Roberto Lerner

El sentido de los rituales

"Se dirigen a la orilla, se adentran en el agua y, tomados de la mano, nombran a los miembros de la familia más cercana que ya no están, y agradecen ante el horizonte y las olas lo que hay, lo que tienen, lo que son."

Conversan mientras contemplan el ocaso. Sobre todo y nada, como siempre. Saltando de un tema a otro, felices de estar juntos, gozando de la complicidad que los une desde que se convirtieron, el mismo día, en abuelo y nieto. 

El segundo se pregunta en voz alta si va a dormir solo o con el primero. Con tono de duda, con un dejo de disculpa, está claro que se insinúa una explicación para sustentar la primera opción. El abuelo lo mira de reojo con el corazón pesado: pasa por su mente todo lo ocurrido a lo largo de los años alrededor de la caída de la noche, en medio de experimentos desarmando artefactos —jamás armándolos—, fogatas, en la tina vespertina y en esas transiciones maravillosas entre la vigilia y el sueño: cuentos, canciones de cuna, interrogatorios inacabables. Un bosque de lo cotidiano compartido de la infancia a la niñez y de esta al borde de la pubertad. 

¿Todavía se podrá, ahora que nos volvemos a encontrar dejando de lado los protocolos que impone la peste? En tiempos normales hubieran podido ir matizando los rituales para acomodarlos al ritmo de la adolescencia. Añadiendo, quitando, llegando a novedades, pero siempre evitando forzar repeticiones de lo que deja de tener sentido, quizá porque alguna vez estuvo tan lleno de él. Es lo que habría ocurrido con sus inevitables sobresaltos y desencuentros.  

Hay que explicarle al abuelo que además de la intrínseca dificultad de lo anterior, está la interrupción, no del inmenso amor, sino del delicado entramado diario donde ocurría una danza que es incompatible con el manual de procedimientos destinados a garantizar la pureza sanitaria, especialmente entre los tirones —es así como se llamaban los que iniciaban su camino en las legiones romanas— y los veteranos de la vida. La distancia social que nos hemos y nos han obligado a practicar, equivale al robo de un tramo del camino que debíamos recorrer con quienes más queremos. Hay que saberlo. 

El jovencito da el beso de buenas noches y afirma con convicción: te busco para el ritual de la mañana. El abuelo asiente. ¿A cambio de todo lo que ya no va a pasar en la noche? ¡No pues, así no es! La nostalgia no cancela la realidad presente, el reencuentro no anula la ausencia. Lo que va a pasar al comenzar el día siguiente no es un premio consuelo, sino la renovación de un pacto más allá de cualquier pandemia. El abuelo se queda pensando y entiende. 

Muy temprano, ambos se dirigen a la playa. El abuelo se detiene y le pide al nieto sentarse con él. “Haz un cuenco con tus manos”, le dice, y le pone un montículo de arena. “Deja que se escurra entre tus dedos”, añade, y ambos contemplan la cascada de granitos. “¿Puedes volver a poner lo mismo?”, pregunta. El nieto niega con un movimiento de la cabeza.  Es lo mismo: en lugar de tratar de repetir las mismas vivencias, sentir que por descuido o deslealtad hemos perdido algo, podemos aceptar que algo siempre queda, que algo siempre se escapa, que algo siempre se renueva. Y quizá lo más importante de todo esto, es que alguna vez, más adelante, tú estarás haciendo algo así con tu nieto. Eso es el sentido indestructible de los rituales. 

Se dirigen a la orilla, se adentran en el agua y, tomados de la mano, nombran a los miembros de la familia más cercana que ya no están, y agradecen ante el horizonte y las olas lo que hay, lo que tienen, lo que son. Lanzan un grito de guerra y se sumergen en el agua helada. ¡Al diablo con la distancia social!

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