Desde violines en la plaza

Desde violines en la plaza

Entiendo que los controles y fronteras son necesarios, pero el repudio hacia alguien diferente solo por huir de condiciones de vida de las que cualquiera escaparía no tiene otro nombre más que odio y miedo.

[Migrante al paso]  Hoy estaba hablando con mi gran amigo, vive en Londres, y está de vacaciones en un balneario de Portugal. Me dijo para prender la cámara y me enseñó cómo un joven de negro tocaba un violín eléctrico al centro de una plaza redonda, tanto la música como el piso empedrado me dieron nostalgia. Los violines siempre me llamaron la atención, el sonido de esas cuerdas parece cortar el tiempo y aliviana el peso que todos llevamos encima. Se siente como una pluma que cae lentamente, casi flotando, para reposar sobre un pequeño lago o riachuelo. No soy creyente de ninguna religión, pero si algo me hace sentir cercano a un plano celestial es ese sonido. Va más allá de la melodía. Se siente mágico como si pudiera invocar tormentas o despejar el cielo de toda interferencia.

Cuando vivía en Buenos Aires, caminando por las calles porteñas me crucé una tienda antigua. Se veían instrumentos de madera por la ventana. Crucé una puerta pequeña y me encontré a un señor, era flaco, canoso y muy delgado. Me recibió con una sonrisa, pero su mente estaba en otro lado. Estaba enfocado en otra cosa, estaba fabricando un violín a mano. De puro impulso gasté plata que no tenía en comprarme uno. Hay mucha variedad en los precios, mientras más antiguos según la calidad de fabricación y la madera el sonido mejora. Yo me compré uno nuevo, pero aun así era caro. Tuve un par de clases y quedó ahí, de hecho, no lo traje conmigo cuando regresé a Lima. Una maldición que me persiguió durante toda mi vida que es no terminar lo que comienzo.

Es muy común ver a gente cantando o tocando algún instrumento en la calle cuando estás viajando, en plazas y parques. Hay de todo, puedes encontrar una voz angelical o una flauta que suena espantoso, pero cualquiera de los dos casos te alegra el día. Ya sea por asombro o risas. Igual me parece respetable poder salir y exponerte a tocar música en la calle, cualquiera no lo hace así nomás. En fin, algo me dice que esos momentos de turismo relajado y libre está llegando a su fin. Si tuviera que predecir el futuro, los países van a abordar políticas proteccionistas y cada vez será más difícil y más caro acceder a ellos. Todo por miedo y odio, la misma historia de siempre.

A no muchos kilómetros de donde estaba mi amigo, unos días después ocurrió un desastre migratorio en Ceuta. Una ciudad española separada de la península ibérica por el estrecho de Gibraltar, o sea está en el continente africano, frontera con Marruecos. Entraron por mar aproximadamente 60 mil personas que intentaban escapar de las malas condiciones de vida que tienen. Evito usar la palabra migrante a propósito porque los deshumaniza. Hay niños dentro de esas decenas de miles también. Al igual que en Estados Unidos un grupo comenzó a llamar a personas “alien”. Parece sacado de una película sobre la Segunda Guerra Mundial. Vale recalcar que hay otro gran grupo que se está oponiendo fuertemente a las medidas antiinmigratorias que se han dado en el último año en ese país.

En Europa, lo ocurrido en Ceuta, ha tenido reacciones distintas, pero algunos países como Italia y Francia han reforzado sus fronteras e incluso han solicitado limitar los movimientos de España. Esas reacciones de odio hacia quienes inmigran suceden en todos lados, lo he visto en Londres hacia personas de India y, sin ir muy lejos, en nuestro país he escuchado demasiadas veces cómo le echan la culpa de casi todo a las personas venezolanas. Se repite en todos lados y en muchos momentos de la historia. Casi siempre momentos recordados como oscuros.

De repente se dejarán de escuchar violines, cantos y sonidos desafinados por las plazas y parques. De repente los viajes que poco a poco se fueron volviendo más accesibles regresarán a ser algo casi imposible de hacer. Espero que no. Está comprobado que el desarrollo de la humanidad ha ido de la mano con movimientos migratorios masivos. Entiendo que los controles y fronteras son necesarios, pero el repudio hacia alguien diferente solo por huir de condiciones de vida de las que cualquiera escaparía no tiene otro nombre más que odio y miedo. Si ocurre un caso extremo pedir algo como entrar y comprarme un violín en una tienda extranjera pasaría a ser un sueño. La sociedad mundial está comenzando a padecer los mismos síntomas que tenía en momentos como la Europa postguerra o el apartheid en Sudáfrica. Me temo que detrás de ese pensamiento masivo de odio y miedo se esconde algo mucho peor. Como les pregunté hace unos meses con unos amigos, con este pensamiento, mientras caminábamos por Rotterdam: ¿Les da miedo que Europa deje de ser lo que era o, simplemente, les molesta que dejara de ser blanca?

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