Juan Carlos Tafur

La baraja de centroderecha

“Ojalá se logren algunos acuerdos, se fortalezcan un par de candidaturas potables y seamos espectadores en las siguientes elecciones presidenciales, de una segunda vuelta como la del 2016, entre dos candidatos de derecha”

¿Es posible una alianza entre los distintos candidatos de centroderecha que empiezan a inscribirse, y que se evite la atomización electoral que facilite que un radical antisistema como Antauro Humala se meta en la pelea de la segunda vuelta con una votación rala (como la que obtuvo Castillo en el 2021), sustentada, sobre todo, en bolsones geográficos como el sur andino?

Es muy difícil que algo semejante se dé. Hay la impresión de que la suerte electoral va a acompañar a un candidato de ese perfil centroderechista y en esa medida, la voluntad de sacrificio imperativo pierde fuerza. Si a ello, le sumamos la sensación de que los llamados partidos tradicionales difícilmente van a levantar cabeza, resulta lo más probable que los nuevos rostros insistan en su camino propio para las justas electorales del 2026.

Hay candidatos interesantes, con capacidad profesional, elocuencia y personalidad lo suficientemente atractivas para sostener una dura campaña electoral y hacerle frente a los arrebatos de la izquierda radical, que será la que predomine, dado el profundo desprestigio de la izquierda moderada, que se ha sacrificado con empeño digno de mejor causa, al rendirse incondicionalmente a las trapacerías del régimen castillista.

Lamentablemente, se ha perdido la tradición en el Perú de los pactos políticos, electorales o gubernativos. La población, o un sector de ella, parece interpretarlos como una repartija cuestionable, sospechosa, antes que como un acto democrático digno de relieve, lo que, dadas las circunstancias, debería ocurrir.

Ojalá se logren algunos acuerdos, se fortalezcan un par de candidaturas potables y seamos espectadores en las siguientes elecciones presidenciales, de una segunda vuelta como la del 2016, entre dos candidatos de derecha, que aseguren, esta vez sin las torpezas irresponsables y deleznables de PPK y de Keiko, un lustro de reformas liberales, promercado, con un trabajo –producto del aprendizaje de los últimos treinta años- intensivo en la provisión de servicios básicos estatales, tales como educación, salud, seguridad ciudadana y justicia.

Si ello se logra y la población hace suya la percepción de que ese es el camino que el Perú necesita y que beneficia, sobre todo, a los más pobres, la posibilidad de que se repita el fenómeno al cabo de cinco años es alta. Y diez años de regímenes liberales cambiarían el país de modo definitivo y, estamos seguros, alejarían ya para siempre, la tentación antisistema y populista de un sector importante de la población que, con razón, se ha sentido marginada de los éxitos macroeconómicos de las últimas décadas.

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