Giancarla Di Laura

Infierno Iluminado: Kloaka vive

"El libro abunda en imágenes que yuxtaponen lo soez y los términos religiosos, con lo cual se cuestiona un discurso tradicional occidental, creando un efecto de sarcasmo bastante poderoso."

Este año del centenario de la publicación de Trilce (1922) de César Vallejo ha animado a varios escritores a publicar poemarios para seguir celebrando a este vate bandera que nos regaló la vida. Guillermo Gutiérrez Lymha, uno de los cuatro fundadores del polémico Movimiento Kloaka (1982-1984), nos hace una nueva entrega: Infierno iluminado (Lima: Gaviota Azul Editores, 2022), libro que está causando algunos resquemores.

Ya desde 1987, cuando publicó su primera colección, Ulkadi, Gutiérrez nos había mostrado que la poesía no tiene por qué ser siempre «bonita» ni complaciente. En su segundo libro, La muerte de Raúl Romero (2007), el poeta reafirmó esos rasgos estilísticos que han llevado a más de uno a afirmar que Gutiérrez es «el más radical de los kloakas».

Infierno iluminado aparece, pues, tras quince años de dolor, de esperanzas frustradas, de política mediocre, de enriquecimiento de una élite y de la fragilidad de «chorreo» que se vivió hace diez años por el alza internacional de los precios de los minerales. Una vez disipado ese sueño de opio, la pandemia ha mostrado la cara espantosa del sistema a través de la ejecución indirecta de más de 200 mil peruanos.

El libro está configurado por cuatro secciones tituladas «Apocalipsis en Belleza», «Dreamsville», «El evangelio del buen caballero Jesús» y “El Santo Evangelio de la Puta Pucacunca o la Revelación Flamígera de Simone Lahbib”, que son poemas en sí mismos. Se articula a través de un lenguaje lúdico, agresivo y muchas veces violento, mediante el cual la voz poética critica y denuncia las injusticias, la corrupción, la prostitución y otros males de una deformada sociedad capitalista en el llamado Tercer Mundo o, más eufemísticamente, «el sur global».

Gutiérrez nos traza un mundo literario lleno de figuras diabólicas, de seres atormentados y de imágenes dolorosas y por momentos coprolálicas a través de las cuatro secciones del libro. En la veta del espíritu iconoclasta del Kloaka original, este discurso pone en relieve la degradación de la sociedad peruana después de cuarenta años de la entrada del neoliberalismo en el Perú, sobre todo en los sectores marginales.

El libro abunda en imágenes que yuxtaponen lo soez y los términos religiosos, con lo cual se cuestiona un discurso tradicional occidental, creando un efecto de sarcasmo bastante poderoso. Asimismo, notamos la riqueza de lecturas con las cuales este poemario dialoga constantemente: el ya mencionado lenguaje religioso y bíblico, alusiones a los clásicos, mitología de distintas culturas, dando cuenta de un universo alucinado en que se mezclan lo culto y lo popular.

En «Apocalipsis en Belleza», nos dice, por ejemplo, “denle / un ocaso / a los muertos / a la muerte / los muertos / los vivos». En la cuarta sección, “El Santo Evangelio de la Puta Pucacunca o la Revelación Flamígera de Simone Lahbib”, nos propone: “no quiero perder esa imagen puesto que en este universo destinado a la no perduración solo la conciencia de mi mente guarda los recuerdos y si yo muero y desaparezco totalmente // entonces esa imagen ha de extinguirse”, en clara meditación existencial.

Gutiérrez difícilmente ganaría un concurso literario o sería reconocido por el Ministerio de Cultura. Su verso es de desafío, de cachetada al gusto imperante, de grito y desesperación. Ahonda en el feísmo y la desazón y les saca jugo. 

Si algo caracteriza a un poeta es su aguda sensibilidad. Lo difícil es transmitir esa sensibilidad en palabras que resuenen y nos dejen impactados. Para algunos, Infierno iluminado será «too much»; para otros, será la continuidad y renovación del legado inicial de Kloaka, su espíritu profundamente rupturista, que nada tiene que ver con la creciente institucionalización a la que quieren reducirlo algunos de sus expulsados.

El infierno peruano requiere de esas antorchas de poesía de vez en cuando para recordarnos que no todo es felicidad, que nuestro progreso es relativo y que todavía, como diría el gran Vallejo, «hay, hermanos, muchísimo que hacer».

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