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Sodalicio: El caso Murguía

"¿Se trataba de fotos que Murguía solamente tomaba o se veía también a Murguía participando de los actos? Teullet confirmó que también se veía a Murguía participando de esas turbias y oscuras acciones."

La Comisión Investigadora de Abusos Sexuales contra Menores de Edad en Organizaciones, del Congreso de la República del Perú, presidida por el congresista Alberto de Belaúnde, que estuvo en funciones desde mayo de 2018 hasta junio de 2019, elaboró un extenso informe preliminar de más de 1500 páginas. Si bien los análisis, conclusiones y recomendaciones allí incluidos no tienen aún valor oficial, dado que hasta ahora ningún Congreso ha debatido el tema en el Pleno, las declaraciones de testigos y víctimas permiten un conocimiento más detallado de los hechos en los casos allí abordados. Y en el caso del Sodalicio permiten, por ejemplo, conocer más detalles sobre el primer caso de pederastia que fue revelado a la opinión pública a través de medios de prensa, a fines de 2007: el del sodálite consagrado Daniel Murguía Ward.

La acusación fiscal contra Murguía aparece descrita así en la sentencia definitiva sobre este caso, emitida por la Sala Permanente de la Corte Suprema el 30 de junio de 2011:

«…el veintisiete de octubre del dos mil siete, a las ocho horas aproximadamente, se intensificó el accionar policial en las inmediaciones de la Plaza San Martín, toda vez, que se tuvo conocimiento que una persona de aspecto extranjero estaría dedicándose a la captación de menores de edad ofreciéndoles dinero, a fin de llevarlos a hoteles de la zona, desnudarlos, hacerles tocamientos indebidos, fotografiarlos y sostener relaciones sexuales, en tales circunstancias se percatan que el encausado Daniel Bernardo Murguía Ward se encontraba conversando con el menor agraviado en actitud sospechosa, para luego dirigirse ambos al hotel Las Palmeras, ubicado en el jirón Carabaya número diez diecisiete Cercado de Lima, procediendo a seguirlos; es así que al ingresar al hotel antes mencionado, fueron atendidos por el procesado Lucio Alania Alcedo, en su calidad de cuartelero del hotel en referencia, quien manifestó que Daniel Bernardo Beltrán Murguía Ward se encontraba con el menor agraviado, en el interior del cuarto signado con el número ocho; por lo que al irrumpir los efectivos policiales en la habitación encontraron al procesado Daniel Bernardo Beltrán Murguía Ward con una cámara digital en la mano y al menor agraviado semidesnudo con los pantalones abajo, señalando éste que Murguía Ward lo llevó con engaños al hotel Las Palmeras, lugar donde le practicó el sexo oral».

El parte policial señala adicionalmente que en la cámara fotográfica se encontraron, además de las fotos del niño involucrado, las fotografías de otros dos menores de edad.

El Sodalicio reaccionó raudamente, emitiendo un comunicado el 29 octubre, donde decía, entre otras cosas:

«Como consecuencia de esta situación hasta ahora totalmente desconocida para nosotros, que consideramos completamente inaceptable, y que ha sorprendido y golpeado dolorosamente a toda nuestra comunidad, habiendo examinado la seriedad de la denuncia, queremos comunicar que el Sr. Murguía ha sido INMEDIATAMENTE EXPULSADO de nuestra institución».

¿Asunto arreglado? Aparentemente sí. Pero ¿qué es lo que sucedió entre que se dio conocer la captura de Murguía y se emitió el comunicado?

El P. Jean Pierre Teullet, exsodálite, declaró ante la Comisión De Belaúnde que en ese entones se habían reunido Erwin Scheuch, Superior Regional del Perú; el P. Jaime Baertl, miembro del Consejo Superior en calidad de asistente de espiritualidad; el mismo Teullet, miembro del Consejo Regional del Perú, y otro miembro más del consejo Superior para ver que decisión tomaban. Si mal no recuerdo, mi hermano Erwin Scheuch se encontraba en ese momento en Roma después de haberme hecho una visita relámpago en el pueblo de Kirrweiler en Alemania, donde yo residía entonces, por lo cual su participación en la reunión debe haber sido vía teléfono o a través de algún otro medio a distancia. Confirma este dato que el P. Teullet estaba encargado temporalmente de la comunidad sodálite Madre de la Fe, en la calle Marconi en San Isidro, pues oficialmente el Superior de esa comunidad era Erwin Scheuch.

Retomando el hilo del relato, mientras que los “reunidos” estaban a favor de expulsar a Murguía, Luis Fernando Figari, entonces Superior General del Sodalicio, a través del teléfono se manifestaba en desacuerdo con la decisión. «Al final evidentemente no quedó otra —señala Teullet—, porque claro, ya había un bien superior que se llamaba “la fama de la institución”, que para Figari era importante. Entonces él accede a esa cuestión, pero por Figari no lo hubiéramos botado».

Es en la comunidad sodálite Madre de la Fe donde estaba alojado Daniel Murguía, pues éste residía entonces habitualmente en una comunidad sodálite en Santiago de Chile. Teullet asegura que no se dio cuenta de que el día 27 de octubre en la noche Murguía no había llegado a la comunidad y recién se enteró cuando el P. Jaime Baertl lo llamó al día siguiente al mediodía para informarle que Murguía estaba preso. Teullet daba por hecho que Murguía se había ido temprano a la Misa del Señor de los Milagros en el centro de Lima y por eso estaba ausente de la comunidad.

Fue entonces que entra a tallar Eduardo Regal, entonces Vicario General del Sodalicio, el segundo en la cadena de mando después del Superior General, que era Figari.

Según el exsodálite Renzo Orbegozo —quien en ese momento se encontraba en proceso de salida del Sodalicio—, Regal llamó al Superior Regional de Chile, que era entonces Alessandro Moroni, y le dio la orden de eliminar cualquier material audiovisual de Daniel Murguía que encontrara. La orden iba también dirigida a Gustavo López y a José Salazar —ambos exsodálites que entonces se encontraban a cargo de otras dos comunidades en Chile— «porque aparentemente este señor [Murguía] tenía manejo de pornografía a nivel internacional… “Destruyan todo”, ésa fue la orden», comenta Orbegozo, quien afirma haber recibido esta información de José Salazar.

Sobre estos acontecimientos, Alessandro Moroni declaró el 22 de noviembre de 2018 lo siguiente ante la Comisión De Belaúnde:

«Yo no tengo el recuerdo de que me hayan dado esa orden, o esa disposición. Lo que sí me acuerdo, perfectamente, es que revisamos sus cosas como para devolverlas, y en ese revisar sus cosas para devolverlas no encontré nada raro, ni eliminé nada. […] No había ninguna computadora, porque como él había viajado al Perú se llevó su laptop, su notebook a Perú y no había ni computadora, ni disco duro, nada».

Pero en Lima si se había encontrado algo. Y ese algo era material sumamente comprometedor. Según relata el P. Jean Pierre Teullet, entre las pertenencias de Murguía en la comunidad Madre de la Fe había una computadora portátil, una memoria USB y la tarjeta de una cámara fotográfica. Antes de entregar estos objetos a Eduardo Regal, quien los había solicitado e iba a pasar por la comunidad a recogerlos, Teullet decidió revisar el contenido de la memoria. Según declaró ante la Comisión De Belaúnde, «con lo que hay ahí, que se lo entregué a Regal, efectivamente Murguía probablemente debería ir al paredón. Eran cosas muy, muy complicadas». Teullet tuvo la tentación de sacar una copia, por si acaso, pero finalmente la desechó. «..dije pucha, sabes que era tan escabroso que dije: mira, al final ya está en la cárcel. Sabe Dios lo que pasará», asegura.

¿Se trataba de fotos que Murguía solamente tomaba o se veía también a Murguía participando de los actos? Teullet confirmó que también se veía a Murguía participando de esas turbias y oscuras acciones.

A Renzo Orbegozo el P. Jaime Bartl le sugirió posponer su salida para que no se vinculara con el caso de Murguía. Medida prudente, pues el mes anterior se había expulsado del Sodalicio a Germán McKenzie, Superior Regional del Perú, por “falta grave reiterada”, sin que hasta ahora se haya hecho público en qué consistió esa falta. De hecho, en los meses siguientes a la detención de Murguía, varios miembros de la Familia Sodálite comenzaron a sospechar que se trataba también de un caso de abusos sexuales, hipótesis improbable dado que no existe ningún indicio que apunte en esa dirección y tampoco ha aparecido ninguna víctima que señale a McKenzie como abusador sexual.

Lo cierto es que Orbegozo recuerda que el P. Jaime Baertl le dijo entonces: «Nosotros [refiriéndose a él, al P. Gonzalo Len y a Eduardo Regal] hemos tomado el computador de Daniel Murguía. Lo que hemos encontrado es material suficiente como para que él no vuelva a ver la luz del sol nunca más en su vida».

En cuanto a Eduardo Regal, que nunca acudió a la Comisión De Belaúnde aunque se hicieron todos los esfuerzos por citarlo, el 15 de julio de 2016 fue interrogado en el Despacho de la Vigésima Sexta Fiscalía Provincial de Lima en el contexto del caso Sodalicio. En un momento le preguntan:

«Indique usted si cuando tomó conocimiento que Daniel Murguía Ward fue encontrado en un cuarto de hostal con un menor de edad ordenó a Moroni, José Salazar y Gustavo López, quienes eran superiores en Chile, lugar donde vivía Murguía, para que capturen sus bienes y qué destinos se les dio a los mismos».

La respuesta de Regal es reveladora:

«No. En ningún momento ordené o pedí a los mencionados que destruyan los bienes del Sr. Murguía, todo lo contrario, solicité que todos sus bienes se envíen a su madre a través del Sr. Alessandro Moroni, y así se hizo…»

Lo interesante es que a Regal no se le preguntó si esos bienes habían sido destruidos. Termina respondiendo a una pregunta que no se le ha formulado con algo que parece una confesión subconsciente de parte, aunque niegue los hechos.

Sobre los bienes de Daniel Murguía, que debieron ser puestos a disposición de la Fiscalía pero que supuestamente fueron entregados a la familia, Patricia Murguía, hermana del susodicho, relata lo siguiente en un video que fue mostrado el 22 de octubre de 2015 durante la presentación del libro “Mitad monjes, mitad soldados” de Pedro Salinas y Paola Ugaz:

«El Sodalicio también confiscó sus pertenencias, las pocas que tenía. Cuando mi madre fue a reclamarlas, no se las quisieron dar. Tiempo después le devolvieron algunas de ellas, pero eso sí, no sin antes usar el cajero electrónico para sacar dinero de la cuenta familiar. Pero a pesar de que de la boca para afuera no querían saber nada de Daniel, no dejaron de visitarlo, llamarlo e ir a verlo en la cárcel. Inclusive cuando salió de la prisión lo siguieron buscando, lo siguieron contactando. A mí esto me queda muy claro: era para un ajuste de lavado cerebral y asegurarse de que él no fuera a decir nada».

Ese ajuste de lavado cerebral habría sido logrado también gracias a la colaboración de José Pflucker, abogado que le asignó el Sodalicio a Daniel Murguía y que estaba vinculado a la institución sodálite, aunque las cuentas por honorarios profesionales —como asevera Patricia Murguía— le fueron remitidas a la madre del acusado.

Finalmente, Murguía fue absuelto unánimemente por la Sala Permanente de la Corte Suprema, cuyo ponente en el caso fue nada menos que por el magistrado Javier Villa Stein, tío carnal de Eduardo Regal Villa. En la resolución que resolvió el recurso de nulidad planteado por el representante del Ministerio Público contra la decisión de segunda instancia que absolvió a Murguía del delito de violación sexual de menor de edad, se argumenta que «el menor de modo reiterado, ante el juez de la causa y luego ante el Colegiado Superior, así como en las evaluaciones psicológicas y psiquiátricas, sostuvo de modo uniforme que no fue víctima de tocamiento o agresión sexual; encontrándonos frente a una imputación que no ha persistido en el tiempo, que tampoco ha sido corroborada con prueba idónea; de otro lado, es de relievar que el menor agraviado fue sometido al reconocimiento médico legal número cincuenta y seis trescientos cincuenta y dos – CLS, el cual concluye; que el menor no presenta signos de actos contra natura ni huellas de lesiones traumáticas recientes en sus zonas genitales».

No sabemos las circunstancias que rodearon las evaluaciones e interrogatorios al menor realizadas por el Poder Judicial, ni los motivos que pudieron haber llevado a que el menor dijera en el momento de la intervención policial que se le había practicado sexo oral para luego decir posteriormente en las investigaciones del caso: “No me tocó el poto, no me hizo nada, sólo me tomó las fotos, él tampoco se bajó el pantalón, no me besó”.

Lo que es indiscutible y nadie pone en cuestión es que Murguía hizo que el menor agraviado se bajara el pantalón y le tomó fotos. De este modo, esta resolución del Poder Judicial termina normalizando el abuso, al dar a entender que un desconocido puede llevar a un niño a una habitación cerrada, hacer que se desnude y tomarle fotos, pues mientras no haya contacto físico, ese desconocido podrá ser declarado inocente de delito, aun cuando el sentido común nos dice que allí ha habido abuso sexual de un niño. Daniel Murguía podría haber sido también acusado del delito de pornografía infantil sólo por el hecho de tomar los fotos, pero esa vía no fue seguida ni por la Fiscalía ni por los magistrados del Poder Judicial.

Asimismo, no se tiene información de que se haya investigado el contenido de la cámara para tratar de identificar a los otros dos menores de edad que figuraban en las fotos. Tampoco se sabe que el Sodalicio haya hecho nada para atender al menor agraviado, al contrario de la manera en que sí hubo interés en destruir las pruebas digitales de otros actos similares que habría realizado Murguía, por lo cual nunca sabremos cuántas podrían haber sido sus víctimas ni quiénes eran.

El de Daniel Murguía puede considerarse un caso aislado dentro del Sodalicio, pues, a diferencia de los otros abusadores cuyas víctimas fueron adolescentes o mayores de edad, Murguía habría abusado sólo de niños que, además, no mantenían ninguna vinculación con el Sodalicio. Pero sí hay algo en común que Murguía tenía con otros abusadores: su cercanía a Luis Fernando Figari, capaz de pervertir a sus más allegados, como lo hizo probablemente con Germán Doig. Como señala Patricia Murguía: «Doy fe de la persona que [Daniel] era en el colegio, antes de que fuera capturado por el Sodalicio. Y también doy fe de la persona que es hoy en día. Cualquier cochinada o porquería la aprendió y la acató mientras estaba en el Sodalicio».

Más que las supuestas fechorías de Daniel Murguía, quien era un personaje de segunda fila en el Sodalicio sin puesto de autoridad alguno, lo que resalta en esta historia es el proceder de la organización, que ya desde entonces se manifiesta como una organización criminal, dispuesta a obstruir los esfuerzos de la justicia a como dé lugar a fin de resguardar su imagen institucional.

 

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