[OPINIÓN] Para darle vuelta a esa tortilla, habría que argumentar que corresponde a la lógica de este país que en diez años ha tenido ocho presidentes y cuyos actuales representantes, desprestigiados por sus prontuarios, deciden aumentar la cantidad de congresistas a pesar de que sus habitantes, en pleno uso de sus facultades, manifestaron estar en contra de algo así. En ese panorama, lo que en cualquier otro país sería una locura, tener 34 aspirantes al sillón presidencial, en el Perú del 2026 es absolutamente coherente.
En estos últimos veinte días vamos a ver la desesperación de todos ellos por salir en las pantallas de la tele, en los canales de streaming, en internet, desde los que aparecen con nombre y apellido en los sondeos hasta el pelotón reunido bajo la etiqueta “otros”. Ya estamos padeciendo esas odiosas pautas que se cuelan, como los ladrones por las ventanas, en las reproducciones de YouTube.
¿Puede haber algo más irritante que ver la toma fingida de un candidato que se va corriendo de espaldas, como si trotara todas las madrugadas, al estilo de los comerciales de Nike, antes de que comience tu video favorito? Hay algo de agresivo, de prepotente, de invasivo, en esa manera de vender propaganda que tiene internet. Esa agresividad, esa prepotencia que asociamos a lo malcriado, a lo que no tiene educación.
La educación, precisamente, es la más ausente en esta coyuntura electoral. La educación política, por ejemplo, tan venida a menos en el Perú desde hace varias décadas, hoy se muestra en su máxima bajeza con la inexistencia de partidos reales. De los dos o tres tradicionales que quedan solo vemos las cenizas de lo que alguna vez fueron, una viruta sin sustancia y mucho discurso vacío. El resto, puras “alianzas” pasajeras para lograr los ansiados cupos de poder que luego serán usados para satisfacer sus propias agendas.
La falta de educación ciudadana de quienes pretenden auparse al aparato estatal, muchos de ellos reincidentes, también campea en esta “lid electoral” con esos cartelones espantosos que, ahora sí, ya están cubriendo todas las bermas, esquinas y parques, afeando la ciudad.
Y por supuesto la educación es la gran ausente en el debate público, esa absurda y repetitiva coreografía que vemos a diario en todos los programas. Nadie la menciona, nadie la toca, nadie la incluye en el paquete de frases hechas que todos sabemos son construidas únicamente para la campaña. Ya ni siquiera como gancho electoral la educación tiene alguna utilidad.
Algunos analistas dirían que es el trauma que nos dejó el proceso anterior, marcado por elementos asociables a la educación: un profesor rural, un lapicito, un bloque magisterial. Sin embargo, aquella vez tampoco se habló tanto de educación. Se habló de sindicatos, de supuestas filiaciones extremistas, de camarillas enquistadas en dirigencias por aquí y por allá. La educación no es eso.
Y es que la educación, como tema electoral, ha fracasado hace mucho tiempo, lo cual deja a la coyuntura que vivimos el 2020-2021 como un episodio bochornoso de la historia reciente, sin duda, pero irrelevante en términos de preocupación por el futuro. Porque eso es la educación, preocupación por el futuro.
Tenemos expertos en todos los extremos de la opinión pública, desde los directores de cadenas privadas de modernos colegios “de élite” hasta ideólogos nostálgicos de la reforma educativa de Velasco, desde los colegios Fe y Alegría -que este año cumplen 60 años de trabajo en el Perú- hasta tradicionales colegios parroquiales que se reúnen desde hace décadas -en Tarea, en Foro Educativo, en el CNE, en la Derrama-, para hablar de la educación para toda la vida, de los institutos técnicos, de la educación rural, de la EIB, la ESI, el enfoque STEAM. Y seguimos igual, con la educación mal y cada vez peor.
En estos tiempos en que la inteligencia artificial es la cereza del pastel de una revolución tecnológica que comenzó hace ya un cuarto de siglo, con internet y las TIC -una sigla que ya suena anticuada- poniéndose por delante del sistema educativo tradicional en el mundo entero, hablar de Pedagogía es cada vez más difícil, porque es una disciplina académica que se nutrió durante siglos de la filosofía, del buen vivir, de la cultura y hasta la espiritualidad.
Todas esas cosas hoy están sepultadas por el utilitarismo, la rentabilidad, la fama superficial de los likes, la dictadura del algoritmo. El homo videns de Sartori ha sido reemplazado por el homo digitalis hace más de una década y nadie se ha dado cuenta.
La pandemia hizo que las computadoras y los teléfonos hiperconectados, hasta ese momento solo herramientas tecnológicas, se convirtieran en la única manera de tener contacto con cualquier aprendizaje. Todos coinciden en que fueron dos años de pérdida por la ausencia de interacción directa, el empobrecimiento de la relación docente-estudiante, etc. pero, en nuestro país, ya traíamos unos déficits en cuestiones elementales tan amplios que aquella crisis sanitaria solo nos hundió más.
La educación nacional en todos sus niveles, desde la inicial hasta los más altos grados académicos superiores, está atravesada por los vicios sociopolíticos que afectan a las otras disciplinas profesionales y actividades productivas: corrupción, dejadez, predominancia de intereses -de poder y angurria por los presupuestos estatales en el sector público; de ganancia y ratificación de superestructuras discriminatorias en el sector privado- y un profundo estancamiento del que no somos capaces de salir porque, para hacerlo, tendríamos que nacer de nuevo como nación. Y eso es imposible.
Por ello ningún candidato toma la decisión de convertir la educación en el principal tema de su campaña. Porque hablar de cultura, de filosofía, de valores educativos, no tiene potencial electorero, es caduco, sin potencial para convertirse en trending topic. ¿La pedagogía de la ternura -Alejandro Cussiánovich, dixít- en esta jungla donde toda agresión vale para lograr tus objetivos? ¿El respeto, la tolerancia, el pudor, la dignidad, en medio de streamers lisurientos con efectos de sonido Magaly-style y exhibicionismo en redes sociales como trampolín a la fama, aspiración juvenil e independencia económica?
No se trata de ser ingenuos. El mundo cambió y no dará marcha atrás. Por eso muchos consideran que esas campañas con mensajes mesiánicos del tipo “yo vivo, como y duermo pensando en el bienestar de los peruanos” no funcionan porque las personas no votamos por planes -que nunca se cumplen- sino por simpatías, carismas, personajes -reales o ficticios-, afinidades.
Pero eso no debería alejarnos de una verdad tan grande como los data center de Silicon Valley que producen la distractiva IA: solo los fundamentos de la educación -aprender a leer y escribir, enriquecer la sensibilidad para desanimalizarnos, valorar el pasado, no pensar solo en dinero- actualizados con los valiosos aportes de la neurociencia y la tecnología para entender mejor el mundo en que vivimos, nuestra propia humanidad, es la única forma de evitar que las nuevas generaciones cambien de rumbo y dejen de admirar los delincuenciales modelos de comportamiento de políticos, deportistas, artistas y candidatos que hoy admiran.








