[OPINIÓN] El ex candidato presidencial del Partido del Buen Gobierno, aupado al protagonismo electoral gracias a una masa distraída de jóvenes que, sin ninguna información política a pesar de provenir mayoritariamente de las universidades privadas de Lima, lo convirtió en supuesto adalid de la democracia en medio de dos males mayores, la opción de un centro que jamás existió salvo en su propia y veleidosa imaginación. Porque “El Tío Coco” no es más que un político tradicional, ávido de cercanías con el poder sin importar quién lo ostente.
Con todo ya consumado, es muy poco lo que podemos hacer, sobre todo tras espectar patidifuso la pomposa ceremonia, mezcla de coronación principesca y evento de iglesia de autoayuda, que se montó hace unos días en el Gran Teatro Nacional. De manera que este no es un ejercicio retórico que busque encender el debate, replantear la opinión pública o hacer entender las cosas a los votantes cegados por sus falsos -y, en muchos casos, torpes- temores al “comunismo”.
Es, si cabe, una especie de catarsis, un desahogo personal frente al inexorable inicio del segundo fujimorato y las nuevas, o renovadas como en el caso de quien se sigue vendiendo a sí mismo como “líder de la oposición responsable”, hordas de solícitos colaboradores que vienen desfilando por ese bunker del mal ubicado en San Isidro.
Con la misma atmósfera de tóxica inutilidad que tuvo aquella conferencia de prensa en la que Nieto, cariacontecido, salió a anunciar su “voto viciado” e instó a sus votantes a escribir casi un eslogan de su movimiento en la cédula de segunda vuelta, esta vez se puso a explicar o, mejor dicho, a contarle orgullosos a la prensa que la presidente electa “había tomado nota” de varias cosas que le dijo: el fenómeno del niño, la inseguridad, el indulto a Castillo, la conveniencia de tener “gestos” hacia las familias de las víctimas de las masacres del 2022-2023, masacres perpetradas por un gobierno apoyado… por el partido que está por asumir el mando. Daría risa si no fuera profundamente ofensivo, hasta macabro, para los deudos que siguen sin obtener justicia.
Casi en paralelo, Fernando Rospigliosi, virtual presidente del nuevo Congreso a instalarse este 28 de julio y una de las voces sí escucha Keiko Fujimori, había hecho escarnio del joven muerto en la comisaría de Manchay, echándole sal y limón a las heridas abiertas y al profundo dolor de sus padres que no entienden cómo un hombre que sobrepasa los 70 años en acusa de los peores delitos posibles, con una fiereza y con una expresión de placer de índole psiquiátrica, a un muchacho de 17, detenido y muerto en circunstancias oscuras que van del soborno y abuso policial al dudoso suicidio.
¿Alguien de verdad puede creer que esa visita de Jorge Nieto puede tener alguna trascendencia? Lo dudo y, en realidad, no importa. Como casi nada de lo que reporta en estos días la prensa convencional, las televisiones y diarios tan acostumbrados a decirles a las muchedumbres que todo ya volvió a la normalidad tras la llegada al 100% del conteo de la ONPE y que seguramente ya tendrán listas sus cuñas y spots para anunciar la jornada de transmisión de “la fiesta patriótica” del próximo fin de semana.
Muchos analistas verdaderamente cayeron en la trampa y ayudaron a Jorge Nieto Montesinos a cimentar su nuevo perfil como cuarto en disputa, convenciendo a un indeterminado porcentaje de indecisos a considerar su voz -engolada, calculadora, tibia- como la voz de la mesura, de la inteligencia. Sin embargo, como dijo recientemente el politólogo y youtuber Carlos León Moya, “no ser gobierno no es ser oposición”, por lo que eso de que Nieto liderará la custodia política para proteger la democracia queda como una de esas frases vacías, condenadas al olvido por la vanidad y la angurria de poder.
Es cierto que el Partido del Buen Gobierno y su líder tuvieron al frente el caos de Juntos por el Perú y la amenaza de Fuerza Popular, lo que les daba espacio para tener buena percepción del electorado -algo que también le ocurrió a las otras tres agrupaciones que protagonizaron la primera vuelta, Ahora Nación, Obras y Perú para Todos-, pero bastaba con consumir información documentada de nuestra historia reciente para entender la impostura, las intenciones detrás del sol que parecía ser tan amigable, ahora puestas en evidencia con ese remedo de reunión bilateral en que pretende aparecer como poderosa fuerza política con capacidad para aconsejar y poner agenda. ¿Para qué reunirse y después salir a dar un discurso ante las cámaras, casi como lo hubiésemos escogido para algo?
Ese descubrimiento quizás no hubiera servido para que las barras bravas dejaran la cantaleta del “rojete”, el “caviar” y el “no al comunismo” tan parecida a las barras bravas de Milei en Argentina o Bolsonaro en Brasil. Pero quizás sí hubieran sido útiles para que ese nimio porcentaje de indecisos hubiese inclinado la balanza en sentido contrario del que finalmente se inclinó. En ese caso, ni las valijas diplomáticas y todas sus implicancias habrían jugado a favor del nuevo gobierno ya oleado y sacramentado en sobredimensionado evento público.
Pero, como no estamos tampoco para ucronías escapistas, solo nos queda puntualizar la inconsistencia, la banalidad, el engaño. Y esperar que esa comprobación, esa confirmación de que no había nada de centro -ni de centrado- en la propuesta del líder del Partido por el Buen Gobierno, lo haga por fin desaparecer como opción política, algo que ya estaba a punto de ocurrir hasta que “Curwen” decidió resucitarlo con aquella entrevista que tantos le siguen reprochando hasta ahora.
Hay quienes consideran que la democracia es esto y otros, los más lúcidos, que lo que nos viene ocurriendo desde hace una década es precisamente todo lo contrario a una democracia verdadera. En la intersección de esos dos submundos contradictorios, en esa grieta que pareciera originada por el terremoto grado 8 que venimos aguardando con los dientes apretados, nos encontramos nosotros, los que hemos decidido no consumir más los dominicales de señal abierta ni los canales virtuales de los medios de comunicación convencionales, asqueados de tanta mentira, tanta resignación, tanto descaro.







