[MIGRANTE AL PASO] Las noticias malas llegan como flechas mientras menos te lo esperas. Uno cree que se va a caer el mundo; la ansiedad, incluso, te puede llevar a creer que la muerte te espera, pero al final es solo una ilusión. Un pinchazo de aguja disfrazado de herida de bala. A veces, antes de dormir, me engaño diciendo que tengo que tener todo bajo control, como si fuera posible. Ordenar tu vida no es tener el control absoluto. Si fuera así, no podría existir ni un pequeño atisbo de calma o felicidad. Siendo sincero, es justamente a esas dos cosas a las que quiero llegar. Escribo en el preludio de un viaje dentro de unas horas. Dejar mi negocio recién nacido me da pánico. Felizmente, me libro de tener que escoger entre los dos candidatos de las nefastas elecciones. Entre que me falta terminar de hacer mi maleta, no tengo ni un sol y aún no llegan los proveedores a mi cocina, siento como si mis pulmones se aplastaran contra las costillas en cada respiro agitado. Estoy escribiendo rápido, pero siempre con intención; después de todo, este pequeño momento frente a la hoja vacía es, por el momento, mi único espacio de paz. Dentro de esta página no puedo volverme loco y no hay deudas que me persigan. Ayer, asustado e inocente, les preguntaba a mis padres si alguna vez habían estado en situaciones así. Se rieron y respondieron: infinitamente peor.
Mi madre fue a cambiarse para su clase de flamenco y le preguntó a mi padre si es que así es la vida. Nunca me he esforzado y los problemas surgen de donde menos me lo espero. Caminaba de un lado a otro, en el mismo cuarto donde tenía que confesar mis cursos escolares del colegio. “Así es, pero el mundo no se cae y, si te preocupas por todo, no puedes avanzar”. Bajé las escaleras y recordé algo que ya me había dicho hace mucho, en una situación muchísimo peor: cada día con su labor. Me di cuenta de que no solo ellos han estado en situaciones más complicadas; yo también he estado en situaciones más complicadas y esto no es nada al costado de otras eventualidades que ya he superado con un poco de valentía y un poco de calma.

Hace tiempo no viajaba solo, lo que más me gusta hacer. No debería dejar que adversidades solucionables interrumpan mi placer más grande. De chico me daba miedo esa aceleración que te pega al asiento antes de despegar; ahora cierro los ojos y siento calma. A pesar de que es un hecho que la gran mayoría de accidentes aéreos son al despegar, recuerdo que pensaba lo peor cuando de niño veía a mis padres irse con maletas; siempre pensaba que el avión se iba a caer. Ahora siento goce al hacerlo. Al final, el avión nunca se cae. Lo mismo me pasaba con las turbulencias. Lo único que sí me hace agarrarme fuerte del asiento son los vacíos de aire, como si cayeras en picada por una milésima de segundo. Es muy parecido a los ataques de pánico que solía tener. Ahí, en ese cilindro avanzando a 800 km/h y a miles de metros de altura, soy de los que se queda viendo el mapa y no duerme por 10 horas. Suelo espiar las películas que ven los demás; no duermo y me quedo escuchando música hasta que la batería se acabe, mientras descubro islas explorando el mapamundi interactivo.
Mientras escribo esto sigo sintiendo esa presión rara en el pecho, como si mi cuerpo todavía no entendiera que no hay ningún depredador persiguiéndome. Supongo que uno nunca termina de acostumbrarse del todo a vivir pendiente de tantas cosas al mismo tiempo. Crecer, al menos para mí, no se ha sentido como convertirme en alguien seguro o fuerte; más bien se parece a aprender a convivir con el miedo sin hacer demasiado escándalo. Antes pensaba que la calma llegaba cuando todo estuviera resuelto, cuando no hubiera deudas, problemas, incertidumbre o riesgo de fracasar. Ahora sospecho que no funciona así. Tal vez la calma no aparece cuando desaparece el caos, sino cuando entiendes que igual puedes respirar dentro de él. Hay algo extrañamente humano en seguir avanzando aun sintiendo que todo está desordenado. Mis padres tenían razón: el mundo no se cae. O por lo menos no se cae tantas veces como uno imagina en la madrugada. Mañana probablemente aparecerán nuevos problemas, mensajes, pagos pendientes, errores y miedos distintos. También volverá esa sensación absurda de querer huir de todo y dormir durante semanas. Pero, aun así, dentro de unas horas voy a subir a un avión, mirar por la ventana mientras la ciudad se hace pequeña y sentir, aunque sea por algunos minutos, que la vida también puede ser esto: un espacio diminuto de silencio entre una preocupación y la siguiente.







