Jorge-Luis-Tineo

Alan White y Andy Fletcher: Universos paralelos

"El caso de Alan White, por su parte, nos lleva a la verdadera realeza del rock mundial. Antes de unirse a Yes, para reemplazar a Bill Bruford -que se fue a trabajar con King Crimson tras grabar los cinco primeros discos de Jon Anderson y compañía, entre 1969 y 1972- el baterista trabajó muy de cerca con dos ex Beatles, George Harrison y John Lennon...."

Cuando descubrí la música de Depeche Mode, en alguna de esas fiestecitas ochenteras de barrio, fue a través del que probablemente haya sido su primer single oficial en Latinoamérica, un disco de 45rpm que contenía las canciones Boys say go! y Just can’t get enough, ambas de su primer álbum, Speak and spell. Aunque el mencionado debut había sido publicado en 1981, el pequeño vinilo de una canción por lado llegó a mis oídos en 1986-1987 (en realidad, había sido editado por el sello Discos MAG, en 1983). En esos años, sin embargo, mis preferencias musicales estaban en las antípodas del sonido (aparentemente) frío, sintético e industrializado del naciente synth-pop. 

En esos años, la agresividad catártica del hard-rock y las diversas vertientes del heavy metal y, en general, todo lo que privilegiara el uso y abuso de gritos y volumen de guitarras, desde el rock clásico de The Beatles y The Who hasta las bandas que más sonaban en las radios y en Disco Club -The Romantics, The Greg Khin Band, Kiss, Van Halen y un enorme etcétera- era lo que más estimulaba mi avidez adolescente por explorar y conocer más los efectos del poder liberador de la música. Sin embargo, algo diferente logré identificar en esas canciones con sabor a discoteca y capas de secuencias electrónicas, algo que impactó mi sensibilidad de aspirante a melómano.

También en esos años, en las radios locales rotaba permanentemente un tema llamado Owner of a lonely heart, que arrancaba con un lejano redoble de batería, el mismo que daba paso a un contundente riff de guitarra eléctrica, quizás uno de los más reconocibles de la década de los ochenta. La canción era la primera que yo escuchaba de Yes, quinteto británico que, según me enteraría también poco después, tenía una larga historia detrás de aquel pegajoso tema que, de acuerdo a los expertos de la época -Gerardo Manuel, Javier Lishner, entre otros- no se parecía en nada a sus producciones previas, a las que se referían con dos rótulos entonces desconocidos para mí, «rock progresivo» o «art-rock».

Ambas se convirtieron, ahí nomás, en dos de mis tantas bandas favoritas. Gracias a la señal entrecortada y cargada de estática del Canal 27, pude ver y escuchar casi a diario, cada noche, a Depeche Mode y Yes, más allá de la magra oferta de las radios convencionales, eternamente acostumbradas a reducir las discografías más selectas a dos o tres títulos. 

En el primer caso, me refiero a Depeche Mode, a través de videoclips de sus primeros éxitos registrados entre 1981 y 1985 que, de hecho, era la versión en VHS del primer recopilatorio oficial del cuarteto de Essex, titulado apropiadamente The Singles 81→85 (el LP de carátula blanca y los rostros en blanco, amarillo y negro, al centro, de los músicos, editado por Mute Records). En el segundo caso, Yes, la pésima señal de UHF lanzaba cada cierto tiempo el concierto Yessongs (Atlantic Records, 1973), en el que solo era capaz de reconocer al vocalista como la misma persona del difundido video de Owner of a lonely heart, aunque más joven, con pelo negro y pinta de encontrarse en viaje astral. Puedo afirmar que ese concierto televisado fue mi puerta de entrada al Yes clásico, el inicio de un fanatismo que me dura hasta hoy.

La semana pasada, el mismo día -26 de mayo- y siguiéndole los pasos al titán griego de la música electrónica Vangelis, fallecieron dos músicos, integrantes de estos señeros grupos que constituyeron, cada uno en su momento, capítulos importantes en la evolución del pop-rock británico. Por el lado de Yes, Alan White, baterista de la banda desde hace cinco décadas, dejó de existir a los 72 años tras una breve enfermedad. Y, en la escuadra precursora del pop electrónico, sucumbió a la muerte Andy Fletcher, miembro fundador de Depeche Mode, experto en teclados, bajos secuenciados y atmósferas de volátiles efectos. Ambos fueron vitales para los armazones sonoros de cada entidad.

«The Fletch», como se le conocía al espigado tecladista, quien falleció a los 60 años, se consideraba a sí mismo como «el menos musical» en la banda creadora de clasicazos como Shake the disease, Blasphemous rumours, Personal Jesus, Everything counts o Enjoy the silence. En la nota que sobre él se publicó en la versión online de la revista Rolling Stone, recuerdan una declaración suya incluida en el alucinante documental sobre la banda, 101, dirigido en 1989 por el célebre D. A. Pennebaker (también director de Don’t look back (1967), acerca de Bob Dylan; Ziggy Stardust and The Spiders From Mars (1979) de David Bowie, entre otros): «Dave (Gahan) es el cantante, Martin (Gore), el compositor, Alan (Wilder), es el músico completo. Y yo, bueno, yo doy vueltas por el estudio». 

Pero, más allá de esta demostración de falsa modestia con respecto a su rol en Depeche Mode, lo cierto es que la impronta de Fletcher fue decisiva tras la salida de Alan Wilder -quien, a su vez, había reemplazado al fundador Vince Clarke, posterior factótum de Yazoo y, más reconociblemente, de Erasure- pues quedó como único encargado de los teclados y sintetizadores, además de ser el mediador entre los egos colosales de sus compañeros. Con Dave Gahan moviéndose sobre el escenario como un híbrido entre Mick Jagger, Iggy Pop y Michael Hutchence (INXS); y Martin Gore encargándose cada vez más de sus portentosas guitarras Gretsch con atuendos que parecían salidos de un baile de máscaras, Andy Fletcher quedaba como el único en estado robótico, con sus lentes oscuros y trajes largos, más parecido a un integrante de Kraftwerk que a la máquina llenadora de estadios en la que su grupo se convirtió, con hartos merecimientos por cierto, desde aquel álbum brillante llamado Violator (1990).

El caso de Alan White, por su parte, nos lleva a la verdadera realeza del rock mundial. Antes de unirse a Yes, para reemplazar a Bill Bruford -que se fue a trabajar con King Crimson tras grabar los cinco primeros discos de Jon Anderson y compañía, entre 1969 y 1972- el baterista trabajó muy de cerca con dos ex Beatles, George Harrison y John Lennon. Con el primero grabó algunas sesiones del extraordinario álbum triple All things must pass y también fue miembro estable de The Plastic Ono Band, del segundo, acompañándolos en conciertos y grabaciones, entre ellas el famoso LP Imagine. White llegó a Yes en 1972-1973, poco antes de iniciar la gira promocional del álbum Close to the edge. Tuvo solo tres días para aprender el complicado material de la banda, temas de bruscos cambios de ritmos y tonalidades, nada parecidos al directo rock and roll que venía de hacer con Lennon. White, quien además era pianista, se acomodó en el puesto dejado por el polirrítmico Bruford e hizo suyas cada una de las canciones de Yes, como queda claro en aquel concierto que mencionamos previamente, Yessongs. Aquí dos muestras de esa primera gira: And you and I y Close to the edge.

Los creativos y sólidos desarrollos de batería rockera de White, diferentes al estilo jazzero y experimental de Bruford, se compenetraron con el gigantesco bajo Rickenbacker de Chris Squire, columna vertebral del sonido de Yes en todas sus épocas, formando una sección rítmica imbatible en el rock progresivo. Escuchar temas poco difundidos dentro del catálogo de Yes como On the silent wings of freedom (LP Tormato, 1978), Tempus fugit (Drama, 1980, el subestimado LP que grabaron con Trevor Horn y Geoff Downes, en voz y teclados, respectivamente, conocidos como The Buggles por su éxito Video killed the radio star, de 1979) o Hold on y Changes (ambas del disco 90125, de 1983, el mismo del que salió Owner of a lonely heart) dan una idea clara de cuan buen baterista era Alan White. El instrumental Whitefish -combinación del apellido del batero con el apelativo de Squire, «The Fish»- que el grupo lanzó en su LP en vivo 9012Live: The solos (1985) capta bien la interacción casi psíquica que existía entre ambos músicos. 

Tras el fallecimiento de Squire, hace ya siete años, White quedó como el miembro de Yes que más tiempo permaneció en la banda, ya que los demás -Jon Anderson, el guitarrista Steve Howe, los tecladistas Rick Waleman y Tony Kaye- entraban y salían todo el tiempo. Cuando el grupo se disolvió en 1981, fue Alan White junto a Chris Squire quienes rearmaron Yes, reclutando al guitarrista sudafricano Trevor Rabin, primero como un proyecto que se llamó Cinema que luego se extendió con el retorno de Kaye y Anderson, para esa nueva etapa que buscó adaptar el sonido del grupo a las tendencias radiales y de MTV.

En una época en que se promovía, a nivel de las redes sociales de antaño -grupos de amigos sentados en una esquina conversando acaloradamente sobre sus gustos musicales- la indiscutible e irreconciliable diferencia entre los metaleros y los “waves”, las canciones de Yes y Depeche Mode abrieron para mí, en esos años ochenteros sin internet ni Spotify, varias ventanas paralelas hacia sensibilidades sónicas diferentes pero, ambas, igual de fascinantes y profundas. Recordar las suites arcanas de álbumes como Tales from topographic oceans (1973) o Relayer (1974), los primeros dos de Alan White en estudio con Yes; o las densas elucubraciones electrónicas de discos como Black celebration (1986), Music for the masses (1987) o Songs of faith and devotion (1993), grabados por la alineación más exitosa de Depeche Mode, con Andy Fletcher como uno de sus cuatro pilares, es volver a vivir los inicios de mi camino como amante de la buena música, el mismo que no admite más fronteras que las del talento, la creatividad y el buen gusto.

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Cultura, Música

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