Jorge Luis Tineo - Sudaca.Pe

¿Metalero viejo, yo?

“¿Qué es ser un metalero? ¿Y qué es ser, además, un metalero viejo? Para los entendidos, el heavy metal comenzó con Helter skelter, aquella horrísona canción compuesta por Paul McCartney para el “álbum blanco” de los Beatles, en 1968, que inspiró los sangrientos asesinatos de Charles Manson y su portátil de enajenados en vuelo de LSD…”

Si observan la foto con la que se presenta esta columna, tengo el pelo muy corto, lentes y un polo plomo claro, bastante ordenado y formal. Y, aunque el metal (por favor, leer con acento en la é) es probablemente uno de mis tres estilos musicales favoritos, nadie podría adivinarlo así, a la primera. Desde el día que iniciamos estas entregas melómanas no me he concentrado en un solo género, sino que trato de dejar en claro que mis horizontes son mucho más amplios. Sin embargo, algunas personas que me conocen de cerca suelen referirse a mí como un “metalero viejo”, por lo que de repente me asaltó la pregunta. ¿Lo soy? ¿Qué es ser un “metalero viejo”?

No es común disfrutar, con los mismos niveles de emoción y adrenalina, un musical de Broadway, una selección de La Sonora Matancera, un álbum de Genesis, un ejercicio de Satie, una salsa de Rubén Blades, un vals de Fiesta Criolla y un concierto de Iron Maiden. Todas esas opciones -y muchísimas otras- poseen la capacidad de activar ciertos mecanismos neuronales que traen a la mente estados de ánimo, recuerdos, emociones y, sin intenciones de caer en esnobismos baratos, cada sonido tiene su espacio-tiempo en el enredado laberinto de mis gustos musicales. Salvo dos o tres excepciones muy puntuales, siempre me defino como una persona que “escucha de todo”. Y como recientemente le confesé a una persona muy querida, quizás eso -y esto de escribir cada semana sobre música- sea mi forma de compensar la frustración de no haberme convertido, yo mismo, en un músico.

Pero volviendo al tema y despegándonos de este inusual y enojoso enfoque autobiográfico. ¿Qué es ser un metalero? ¿Y qué es ser, además, un metalero viejo? Para los entendidos, el heavy metal comenzó con Helter skelter, aquella horrísona canción compuesta por Paul McCartney para el “álbum blanco” de los Beatles, en 1968, que inspiró los sangrientos asesinatos de Charles Manson y su portátil de enajenados en vuelo de LSD. Para otros, aún más exquisitos, en las oscuras canciones de una banda psicodélica de Illinois llamada Coven, con sus historias sobre misas negras, ritos satánicos y demás (malas) hierbas, allá por 1969. En cuanto al término, se suele mencionar al himno carretero de Steppenwolf, Born to be wild, de 1968, como la primera canción en que estos dos vocablos son colocados juntos para describir algo (una moto, en este caso).

Aunque el heavy metal es un subproducto del rock que nació para vestir musicalmente actitudes y temas relacionados al oscurantismo y la agresividad como elementos que configuran la maldad humana (apologías y descripciones de lo fantasmagórico, lo satánico, diversas clases de trastornos mentales, vicios y comportamientos antisociales) para luego bifurcarse hacia temas anexos (velocidad, desenfreno, protesta visual contra los convencionalismos, las apariencias, la corrupción, etc.), lo cierto es que esta música discordante tiene fuertes lazos con la literatura y la cinematografía de terror.

Por ejemplo, es muy conocida aquella anécdota sobre la formación de Black Sabbath en la que Tony Iommi, guitarrista, les comenta a sus compañeros, tras ver las inmensas colas que se formaban cada vez que Boris Karloff estrenaba una película: “Si la gente paga tanto para asustarse en el cine ¿por qué no componemos música para asustar a la gente?” Y, con eso en mente, dejaron de tocar blues y cambiaron su nombre, de Earth a Black Sabbath -que, además, era nombre de una película italiana de 1963 que tenía a Karloff como presentador de historias terroríficas. Todo aquel que haya escuchado el álbum debut de esta banda de Birmingham, sabe que el verdadero origen del metal está allí, en aquel LP de 1970.

Una de las principales formas de identificar a un metalero viejo podría ser, por supuesto, la edad. Sin embargo, eso no es tan obvio como parece. Los fans más antiguos de Black Sabbath pueden tener actualmente entre 70 y 75 años -como los miembros del grupo- pero eso no asegura que escuchen, por ejemplo, a bandas más modernas como Opeth, Meshuggah o Ghost que no son, ni por asomo, nuevos en el panorama metálico. Los gustos de este sector etario probablemente estén más orientados al rock clásico y al hard-rock tradicional -Led Zeppelin, Deep Purple, Thin Lizzy- e incluso a las bandas de la llamada New Wave Of British Heavy Metal, cuyas puntas de lanza fueron Iron Maiden, Saxon, Judas Priest, y, en menor medida, Def Leppard. Motörhead y Venom, también de esa generación, forman la base sobre la cual aparecieron, a inicios de los ochenta, estilos más extremos como thrash (no “trash” como mal escriben en algunos medios locales), death y black metal.

A la inversa sí es posible este rango de múltiples preferencias. Por ejemplo, un joven de 20 años que escuche a combos surgidos entre finales del siglo 20 e inicios del 21 como Slipknot, Machine Head o Animals As Leaders puede, fácilmente, hacerse seguidor de Metallica, Anthrax, Slayer, Megadeth e incluso de grupos más antiguos como los mencionados u otros como Rainbow, Whitesnake o Rising Force (influenciados por la música clásica y barroca). Lo contrario ocurre en las orillas del metal extremo. Bandas de death o black metal como Mayhem, Death, Celtic Frost o Entombed, poseen legiones de seguidores a nivel mundial y no necesariamente se integran con opciones menos disonantes.

Otra forma de reconocer a un metalero viejo podría ser su “look”. Personas que pasan los cincuenta, pero que, los fines de semana, usan polos estampados de sus artistas favoritos. Aunque tampoco es garantía de infalibilidad al 100%, es casi seguro que, si te cruzas por la calle con un sesentón (o sesentona) usando una camiseta con diseños de Van Halen, Aerosmith o Twisted Sister, sea uno de esos melómanos que, aunque el sistema los haya absorbido, tengan trabajos formales e hijos, sigan escuchando rock pesado/fuerte a espaldas de sus amigos y parientes. Nótese que he mencionado bandas entre lo accesible y lo extremo, que comenzaron a fines de los setenta y crecieron las dos décadas siguientes hasta convertirse en clásicos, incorporándose a gustos más convencionales. No ocurre lo mismo con alternativas más recalcitrantes. Puedes usar una polera de Ac/Dc en reuniones familiares. No pasará lo mismo si te sientas a la mesa con alguna carátula de Cannibal Corpse, Carcass o Napalm Death.

Lo que prima en el hard-rock/heavy metal es la diversidad. Y con más de cinco décadas de desarrollo, se hace difícil establecer límites o definiciones. La escena del glam o hair metal (1981-1991) fue, probablemente, la que más controversia desató. Si te acercas a los cincuenta y escuchas a Mötley Crüe, Warrant, Poison, Guns ‘N Roses, Ratt o Quiet Riot, ¿eres un metalero viejo? Quizás puede ser discutible. Pero si escuchas a Kreator, Voivod, Death o Sepultura y estás por subir al quinto piso, pues no habrá ninguna duda. Nunca faltarán los distraídos que, sin saber qué es, se compren un T-Shirt de Pantera, Manowar o Alice Cooper solo porque el diseño le pareció muy bueno. Pero, en líneas generales, el metalero de corazón se reconoce a leguas con solo verlo.

En mi caso -otra vez el tufillo personal- la cosa es al revés. La procesión va por dentro, como dicen. Como mencionaba, no parezco metalero ni de lejos ni de cerca. Y, a diferencia de lo que suele pensarse, no asocio, necesariamente, la intensa descarga emocional del metal con mis problemas cotidianos (familiares, laborales, existenciales) sino con el orgullo de entender este tipo de manifestación artística. Esa es otra de las formas de reconocer al metalero viejo: su capacidad para darse cuenta de que, además de catarsis, velocidad, escapismo y altos volúmenes, en esas bandas -no en todas, desde luego- hay mucha destreza, talento, creatividad y disciplina.

Los ejes temáticos de las bandas metaleras, en cualquier país del mundo, son siempre los mismos. Y existe tal cantidad de opciones que es imposible abarcar a todas en un solo artículo. Pienso, por ejemplo, en los argentinos V8, pioneros del metal en español. O en los americanos Anthrax, retratando a la sociedad, sus vicios y apariencias en Among the living (1986). O en la onda oscurantista de los países nórdicos, tan activa desde hace más de 30 años. Los cruces, por ejemplo, con otros estilos como jazz, funk, punk, rock alternativo o prog-rock (que tiene su propio universo de instrumentistas virtuosos y suites interminables), han producido listados incontables de artistas. Lo cierto es que, aunque no han dejado de aparecer grupos de hard-rock y heavy metal, en todas sus variaciones, los años dorados del género ya pasaron. Pero, anacrónicos o no, todos estos guerreros del metal continúan emocionando a una gruesa cantidad de hombres y mujeres, tanto los nombres consagrados como las nacientes figuras que, con gran esfuerzo, buscan abrirse paso en una industria que tiene estándares y valores absolutamente opuesto a sus propuestas.

Flea, bajista de los Red Hot Chili Peppers, hizo este comentario durante un discurso para presentar el ingreso de Metallica al Salón de la Fama del Rock and Roll, el año 2009: “Siempre me ha parecido absurda la forma en que las personas hablan de la música pesada, como si fuera negativa, dañina para los niños y qué sé yo. En primer lugar, tocar música ferozmente es la forma más saludable de liberar angustia para quien lo hace. Es alquimia y metamorfosis. Es convertir algo potencialmente destructivo, una fuente de miseria, en algo hermoso, intenso, motivador para la banda y para el público”.

Me temo que sí soy un metalero viejo. Porque pienso exactamente lo mismo.

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heavy metal, metalero

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