Alonso-Rabi-Do-Carmo

Diciembre cruel

"Ernesto y Lucho descubren el mal, la injusticia, la inequidad, el hecho de que el mundo estaba conformado por terribles y acaso incurables asimetrías. Algo que sin duda los dos escritores conocían de cerca y que su literatura potenció sin caer en la cruda simpleza de las novelas de tesis".

El 4 de diciembre de 1994 nos dejó Julio Ramón Ribeyro. Me encontré con la fecha de manera casual, revisando unos recortes que guiaron mi mirada hacia una de las tantas necrológicas escritas en aquella ocasión. Por otro azar recordé que dos días antes, el 2 de diciembre de 1969 José María Arguedas ponía fin a su agonía suicida en una cama del hospital Edgardo Rebagliati.

Dos muertes distantes en el tiempo, de dos peruanos que más allá de sus diferencias estilísticas y literarias, tenían al Perú en el centro de sus preocupaciones vitales. Ribeyro representaba, de alguna manera, ese país de clases medias empobrecidas y de personajes marginales que terminaban siempre en las fauces de un destino invencible, fue el mejor retratista de una Lima decadente, esa ciudad que interpelara con aspereza y brillantez Sebastián Salazar Bondy en Lima la horrible.

Arguedas, por su parte, testigo de la tragedia que representaba para él la desaparición de los modos de vida tradicionales en los Andes, se imaginó a sí mismo, de manera creativa y audaz, como “individuo quechua moderno”, como un “vínculo vivo” entre el arte del mundo andino y el de sus opresores. En suma, la posibilidad de un encuentro, de un diálogo que hasta hoy resulta traducible solo en una postulación utópica. Ese día deberá llegar, tarde o temprano.

Creo ver en ambos escritores una secreta hermandad, una ética común –e incluso emotiva– y quisiera traerla a colación aquí. Arguedas publica en 1958 Los ríos profundos; Ribeyro da a conocer Crónica de San Gabriel en 1960. Las dos novelas revelan un nexo muy sugerente: sus protagonistas, Ernesto en la novela de Arguedas, un joven colegial bilingüe y poeta en ciernes, conocedor de la lítica quechua y la castellana; Lucho, en el caso de Ribeyro, el joven limeño que emprende un viaje de la ciudad hacia el Ande, a fin de pasar unos días en la hacienda de un pariente y presumible autor del manuscrito que hemos leído como novela.

Las dos narraciones dan cuenta de descubrimientos que provocan un hondo cambio de sensibilidad en sus protagonistas. Proponiéndoselo o no, es posible inscribir Los ríos profundos y Crónica de San Gabriel dentro del espectro del bildungsroman o novela de formación. Ernesto y Lucho descubren el mal, la injusticia, la inequidad, el hecho de que el mundo estaba conformado por terribles y acaso incurables asimetrías. Algo que sin duda los dos escritores conocían de cerca y que su literatura potenció sin caer en la cruda simpleza de las novelas de tesis.

No puede decirse que hubiera amistad entre ellos, sí un trato formal y la mayor parte del tiempo cordial. Ribeyro no ocultó su admiración por Los ríos profundos, dedicándole un memorable ensayo. Decía Ribeyro en La caza sutil: Lo que admiramos en Arguedas principalmente es el amor con que escribe, con que describe. Cada objeto de la naturaleza, sea una piedra, un río, una planta, es para él un motivo de deslumbramiento. Estos objetos que para nosotros, hombres de la ciudad mecanizados y sometidos a un paisaje de manufactura, no son más que el desorden o azar, tienen para Arguedas infinidad de matices, de secretos, de significaciones y de nombres

Arguedas, por su parte, en una carta dirigida a Enrique Congrains el 2 de febrero de 1959 apunta: “Nuestro buen Ribeyro es el caballero refinado y escéptico que jamás llegará a la obra grande”. Luego, el 30 de abrilde ese mismo año, en otra misiva le comenta a Pierre Duviols lo siguiente: “Le envío el artículo de Ribeyro. Me dijo todo lo que había entendido de la novela ¡¡Era más de lo que yo me propuse!! Ya no tengo pues temores. Y añade en brevísima posdata: Ribeyro estuvo en París muchos años. Es un excelente cuentista y buen crítico; el único que tenemos. ¡Qué pequeño es el Perú!”.

Sé que resulta un espacio demasiado breve para abarcar todos los aspectos importantes de la relación entre Ribeyro y Arguedas y lo que sus obras enormes significan para el Perú. Este es solo un primer esbozo sobre el que prometo volver. Tómenme la palabra, lectores.

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Literatura, Literatura peruana

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