsaba por momentos y era incontrolable. Yendo a una fiesta, típica de secundaria, en un taxi con amigos estábamos molestándonos entre todos; a veces esas cosas escalan. Uno de mis amigos me dijo: «Nos bajamos». Yo aún tenía cuerpo de niño y él era bastante grande. Sin dudar ni un segundo, abrí la puerta del taxi dispuesto a pelear. Antes de que saliera del carro, me dijo que estaba loco, que qué me pasaba y que lo estaba diciendo en broma. Me quedé callado el resto del camino y la tensión con ese amigo continuó y terminó con el fin de una amistad. Solo por orgullo y descontrol de mi parte. Normalmente hablo bien de lo que hacía cuando era niño, pero efectivamente, ¿qué me pasaba? ¿Cómo funcionaba mi cabeza para explotar y estar dispuesto a agarrarme a golpes con esta antigua amistad? Peor aún, ¿he cambiado en realidad?

El niño bueno se transformó en alguien muy dispuesto a usar la violencia, un rebelde descontrolado que no tenía límites. Un loco, pensarían muchos. Ya en épocas de universidad, siendo un adulto joven, seguían sucediendo ese tipo de cosas. Confundía tener carácter con ser un energúmeno desquiciado. Fui a una fiesta de electrónica con mis amigos más cercanos, algunos que felizmente mantengo hasta el día de hoy. Ese día fue mi última pelea. Un altercado entre unos matones y mis amigos volvió a sacar a la luz a la bestia rabiosa que llevo adentro. Me cayó un puñete de un tipo enorme que me reventó la mitad de la cara y, aun así, me levanté. Seguí peleando con diez personas; me caían más golpes, pero yo seguía avanzando. No sentía dolor y hasta estaba sonriendo. Por lo que me cuentan, terminé con la cara llena, hinchada y morada, la boca y la nariz sangrando y con un nudillo hecho astillas. Un VIP me sacó cargado mientras yo seguía peleando. Los esperé afuera, porque la bestia seguía hambrienta. Un amigo me vio y me dijo que parecía un tigre acorralado. Mientras la sangre caía gota a gota, mi mirada seguía fija en ese grupo de delincuentes. Llegó el punto en que no sabía si quería seguir golpeando o, en el fondo, quería que me siguieran golpeando. Muchos años después, tenía miedo de entrar a un salón de clase universitaria porque sentía que había un tigre hambriento adentro.
Me di cuenta del daño que puede generar un puño adulto, me asusté, me operaron e intenté suprimir ese lado salvaje. No podía quitarme el sabor metálico de la sangre en mi boca. Como una herida que no cicatriza sin importar el tratamiento. Recuerdo que mi padre era bastante renegón en su trabajo; poco a poco se fue calmando. Le pregunté, ya más viejo, cuando sentí que me estaba pasando lo mismo, cómo hizo para tomar el control.
—Me dio gastritis severa —me contestó.
Me reí. Yo no quiero que llegue el punto en que comience a somatizar la ira. Estuve un tiempo calmado. En un viaje solo a Marruecos, se dio una circunstancia de acoso a una chica en los callejones de la medina de Fez. Ahí, en un lugar desconocido, mientras pensaba en actuar o no, mi cuerpo ya se había movido solo. Ataqué sin titubear. La sangre salpicó mi ropa y las paredes de arcilla. Fui rodeado por incontables personas cuyas miradas me decían: «Te vamos a matar». Yo sonreí y pensé: «Llegó mi momento, supongo que no está tan mal morir defendiendo una injusticia». Me rescataron. Sabía que en ese caso mi violencia había sido justificada, pero no pensé en las consecuencias que pudo haber traído una muerte prematura. Estuvo bien o mal, nunca lo sabré. Solo sé que hay que sentir la sangre caer y, mientras esos ríos cálidos fluyen por mi rostro, darme cuenta de que algo no anda bien conmigo. Por ahora, solo puedo hacer una cosa. La reflexión del miedo e ira solo me llevará a lugares oscuros. Solo puedo sonreír nuevamente y hacerlo con significado. Me quedan muchos años por vivir y quiero hacerlo en paz. En éxitos y fracasos, mi respuesta ya no puede ser la rabia. Intentaré caminar tranquilo. Sin mucha mente.







