Reflexiones desde San Sebastián

Reflexiones desde San Sebastián

Era la boda de un amigo de la infancia y la algarabía se podía respirar con cada amigo que me encontraba. No es común estar con tanta gente conocida en un lugar tan lejano. Después de unas cuantas sumergidas, me eché en la arena y, felizmente, me prestaron bloqueador. Aún no había vivido una insolación en la cabeza por mis entradas cada vez más prominentes

[MIGRANTE AL PASO]  Luchando contra otro grandulón sentado a mi costado. Nadie cedía ni un milímetro del reposabrazos; los dos aprovechábamos el más mínimo movimiento del otro para ganar terreno. Al final, en estas cosas siempre gano yo. Estoy acostumbrado a sacarlos de quicio y, en un avión, no se puede perder la compostura, así que las cosas no pueden escalar mucho. Ser grande y los viajes en avión son una mala combinación. En fin, terminamos llevándonos bien. Cosas de aviones. Y he estado en peores situaciones, que prefiero no contar.

Finalmente, después de muchas horas y dos vuelos, llegué a la paradisíaca ciudad costera de San Sebastián, en el País Vasco.

En el aeropuerto de Madrid ya me había puesto ropa de baño. No soy playero, pero la emoción de regresar a ese lugar mágico ameritaba un par de chapuzones. Estuve aquí hace dos años y podía recorrer las calles tranquilamente sin Google Maps, como si todavía siguiera los pasos de una sombra idéntica a mí, pero con 22 kilos más. La ligereza se sentía y me sentía bastante cómodo.

Era la boda de un amigo de la infancia y la algarabía se podía respirar con cada amigo que me encontraba. No es común estar con tanta gente conocida en un lugar tan lejano. Después de unas cuantas sumergidas, me eché en la arena y, felizmente, me prestaron bloqueador. Aún no había vivido una insolación en la cabeza por mis entradas cada vez más prominentes. Todos nos reíamos de cómo, poco a poco, nos estábamos volviendo viejos.

En la noche, nuestro querido amigo nos invitó a cenar en La Viña, el restaurante emblemático donde fue creada la célebre tarta de queso. En una esquina del casco antiguo entramos al lugar para disfrutar de buena comida. Los txuletones, los pintxos y las tartas iban y venían. Me comí como tres de cada uno; no podía disimular la sonrisa por mi espíritu comelón. Unas horas más tarde me pasó factura el empacho y la indigestión que me dio. Suelo ser un barril sin fondo y, en viajes, aún más.

Por la vida alborotada de un emprendedor novato con un negocio recién abierto, me olvidé de reservar con anticipación. Así que escribo estas palabras desde una cama en la que entro con las justas y donde ya dormí abrazado de mi mochila por desconfianza limeña.

Dentro de todo, me sorprendieron las duchas y los cuartos impecables, a pesar de estar rodeado de ocho desconocidos que iban variando cada noche. Una noche me tocó un señor que roncaba como tractor. Recordaba los tiempos de sobrepeso de mi padre, cuando sus ronquidos atravesaban las paredes y se escuchaban por toda la casa. Mi madre, de sueño ligero, lo mandaba a dormir a la sala. Esa noche estaba entre que me mataba de risa en silencio y unas ganas de agarrar a almohadazos al viejo desconocido para poder descansar tranquilo.

Otra noche, en la cama de arriba, llegó otro señor que pesaba entre una y dos toneladas. No crean que soy gordofóbico; yo he pesado más de 110 kilos, pero veía las vigas de madera rugir con cada movimiento de esta persona. Ahí sí no pegué el ojo. En cualquier momento corría el riesgo de morir aplastado. Me quedé viendo las maderas y pegado al borde por si era necesario tirarme al piso. Ya me imaginaba cómo le llegaba la noticia a mi familia de que había muerto aplastado por el vagón que cayó encima mío, con colchón y vigas incluidos.

En fin, como buen viajero que soy, una experiencia así solo nutre mis crónicas e historias. Así que, dentro de todo, pudo ser peor.

Paseamos entre amigos y risas por todo el malecón hasta llegar al famoso Peine del Viento de Chillida, escultor eminente de la zona que unía la naturaleza con sus obras de arte. La isla al medio de la playa de La Concha, el mar cristalino y las montañas boscosas te dejaban perplejo. Estar de mal humor en un lugar así hablaría muy mal de uno mismo.

Ni el caos de las elecciones de nuestro país ni la debacle de nuestras instituciones podrían entristecerme. Claramente hablo desde el privilegio, pero, como ya lo he dicho en otras crónicas, soy quien soy y no hay nada peor que la falsedad de aparentar ser alguien que no eres.

No tendré muchos lectores ni seguidores, pero nunca caeré en la decadencia periodística que vemos en Willax, El Comercio, La República y los podcasts políticos que le lavan el cerebro a la gente. Todos pretendiendo ser superiores cuando solo demuestran la ridiculez de alguien que cree que, es más.

Creo que es más fácil disfrutar la vida cuando te das cuenta de que no tienes nada que perder, porque realmente nada te pertenece. Como diría Marco Aurelio.

Subimos en funicular al monte Igueldo. Desde la cima me percaté, entre los paisajes hermosos y unas Coca-Colas, de que nada me va a detener de cumplir mis sueños. Ni la política, ni mi deseo de ver un Perú mejor, ni la gente que habla mal de mí, ni las carencias económicas.

Absolutamente nada me va a transformar en algo que no soy. Un tipo sonriente, amigo leal, impulsivo, capaz de agarrarse a puñetes tanto como de ayudar a quienes están dentro de mis posibilidades de extender una mano. No lo hago porque soy bueno; lo hago porque me gusta hacerlo.

Todas esas contradicciones son las que nos hacen humanos. Los errores que cometes, ser bueno y malo; así somos los humanos. Así que no hay que creernos los cuentos de los opinólogos, o como quieran llamarlos, que creen ser santos dignos de devoción cuando solo son una persona más. No son especiales y me atrevo a decir que muchos son de muy poca inteligencia.

En fin, en estos tiempos turbios, me quedo con la sonrisa de mi amigo saliendo de una iglesia con cuya fe no coincido, pero que me llenó de ganas de vivir. Más vale ese pequeño momento que cualquier otra cosa. Ni la Lady Caster del periodismo peruano, ni los patéticos programas de Willax, ni la derecha paupérrima, ni la izquierda bruta.

Dentro de todo, me quedo con las flores volando encima de mi amigo mientras se casaba con el amor de su vida.

 

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