[ENTRE BRUJAS] Estamos próximas al 8 de marzo, una fecha emblemática para las defensoras de derechos en todo el mundo. En el Perú existe un movimiento feminista y de mujeres diverso, plural y potente, que durante décadas ha logrado colocar en la agenda pública y política temas fundamentales para la democracia: la igualdad de género, el derecho a la no discriminación, la autonomía sobre nuestros cuerpos y la urgente erradicación de la violencia contra mujeres y niñas.
La relevancia alcanzada por estas luchas en el espacio ciudadano y político es tal que, en tiempos de auge de fundamentalismos y pulsiones autoritarias, son precisamente estas agendas y quienes las defienden las que se han convertido en blanco de ataques sistemáticos, hostigamiento y campañas de amedrentamiento. Dichos ataques se despliegan mediante múltiples mecanismos: desde el uso instrumental de recursos “legales” hasta la violencia simbólica, la estigmatización pública y la deslegitimación permanente de quienes defienden la igualdad.
Esta reacción, por más incómoda y desgastante que resulte, debería también permitirnos reconocer algo fundamental: los avances alcanzados han sido lo suficientemente significativos como para incomodar a quienes buscan restaurar un orden profundamente desigual. Por ello, aunque pesen los retrocesos, es necesario hacer una pausa y reconocer el camino recorrido antes que asumir una narrativa de derrota.
En un contexto donde discursos oscurantistas, acríticos y absolutistas buscan apropiarse del país – acompañados de prácticas corruptas y profundamente antidemocráticas— resulta imprescindible reafirmar que las conquistas alcanzadas por el movimiento feminista no son concesiones circunstanciales, sino logros históricos construidos con décadas de organización, pensamiento crítico y acción política.
No podemos ignorar que en los últimos años —y particularmente en los últimos tres— se ha producido una pérdida significativa de avances normativos en materia de igualdad; y quienes defendemos derechos hemos tenido que destinar gran parte de nuestras energías a proteger lo ya conquistado, antes que a impulsar nuevas reformas pendientes que durante años estuvieron en agenda. Este retroceso no se limita al ámbito normativo. También se expresa en el terreno cultural y simbólico. La violencia de género ha comenzado a relativizarse en ciertos discursos públicos, y aquellos “aliados/as” que en 2016 salían a las calles bajo la consigna “Ni una menos” hoy guardan silencio frente a los intentos de desmontar políticas y derechos fundamentales. Aunque existen, por supuesto, honrosas excepciones, el contraste resulta evidente.
A pesar de ello, quienes seguimos aquí —desde distintas tribunas, con nuestras diversidades, diferencias y trayectorias— continuamos defendiendo la posibilidad de un mundo más justo. Porque la igualdad de género siempre ha sido una apuesta por el bien común.
Cuando el machismo opera, no solo afecta a mujeres, niñas y adolescentes. Deteriora el tejido social en su conjunto, reproduce desigualdades estructurales y genera escenarios de violencia, dolor y muerte que impactan a toda la sociedad. En hombres, mujeres y diversidades.
Y cuando el machismo se entrecruza con el clasismo y el racismo —tan profundamente arraigados en un país que aún arrastra estructuras coloniales— el daño se vuelve exponencial. Basta escuchar las historias de nuestras hermanas indígenas amazónicas, de mujeres andinas rurales que viven en condiciones de pobreza, o de niñas y mujeres sobrevivientes de violencia, para comprender que, aunque el camino recorrido ha sido largo, los desafíos aún son enormes.
Hoy vemos cómo desde el poder se articulan discursos y acciones que buscan reinstalar un orden profundamente patriarcal. Existen figuras políticas que actúan como verdaderas guardianas de ese sistema, utilizando incluso el sufrimiento de niñas víctimas de violencia para sostener agendas ideológicas que niegan sus derechos. Congresistas que promueven cuestionados “albergues” destinados a forzar a niñas violadas a continuar embarazos que nunca debieron ocurrir, iniciativas que merecen ser investigadas con rigurosidad y transparencia.
Se suman candidatas que justifican la maternidad forzada en niñas, y actores políticos —tanto de derecha como de izquierda— que pactan para bloquear avances en materia de igualdad. El patriarcado, en toda su expresión, opera a través de múltiples rostros, guardianes y cómplices.
En este escenario profundamente hostil, las defensoras de derechos y feministas de distintas regiones del país seguimos presentes. Con identidades diversas, realidades distintas y estilos múltiples, persistimos en las calles, en las organizaciones , en los espacios políticos y en la academia colocando en la agenda pública aquellos temas que muchos preferirían mantener en silencio. Seguimos acompañando a las víctimas y a sus familias, sosteniendo espacios de denuncia, cuidado y organización.
Por eso, este 8 de marzo también debe ser un momento para celebrar nuestra persistencia. Si hay una característica que define a una feminista es su perseverancia incómoda y sostenida en el tiempo. Quienes abrazamos la igualdad como horizonte político no lo hicimos por moda, ni por una marcha, ni por coyuntura: lo hicimos por convicción, por principios y por una profunda ética de justicia.
Celebremos entonces las vidas que hemos logrado transformar, los espacios que hemos abierto y las estructuras del patriarcado que hemos comenzado a resquebrajar. Reconozcamos que no ha sido fácil para quienes caminaron antes por sendas aún más agrestes, y que tampoco lo será para quienes vendrán.
Pero cada vida protegida, cada conciencia que despierta, cada niña que logra acceder a una nueva oportunidad constituye, en sí misma, una victoria invaluable.








