Hay que reabrir relaciones con Maduro

David Roca Basadre

No me gusta para nada el régimen del señor Maduro, en Venezuela. Además de las críticas que se le hacen sobre el cuestionable manejo de su gobierno, que tiene todas las características de una dictadura, me horroriza el proyecto denominado Arco Minero del Orinoco, que entrega el 12.2% del territorio de Venezuela a la más salvaje rapiña de minerales y piedras de las llamadas “preciosas”, que allí abundan, a manos de empresas extranjeras atareadas en la salvaje destrucción de ese bello y biodiverso territorio. En esta última crítica es posible que mucha gente en nuestro país no me acompañe, dado el ánimo extractivista que predomina y al que se induce, pero esa es una razón más por la que debo subrayar su gravedad, más visible en tiempos de cambio climático y pandemia.

 

La política de nuestro país hacia Venezuela ha sido errada y errática. Recordemos el viaje de Kuczynski a Estados Unidos, tras ser electo, para ver a Trump, sin invitación, que lo recibió en una sala de estar, apremiado por la circunstancia y, hemos de suponer, con las distancias que solía tener hacia los países que no le merecían consideración.

 

Luego, la política hacia Venezuela dictada por Washington para la que el Perú bajo gobierno de PPK y también de Vizcarra, se prestó solícito. Incluso promoviendo el llamado Grupo de Lima, supuestamente para presionar por democracia en Venezuela, pero que no dudaba en incluir a un país como Honduras, tan dictadura como Venezuela y donde la represión y los asesinatos son cosa de cada día.

 

El reconocimiento poco práctico de Juan Guaidó como presidente de Venezuela, con embajador y todo, fue otro error absurdo e inducido por ajenos, que no nos aporta nada.

 

 

Drama y problemas por la migración

La diáspora de migrantes venezolanos, gente que huía y huye de Venezuela por millones, es hoy una situación con varias aristas que hay que solucionar. El gobierno venezolano de Maduro argumenta que esa migración es por la situación en su país tras el brutal bloqueo norteamericano, pero la verdad es que el bloqueo agravó una situación que ya estaba degradada, sin solucionar nada. Y más bien fortaleció a Maduro internamente, y afectó más a una población que, antes del bloqueo, ya estaba migrando. Y llegando en gran cantidad, sobre todo a Colombia, Perú, y también a Ecuador, Chile, Brasil.

 

No podemos dejar de convivir con dos razonamientos en apariencia contradictorios sobre la migración: debemos ser y mantenernos solidarios y acogedores con los migrantes que no dejan su país porque quieran hacerlo, que son gente sufriente como lo fueran los migrantes peruanos en tiempos del terrorismo y la inflación con García, sin dejar de reconocer que tan apabullante migración constituye un problema muy grande, que es necesario confrontar. Aunque con racionalidad, y con mucha serenidad.

 

Porque, como es natural, la población peruana no estaba preparada para recibir a tantos extranjeros, y tan de golpe. El nuestro no es un país de gente rica y la bonanza macro económica – como el virus se encargó de demostrar – solo benefició a unos pocos. Quizá la única ventana abierta, en todo momento, ha sido la informalidad.

 

En un país de informales, basta con tener ganas, armar botica y ponerse a ofrecer bienes o servicios. Poco más, que es lo que ha aliviado tanto desde hace años la escasez de las mayorías, como ahora alivia a la presencia de tantos extranjeros. Atenuando, además, las tensiones con la comunidad migrante.

 

 

La xenofobia no ayuda

En medio de todo ello, la politiquería de personas que aspiran a cargos públicos, o que los ocupan, dedicados a alentar xenofobia con fines proselitistas, es vergonzosa. Se valen de la natural preocupación por la presencia de otros, y en tan gran número, por parte de muchos peruanos, alentando ese recelo de manera irresponsable. Eso solo perjudica más el clima social: ojalá esas personas nunca sean electas.

 

Eventos recientes, el asesinato en Trujillo de un comerciante venezolano por delincuentes que le exigían pagar un cupo, y el intento de asesinato de un joven peruano arrojado de un puente en Medellín, Colombia, pero que la xenofobia hizo aparecer – en las redes sociales – como asesinato en Venezuela, y además la muerte con bala de un joven repartidor venezolano de delivery en Lima, unido a amenazas de bandas de delincuentes tanto venezolanas como peruanas, también por redes sociales, generan temor de que se desate un escenario de tensión social más grave que lo que se ha vivido hasta ahora.

 

La pandemia, además, aviva esas tensiones, las emociones están al vivo, y puede bastar una pequeña brizna encendida para que ocurra algo peor.

 

El señor Maduro, por razones políticas y ahondando en la irresponsabilidad, se ha dedicado, además, a difundir, agrandándolos como un Urresti o un alcaldillo de San Juan de Lurigancho cualquiera, los casos de xenofobia en el Perú, de manera que, en su país, mucha gente supone que la situación de los migrantes es totalmente invivible. Lejos de la verdad, como sabemos. Pero eso tampoco ayuda.

 

 

Realpolitik

Partamos de constatar algo concreto: la totalidad de los migrantes venezolanos acuden, para sus papeleos legales, a una pequeña oficina del régimen de Maduro en Lima. El “embajador” de Guaidó no sirve para nada práctico a los migrantes. Y es que el control del Estado venezolano lo tiene Maduro. De facto o no, su autoridad es la que dirige y maneja el Estado venezolano.

 

Pero ocurre que lo que Maduro hace en su país ha dejado de ser tan solo un problema interno de Venezuela, sino que vía tan apabullante migración y los problemas que ello comporta, sus actos nos afectan directamente. Y no podremos incidir en cambios que impidan que eso nos afecte si no discutimos directamente con el régimen de Maduro. Tan claro como eso.

 

Lo que más conviene es lo que conviene al Perú, no a los intereses de otro país, por gran potencia que sea. Y es necesario decirle oficialmente al señor Maduro que ya dejó de ser un tema de asuntos internos todo aquello que hace en su país y provoca tan gran migración, que a su vez nos afecta directamente.

 

Habrá que negociar, habrá que gestionar que se afloje el bloqueo norteamericano, habrá que reunirse con los otros países afectados y acordar acciones comunes, aprovechar el cambio de mando en Ecuador, próximamente, y que posiblemente sea a favor del candidato pro Maduro del correísmo, para tender los puentes que sean necesarios.

 

El gobierno de Maduro hace tiempo que perdió la brújula del socialismo del que hablaba – y todavía pregona – y hoy es un país hambriento de inversiones que pactaría hasta con el diablo para salir de sus apuros. Bueno, pues, es la hora de aprovechar esa circunstancia.

 

Solo con políticas realistas, con realpolitik, es decir con acciones que se basen en consideraciones a partir de hechos concretos, sin que medien prejuicios ideológicos, pero también sin pecar de ingenuidad, es que podremos resolver estos problemas que nos afectan y que, si no los confrontamos directamente, podrían devenir en irresolubles.

 

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