Martin Scheuch

La espiritualidad tóxica del Sodalicio

Recientemente uno de mis lectores me pidió que le diera mi opinión sobre un artículo cuyo título podría no decirle nada a quien no está familiarizado con las corrientes de espiritualidad que han habido en la Iglesia católica a lo largo de su historia: «La devotio moderna: características y síntomas de un católico “tradicional”» (22 de octubre de 2016). Escrito por el sacerdote argentino P. Javier Olivera Ravasi, profesor universitario en Ciencias Jurídicas y Sociales, de tendencia conservadora, sin embargo presenta unos reflexiones que ayudarían a entender las consecuencias perniciosas sobre la psique de la doctrina espiritual del Sodalicio. Pues la “devotio moderna”, una corriente espiritual surgida en el el siglo XIV en los Países Bajos, se estudiaba en el Sodalicio como una de sus influencias. Y yo diría que se trata de una influencia cuyas taras y defectos terminaron radicalizándose aún más en la ideología religiosa que se conoce como “espiritualidad sodálite”.

Como cuestión previa, hay que decir que no hay una manera única de ser católico. La fe cristiana de quienes se consideran miembros de la Iglesia católica se ha plasmado en la vida práctica de diversas maneras a lo largo de la historia, y aún ocurre así en la actualidad. En cada momento del devenir histórico han habido diversas interpretaciones basadas en factores sociales y y culturales, que han llevado a un pluralismo legítimo de estilos de vida entre los católicos. En ese sentido, el catolicismo ha sido siempre un arco iris multicolor, aunque en muchas de sus manifestaciones se quiera dar la impresión de una pieza monolítica en cuanto a doctrina, moral y vida espiritual.

Las espiritualidades se entienden como diversas formas de interpretar el núcleo del mensaje cristiano contenido en los Evangelios, lo cual da lugar a diversos estilos de vida y diversas aproximaciones al mensaje de Jesús.

La espiritualidad sodálite se inspiró en la doctrina del fundador de los marianistas, el P. Guillermo José Chaminade, y a través de él —aunque no exclusivamente— se asimiló también influencias de la espiritualidad monástica (benedictinos, cistercienses y trapenses), la Reforma española (sobre todo San Ignacio de Loyola y los jesuitas, y el dominico Fray Luis de Granada) y la escuela francesa de espiritualidad que bebe directamente de la “devotio moderna”. Todas estas influencias fueron reinterpretadas a través del filtro ideológico de Luis Fernando Figari, originando una espiritualidad tóxica que sirvió para manipular y deformar las mentes y las conciencias de quienes se unieron al Sodalicio desde edad muy temprana. Pues, hay que decirlo, no hay sodálite cuya captación no se haya iniciado en la edad de la adolescencia o de la juventud temprana. Los pocos intentos que hubo de reclutar a personas ya adultas fracasaron estrepitosamente.

¿Cuáles son los problemas que encuentra el P. Olivera en la “devotio moderna”?

En primer lugar, se resalta la centralidad de Cristo como ser humano, lo cual no tendría en sí mismo nada de malo, a no ser porque se pretende que la persona imite o “encarne” sus pensamientos, sentimientos y acciones éticas. En el Sodalicio pretendían saber todas estas cosas sobre Jesús, cuando lo que había en realidad era una concepción prefijada de lo que debe pensar, sentir y hacer un cristiano comprometido y se proyectaba ese perfil ideal sobre la figura de Cristo. No extraña, pues, que fuera de lectura obligatoria el libro “Jesucristo” publicado en 1935 por Karl Adam, un teólogo católico alemán que se asoció a las SS de Hitler como colaborador financiero y que intentó conjugar la ideología del nazismo con el cristianismo. Su descripción de Jesús como ser humano encajaría perfectamente dentro del perfil de un miembro de las Juventudes Hitlerianas. Y se nos hacía creer que esa descripción de un Jesús rudo, combativo, estoico, de palabra directa, sano y siempre en contacto con la naturaleza era un reflejo fiel de lo que decían los Evangelios.

Se nos machacaba continuamente que ese Jesús estaba dispuesto a soportar todos los sufrimientos por cumplir su misión. En consecuencia, un sodálite debía estar dispuesto a soportar cualquier padecimiento y sacrificio en aras del cumplimiento de los objetivos de la institución. «Un sodálite puede hacer todo menos parir», repetía Figari en una frase cargada de misoginia. Se trataba en el caso de esa “reciedumbre” de una actitud inculcada que haría posible cualquier abuso contra la persona que se guiaba por ella.

Siguiendo con el comentario del P. Olivera, en la “devotio moderna”

«la vida misma del alma debe ser sometida a un “esquema”; se trata de un ordenacionismo y un reglamentarismo propio de un espíritu geométrico. Es un “sistema” uniformante del alma cuya rigidez extrema controla hora, días, semanas, meses e incluso años, llevando una fiscalización y una comprobación exhaustiva de todos los movimientos y todas las conductas de la vida cristiana».

Pocas cosas hay tan reglamentadas y esquematizadas como la vida de un sodálite de comunidad subordinado a la obediencia. Además, la espiritualidad sodálite incluye un sistema de virtudes tomado del P. Chaminade, conocido también como la Dirección de San Pedro, mediante el cual toda la vida moral y espiritual del sodálite queda sometida a un esquema que tiene que seguir para supuestamente alcanzar la santidad. Todo el transcurrir cotidiano queda también sometido a una autovigilancia propia, expresada en un horario —donde se estipula qué se debe hacer en cada hora del día— y una exhaustiva hoja de control que debe llenarse a diario antes de acostarse. 

¿Y quién controla que todo esto se cumpla? El director o consejero espiritual que todo sodálite debe tener por obligación. Sobre este tema indica el P. Olivera:

«La metodolatría del espíritu podrá derivar […] en que el alma y estos métodos termine a menudo sujetándose a un director espiritual que obrará más bien como un controlador del trabajo o capataz de estancia, que analiza y regula el trabajo, el sueño, las comidas, las relaciones, etc., llevando al alma a un grado de infantilismo espiritual». 

Hay que considerar que en el Sodalicio los abusos fueron posibles porque se nos impidió madurar como adultos hasta el punto de poder tomar decisiones según nuestra propia conciencia. Era el consejero espiritual quien decidía el rumbo que debían tomar nuestras vidas, aunque a veces se nos quisiera dar la falsa impresión de que éramos nosotros los que tomábamos las decisiones libremente. Se nos mantuvo en un infantilismo permanente, hasta el punto de que puedo testimoniar por experiencia propia que recién comencé a salir de la adolescencia y cerrar una etapa cuando en 1993, a los 30 años de edad, abandoné las comunidades sodálites y tuve que enfrentarme a las vicisitudes de un mundo que se me había convertido en ajeno.

El moralismo voluntarista es otros de los defectos de la “devotio moderna” que se hace extremo en el Sodalicio, es decir, una moral no basada en discernimientos y análisis de conciencia, sino en la observancia y conocimiento de los deberes de estado y las leyes eclesiásticas, sin conocimiento de razones y motivaciones. «“Esto se hace, esto no se hace, esto hay que hacerlo, esto no hay que hacerlo, esto es así, esto no es así”; y sin dar los fundamentos últimos», señala el P. Olivera.

Hay otras características de la “devotio moderna” que terminan contaminando la espiritualidad sodálite, como su tendencia antiespeculativa (desconfianza de la razón), su consideración de la Biblia como un reservorio de ejemplos morales sin mayor análisis del contexto literario e histórico, una especie de subjetivismo interiorista (donde la búsqueda de la santidad interior es lo primero, aunque el mundo se venga abajo). Sría muy largo explayarnos en cada uno de estos aspectos.

De este modo, en el Sodalicio se ha configurado una espiritualidad tóxica que, más que ayudar a las personas a alcanzar su madurez humana, ha contribuido a hacerlas vulnerables a abusos físicos, psicológicos y, en algunos casos, sexuales. La doctrina espiritual sodálite se suma así a las interpretaciones ideológicas religiosas que se han considerado a sí mismas como auténticamente católicas, pero que en realidad han traicionado la esencia del mensaje evangélico y han sido veneno para sus seguidores. Interpretaciones ancladas en pretendidas tradiciones milenarias que en realidad han sido inventadas mucho tiempo después del siglo I, que han absorbido con frecuencia elementos ajenos a las enseñanzas del Jesús en los Evangelios y, de alguna manera, han permitido y legitimado graves violaciones de los derechos fundamentales de la persona. En el pasado fueron la esclavitud, las guerras santas y la libertad para matar “infieles”, la pena de muerte, la censura del libre pensamiento (recuérdese el Índice de Libros Prohibidos), y ahora todavía persiste la discriminación de las mujeres, de las personas con diversidad sexual, además del rechazo de cualquier atisbo de democracia en las estructuras eclesiásticas, sin mencionar el maltrato de las víctimas de abusos por parte de personas con autoridad dentro de la estructura eclesiástica, que permanecen impunes y son protegidas por la institución.

Lo cierto es que siempre han habido formas tóxicas de interpretar el núcleo del mensaje cristiano. Y la espiritualidad del Sodalicio es una de ellas.

 

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