Manuel Barrantes

Las Estaciones y la Ivermectina

Todos hemos enfrentado situaciones en las que, después de proponer un buen argumento en una discusión, nuestro interlocutor se rehúsa a refutarnos y responde con un obstinado: “Bueno, yo soy libre de pensar lo que quiera”. Si bien esta respuesta es correcta desde un punto de vista legal, quisiera enfocarme en el aspecto moral: ¿Es moralmente correcto pensar lo que sea? O mejor, ¿es moralmente correcto construir nuestras creencias de cualquier manera?

 

Hace muchos años, dictando un taller, le pregunté a un grupo de maestros de secundaria cuál creían que era la causa de las estaciones del año. La gran mayoría respondió que se debían a que la órbita de la Tierra alrededor del Sol es elíptica (una elipse es algo así como un círculo aplanado): cuando la Tierra está más cerca del Sol es verano, y cuando está más lejos es invierno. Les pedí que hicieran los cálculos correspondientes, y con eso todos pudieron ver que la “aplanadura” de la elipse es mínima, es decir que la órbita es prácticamente circular. Por lo tanto, las diferencias en la distancia de la Tierra al Sol a lo largo del año no explican los cambios de temperatura. Para mi sorpresa, muchos se apresuraron a mostrarme sus libros de texto, diciendo: “Pero mira Manuel, ¡aquí se ve que la órbita es bien elíptica!”. Yo les indiqué que, si su explicación fuera correcta, la temperatura alrededor de la Tierra sería la misma durante todo el año: invierno en todo el planeta cuando la Tierra está más lejos del Sol, y verano cuando está más cerca, lo cual contradice la experiencia de tener diferentes temperaturas en los dos hemisferios. A muchos este argumento les hizo cambiar de opinión, pero un pequeño grupo no quiso dar su brazo a torcer. Uno de ellos incluso se paró y dijo: “¡No puede ser! ¡Yo siempre he sabido que las estaciones se deben a que la órbita es elíptica!”.

 

En este tipo de situaciones el problema moral no es ni la falta de conocimiento ni la incapacidad de analizar las posibles implicancias de sus respuestas, sino más bien la poca voluntad de aceptar un error, el desprecio a la evidencia, y el rechazo deliberado a comprender un argumento simple. Tal vez no podamos juzgar a los demás por lo que creen, pero ciertamente podemos juzgarlos por la manera como deciden formar sus creencias. En particular, podemos juzgar a una persona por qué tanto se apega a sus ideas frente a evidencia contradictoria.

 

Pensemos en nuestra situación actual frente a la pandemia. Como nunca antes, casi sin querer, nos hemos visto envueltos en fascinantes discusiones acerca de cómo sopesar la evidencia científica con las personas más inesperadas. Sin embargo, tal vez porque no estamos acostumbrados a navegar la incertidumbre científica, muchas de estas discusiones terminan abruptamente con un “bueno, ¿y qué problema hay con lo que yo crea? Es mi decisión personal”. Pero, ¿lo es?

 

Tomemos el caso del consumo de ivermectina. Muchos de los que la toman sostienen que es problema suyo y que no afectan a nadie. Pero, ¿cómo llegaron a esa decisión?  ¿Realmente creen que funciona, o lo hacen solamente ‘por si acaso’ funcione? ¿Creen que, si una persona toma ivermectina y se recupera, eso es evidencia suficiente de la efectividad de este medicamento (a pesar de la alta tasa de gente que se recupera por otros factores)?  ¿Se basan en los resultados de un estudio de células de cultivo, en el que la concentración de ivermectina que tuvo un efecto retroviral equivalía a una dosis 30 veces mayor al consumo apto para humanos? ¿Lo hacen porque es la opinión predominante en su grupo de WhatsApp? ¿O piensan acaso que existe una conspiración mundial contra la ivermectina, a pesar de que MERCK, uno de los fabricantes más importantes de este medicamento a nivel mundial, ha aconsejado que no se le use para tratar el Covid-19? Las mismas personas que usan razonamientos defectuosos para tomar la decisión de consumir ivermectina, usarán mecanismos similares para formar otro tipo de ideas y actitudes que sí son directamente relevantes para todos:  van a decidir si aceptarán o rechazarán la vacuna, si usarán o no máscara, si visitarán o no a sus parientes, etc. Su decisión de consumir ivermectina no es privada. Sean profesores, autoridades políticas, o ciudadanos comunes, tarde o temprano nos afectará a todos.

 

Cuando alguien quiera poner fin a una discusión diciéndoles que ellos son ‘libres de pensar lo que quieran’, respóndanle lo que dijo el matemático y filósofo inglés William K. Clifford hace casi 150 años en su ensayo La ética de la creencia: “Ninguna creencia real, por minúscula y fragmentaria que parezca, es realmente insignificante; nos prepara para recibir otras similares, confirma las anteriores que se le parecen debilitando a otras y así, gradualmente, establece una furtiva cadena de íntimos pensamientos que puede explotar algún día como acción abierta, dejando su impronta en nuestro carácter para siempre.”

 

Y si en el calor del momento no se acuerdan de la cita de Clifford, le pueden decir simplemente lo que uno de los profesores le reclamó al que se paró: “¡No jodas, pues! ¿Qué piensas de este argumento?”

 

(Nota al lector: la explicación de las estaciones tiene que ver con el ángulo que forma el eje terrestre con el plano de traslación de la tierra).

 

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. Obtuvo su doctorado y maestría en filosofía en la Universidad de Virginia, y su bachillerato y licenciatura en la PUCP.

 

 

 

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