Por un nuevo comienzo

Ante estos momentos tan difíciles como nación, es momento de reflexionar y aprender a escuchar a ese otro Perú que existe para llegar a un consenso y paz social.

 

Este columnista recorre las calles de Lima con profundo penar, ya sea por los problemas que cada uno lleva y calla, pero también ante el desolador panorama político-social que afrontamos. Este año que se va, ha sido el año más loco de mi vida, escribí mi primer libro, Generación Equivocada, Mesa Redonda Editorial. Del cual, entre los múltiples pasajes que el personaje afronta, en uno de ellos está la política. Después de perder a su entrañable compañerita en la odisea del amor, encontraría ahora sentido a su existir en el “arte de la mentira”, la política, como dirían algunos sabios. Y cree por un momento en todo ese movimiento de masas, esa nueva voz que parecía nunca latir, pero que latía, existía y llevaría por primera vez a un rondero al sillón de Pizarro. Y de eso, hace como una crónica de la campaña electoral del bicentenario. Única en la historia de nuestra República. Ya sea porque quien llegaría al poder, fuera de los lineamientos parametrados de la política tradicional, pero como también porque fuera una representación existente de muchas personas que lastimosamente el sistema económico no ha podido llenar sus necesidades básicas, como también la precariedad en la salud, que se destaparía el velo por la pandemia, y la forma de vida que no es la de una sociedad que cree estar cada vez más cerca del primer mundo, como muchos creen. Ninguna expresión popular nace de la casualidad. Esto es consecuencia por naturaleza de grandes carencias.

Y ciertamente, nuestra democracia hasta el momento no ha podido asentarse concisamente. Con la marcha de los Cuatro Suyos, una alborada de esperanza y reencuentro democrático se proyectaba, y de la que muchos nos acogíamos después de los años 90. Pero tan solo una década después, se veía como sus cimientos ya tambaleaba fuertemente. La muestra son las elecciones del 2011, cuando Ollanta Humala, a pesar de ser un reflejo de esa oleada roja en la región marcada por Hugo Chávez, y tener el peso pesado de su hermano, Antauro, ganaría. A la mitad más uno de la población no le importó y apostó por él. Luego la “nostalgia” fujimorista se asomaría y con unas elecciones de infarto con PPK, darían a un endeble presidente la victoria. Pero en todo esto, también está el parasitario mal de la corrupción enquistado en todos los estamentos sociales. Desde lo más arriba, con los negociazos de Odebrecht, hasta niveles más bajos, como el que puede uno ver a menudo con malos policías. Ahora, con los 6 presidentes en 6 años demuestran la poca solidez de nuestra democracia, que, si sigue así, no sorprendería que llegaramos lastimosamente a una dictadura en poco tiempo. Es momento de una tregua, de dar espacio a los que piden cambios sustanciales, con mejor distribución de la riqueza y con reformas constitucionales que puedan darles un digno estilo de vida. La democracia también es dar espacio para escuchar a las otras voces que componen nuestra sociedad.

Resulta imposible hacerse de la vista gorda con estas 24 muertes de estas últimas semanas. Esta fragmentación que parece enmarcarse muy profundamente en el Perú y que avistan a aquellos escalofriantes párrafos de la guerra de la secesión. No se puede negar la gran desilusión y frustración de gran parte del Perú. No cometamos errores del pasado. Se acaba el año y exhortó perdón a todas las personas que haya podido hacer daño, y a su vez anhelo que el Perú consiga la paz social que nos merecemos todos. Que esto no llegue a niveles que puedan dejar más sangres derramadas, y cuyas consecuencias nos hagan recordar episodios sombríos ya vividos, y del que no hay vuelta atrás. Feliz año 2023, y que la prosperidad lleguen a sus mesas y a sus corazones. Y que el fútbol no solo nos una, sino también el orgullo de ser el país de todas las sangres.

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