fabrizio Ricalde

Elvis Presley obtiene un merecido cuento de hadas opulento y sudoroso

"Hay muchas maneras de escribir la historia de Elvis Presley. Mañana se estrena una versión imperdible."

Más de cuatro décadas sin Elvis Presley en el mundo y aún mantiene su status de ícono absoluto de la música angloamericana. Motivo suficiente para considerar necesario el primer biopic aprobado por la familia y en pantalla grande con presupuesto millonario del solista más vendido de la historia de la música. Pero Baz Luhrmann ha elegido una forma peculiar de narrar sobre el Rey del Rock. 

La historia de Elvis no empieza con Presley. Somos invitados a la película con la voz y el rostro de un viejo enfermo y desconocido. Toce, parece agonizante, aún fascinado con los casinos y tragamonedas de Las Vegas. En su estado terminal, recuerda a Elvis. Pero este no es cualquier moribundo. Clama haber creado a Presley. O, en la demostración del conflicto, si fue el responsable de su caída.

Luhrmann decide utilizar al representante y agente personal de Elvis Presley como fuente principal de su biopic. Por ratos parece ser la historia de Tom Parker y cómo conoció, gerenció y manipuló al cantante. La elección narrativa da frutos inmediatos: los mejores momentos del guion están compuestos por un Parker contemplador del ídolo, en un viaje vertiginoso y acelerado por su memoria. 

Rápido uno se vuelve el espectador de un baile a través de las referencias del astro. Que son también un retrato de Estados Unidos. La música góspel y el blues afroamericano, la devoción a los padres y las moralidades sociales entre blancos; la pobreza de su infancia, y el sentido del espectáculo callejero; la política y las fracturas sociales; el alcoholismo y el sexo, lo pervertido, la pelvis y los pecados. 

Las referencias continúan sin descanso. El antebraso, el traje magenta, el mechón de pelo negro gratinado, y el acento barítono de Memphis. Talento. Y en el estrado cobraba vida con el atractivo sexual de sus movimientos, mezclado con la inocencia de un buen niño sureño de la americana impopular, atrapando a las audiencias femeninas en sus pies, incluso gimiendo en deseo.

Todo esto, de hecho, lo vemos al milímetro. Baz Luhrmann encuentra todos los ángulos y recursos narrativos posibles para viajar entre elementos sin perder ritmo y atención. También aportan en este esfuerzo los innumerables tiros de cámara de un trabajo fotográfico aplastante de Mandy Walker. Pero es el duelo entre Parker y Presley donde la película encuentra sus mejores atributos. 

El film se toma muy en serio el agotamiento físico de interpretar música en vivo. La tensión de la fama, el sudor en todo el cuerpo y la promesa de entrega frente a un público necesitado, ávido, demandante por más. Quizás ante la falta de mayor cultura alrededor, Elvis se convirtió en un instrumento de movimiento social y consumo brutalmente manipulado por toda clase de personajes como Parker.

Aunque las elecciones narrativas son acertadas, faltan tópicos importantes de explorar en la recolección de factores sobre Presley. Las contracciones sobre su relación con una adolescente Priscilla, mayor profundidad sobre el caos político de la época, sus infidelidades o el consumo de drogas (y no solo pastillas). Por eso lo de Luhrmann parece más una recolección del cuento de hadas del mito y una revisión documentalizada del ídolo.

Ante mi sorpresa, todo ello no se extraña demasiado. Aunque falten mayores agallas y controversias, el director pinta un retrato simple entre un bueno y un villano. Ese malo es, quién otro, Parker. Y lo caracteriza bien un Tom Hanks impecable cubierto de elementos prostéticos para ser el panzón, caricaturesco, mofletudo productor de una estirpe disque Hollywoodense cada vez más extinta.

Elvis retrata en esencia esa relación parasitaria entre artista y su administrador. Un cuento de hadas donde hay dinero y prosperidad para todos mientras el titiritero así lo decide; y donde una víctima inocente, sin educación y poder personal, se deja conducir en una espiral fabricando a cada paso su propia muerte. Es la crónica anunciada de uno avispado versus otro demasiado torpe. 

Y aunque Presley le hizo mucho bien al mundo y a la música, razón por la cual su talento persiste en la retina y estremece frente a la pantalla grande aún a cuatro década de su desaparición, parece ser que el bueno nunca es lo suficiente para salirse con la suya. Hasta sus últimos días vivió atrapado en un espiral de excesos, aunque haya sido una tumba de pie sobre el escenario de Las Vegas.

Hay muchas maneras de elaborar un retrato sobre una leyenda de la música como Elvis, pero pocas o casi ninguna que logre el consenso entre las habilidades más fines de la cinematografía y la aprobación de su legado. Porque Luhrmman ha logrado un exhuberante y enérgico biopic, aprobado por la crítica universal, bien apoyado por las audiencias y firmado por la aún existente familia Presley. Check.

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Elvis Presley, Rey del Rock

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