Alonso-Rabi-Do-Carmo

Un diccionario libre

"A estas alturas y con los pocos ejemplos citados aquí, ya se darán cuenta de cuál es la verdadera intención de su autor (si es que no me corrigen en este punto): tomar por sorpresa las palabras y fabricar con ellas un verdadero paraíso de extrañamiento".

Ambrose Bierce, en su mítico Diccionario del diablo definía el diccionario como un “perverso artificio literario que paraliza el crecimiento de una lengua además de quitarle soltura y elasticidad”. Y añadía, no sin cierto cinismo, refiriéndose al suyo: “El presente diccionario, sin embargo, es una obra útil”. 

Samuel Johnson, en cambio, hace gala de su talante de ensayista enciclopédico y señala: “Los diccionarios son como los relojes: el peor es mejor que ninguno, pero del mejor uno no puede esperar que sea del todo preciso”. 

Desde niño miré con reverencia los diccionarios. Los imaginaba como cofres donde yacían tesoros verbales, ese lugar al que uno acudía no para jugar sino para saber, no para llenarse de dudas sino para aniquilar las ambigüedades. 

Pero luego uno crece y se desencanta, y entonces el diccionario en días como estos ya no tiene la utilidad de antaño: la lengua cambia con velocidad de cometa y no hay diccionario capaz de estar al día con su tiempo, porque a una edición sucederá otra. 

Sin embargo, hay diccionario y hay diccionarios. Adrián Arias ha tomado la idea de construir un repertorio de palabras ordenadas alfabéticamente, como manda el manual, pero cuya utilidad excede el propósito canónico del diccionario: no ofrece significados fijos y estables o listas de acepciones, sino que enriquece el sentido de las palabras que contiene.

¿Y cómo las enriquece? Pues invitando a ver en cada palabra un objeto lúdico, capaz de alterar el sentido canónico de todo. Más que un diccionario, quisiera ver en Mar de palabras para armar (añadiría: y para desarmar) la posibilidad de abrir puertas insólitas y gozosas para el lenguaje: sacudirle la caspa de su cotidianidad, torcerles el cuello y dar al significado texturas impensadas, desde un aforismo hasta una metáfora, pasando por la ironía, uno de los bienes más preciados que descansa siempre en la buena literatura.

Así, por ejemplo, tomo al azar:

Boca. Lugar de reunión.

Codo. Pueblo perdido del cuerpo.

Confesión. Una serie de deseos no logrados que inventamos para ver si se realizan pronto.

Idioma. Garabato del entendimiento.

Minuto. Tiempo suficiente para llegar tarde o llegar temprano.

Zapato. Alimento de las avenidas.

Como ves, lector, esta es una guía para escaparse del yugo terrible del lugar común. Julio Cortázar, uno de los más grandes lúdicos de nuestra lengua, solía echar mano de un recurso que los señores de la academia llamaron “extrañamiento”. ¿En qué consistía? En algo muy simple: explicar las coas conocidas de la realidad cotidiana como si ocurrieran por primera vez, como si fueran asuntos o fenómenos nuevos.

Se añade al título de este breve volumen un subtítulo muy sugerente: Diccionario de las sensaciones, algo que se relaciona muy estrechamente con esta explicación algo apurada del extrañamiento.

A estas alturas y con los pocos ejemplos citados aquí, ya se darán cuenta de cuál es la verdadera intención de su autor (si es que no me corrigen en este punto): tomar por sorpresa las palabras y fabricar con ellas un verdadero paraíso de extrañamiento. Este pequeño libro, en suma, es un asalto. Le recomiendo no oponer resistencia. Déjese llevar por sus sorpresivas asociaciones, por la libertad con que se tejen y destejen las palabras. Pocas veces, se lo aseguro, será tan placentero un asalto.

Adrián Arias. Mar de palabras para armar. Lima: Peisa, 2022.

Adrian Arias

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diccionario, Literatura

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