[El dedo en la llaga] Cada 28 de julio, cuando los balcones se llenan de banderas raídas y los políticos de turno se embadurnan el pecho de escarapelas, resurge el verbo sagrado: patria. O, en su versión más socorrida y cínica, «por el país». Se pronuncia con voz temblorosa y gesto solemne, como si invocara a una divinidad ancestral capaz de absolver todos los pecados. «Todo lo hacemos por el país», repiten una y otra vez los mismos que, horas después, firman decretos a la medida de sus amigos, de sus financistas de campaña o de las empresas que les reservan un sillón en el directorio cuando abandonen el poder.
El concepto de patria, tal como lo hemos heredado en el Perú, nunca fue un abrazo fraterno ni un proyecto colectivo construido sobre la igualdad. Fue, más bien, una construcción ideológica elaborada en los salones limeños del siglo XIX por una élite criolla que aspiraba a emanciparse de España, pero no de los privilegios que había heredado del orden colonial. Era una patria que exaltaba el mestizaje en los discursos grandilocuentes mientras lo negaba en la práctica cotidiana; una patria que celebraba la libertad en las plazas, pero mantenía la servidumbre indígena en las haciendas, solo que bajo nuevos dueños. Décadas más tarde, José Carlos Mariátegui describiría con precisión esa continuidad histórica en sus «Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana»: un país escindido entre una costa relativamente moderna y una sierra condenada al abandono, una sociedad de señores y siervos que la retórica oficial se empeñaba en ocultar bajo el manto de una supuesta unidad nacional. Poco ha cambiado desde entonces.
«Todo lo hacemos por el país». Qué frase tan útil, tan vacía y tan perversa. Sirve para justificar prácticamente cualquier cosa: contratos millonarios sin licitación, leyes confeccionadas a la medida de inversionistas amigos, repartijas de cargos públicos entre los leales, blindajes recíprocos dentro de la clase política y favores a quienes financiaron la campaña electoral. Cuando las protestas por territorios devastados o contaminados estallan en Cajamarca, Puno o Madre de Dios, aparece de inmediato el ritual patriótico de rigor: «Estamos actuando por el bien del país». Traducido al lenguaje llano: cállense, que estamos exportando minerales y commodities mientras unos pocos se reparten sueldos exorbitantes, bonos generosos, viajes pagados por el Estado, contratos jugosos y favores que facilitan enriquecimientos tan rápidos como sospechosos. El «país» —ese ente abstracto, omnipresente y convenientemente impreciso— se queda con la contaminación, la pobreza y la miseria; los beneficios toman otro camino.
Cuando la brecha entre Lima y el resto del Perú se vuelve obscena —con pueblos indígenas y comunidades afroperuanas soportando las tasas más elevadas de pobreza, mortalidad infantil, desnutrición y abandono estatal—, los mismos personajes reaparecen para invocar a los «peruanos de todas las sangres» y a la «unidad nacional». Todas las sangres, sí. Pero unas siguen derramándose mientras otras cuentan los dividendos en cuentas offshore. Así funciona esta patria: como la anestesia social perfecta. Convierte cualquier crítica estructural en «odio al Perú», toda denuncia de corrupción en «ataque a las instituciones» y cualquier reclamo de justicia territorial en un intento de «dividir al país».
Los mismos que saquean el presupuesto en nombre del «país» son quienes, acto seguido, se rasgan las vestiduras ante la menor sospecha de «antipatriotismo». No hay impostura más rentable que envolverse en la bandera mientras se vacían las arcas públicas. A lo largo de la historia, numerosos pensadores han desenmascarado esa apropiación interesada del patriotismo. León Tolstói advertía que «el patriotismo es un sentimiento esclavo, porque es la esclavitud respecto del gobierno». Samuel Johnson lo definió con una sentencia que ha sobrevivido a los siglos: «El patriotismo es el último refugio de los canallas». George Bernard Shaw llevó la ironía aún más lejos al afirmar que «el patriotismo es, en verdad, un sentimiento bastante ridículo». Albert Einstein lo consideraba «el tumor cancerígeno de la humanidad», mientras que Bertrand Russell veía en él «la disposición a matar y a ser matado por motivos triviales». Frente a esa concepción excluyente y manipulable, en nuestra América José Martí formuló una idea radicalmente distinta y mucho más exigente: «Patria es humanidad». No un escudo para proteger intereses particulares ni un altar donde sacrificar el bien común en beneficio de camarillas políticas y económicas, sino un ideal ético que trasciende las fronteras, los nacionalismos estrechos y los negocios sucios.
Mientras tanto, las cifras permanecen obstinadamente inmunes a la retórica. No cantan el himno nacional ni se emocionan con los desfiles militares. Lo que muestran es un país atravesado por profundas fracturas: brechas étnicas y regionales escandalosas, un centralismo limeño que continúa absorbiendo recursos, inversiones y oportunidades con una voracidad casi colonial, y una sierra y una selva que irrumpen en el discurso oficial casi exclusivamente cuando hay que sofocar protestas, inaugurar alguna obra simbólica o extraer recursos naturales. La patria, tal como suele invocarse desde el poder, termina uniendo solo en aquello que comparte la mayoría de los peruanos: la precariedad, la desigualdad, el abandono y la resignación. Une, sí, pero para preservar intactas las estructuras que impiden un desarrollo verdaderamente nacional.
Lo más insultante no es siquiera la desigualdad, sino el cinismo con que se la administra. Políticos corruptos hasta la médula, empresarios que evaden o eluden impuestos con descaro y comentaristas de X que pontifican desde la comodidad de San Isidro o Miraflores se conmueven con la «patria» mientras el Perú real —el de las comunidades olvidadas, los hospitales sin suficientes médicos, infraestructura, personal sanitario ni medicinas, y las escuelas con docentes cuya formación profesional deja mucho que desear— continúa desangrándose lentamente. Quizá haya llegado el momento de admitir que tanta exaltación de una patria abstracta no es sino la coartada perfecta para evitar mirar de frente la realidad. Porque un país que necesita invocar constantemente una unidad casi mística suele ser, precisamente, un país que nunca terminó de construirla. Un país fracturado por la herencia de su historia y por la conveniencia de quienes siguen beneficiándose de esa fractura.
La verdadera patria no se proclama con frases vacías ni se agita en banderas utilizadas como cortina de humo para encubrir abusos y privilegios. No puede reducirse a un escudo retórico que permite a unos pocos apropiarse del relato nacional mientras la mayoría sobrevive a pesar del Estado, y muchas veces contra sus propias deficiencias. La patria no se demuestra con discursos encendidos ni con ceremonias oficiales; se construye con instituciones sólidas, con una justicia que funcione, con políticas públicas capaces de cerrar brechas reales, con educación de calidad y con un proyecto nacional que integre de verdad, no mediante la imposición cultural o económica de unos sobre otros.
El problema no es la existencia de la patria como ideal. Toda comunidad necesita símbolos, memoria compartida y un horizonte común. El problema surge cuando esa palabra noble se convierte en una herramienta de manipulación; cuando quienes tienen poder la utilizan para exigir obediencia en lugar de asumir responsabilidades; cuando la invocan para pedir sacrificios a los de siempre mientras protegen los privilegios de unos pocos. La patria deja entonces de ser un compromiso colectivo y se transforma en una coartada.
Mientras permitamos que la palabra «patria» —y su expresión inseparable, «por el país»— continúe siendo el refugio retórico de los oportunistas, los corruptos y los irresponsables, seguiremos celebrando cada 28 de julio con fuegos artificiales en Lima mientras, en buena parte del territorio nacional, continúan los fuegos cruzados del abandono, la exclusión y el resentimiento. Un país no se construye negando sus fracturas, sino reconociéndolas y enfrentándolas.
La patria está muy bien como aspiración. Es una idea poderosa cuando significa justicia, solidaridad y responsabilidad compartida. Pero cuando se convierte en una palabra vaciada de contenido, repetida hasta el cansancio para justificar privilegios y ocultar fracasos, termina traicionando aquello que pretende defender. Quizá la mayor muestra de amor por un país no sea proclamar constantemente cuánto se lo ama, sino tener la honestidad suficiente para reconocer cuánto falta todavía para estar a la altura de ese amor.
Y esa, precisamente, es la verdadera traición a la patria: utilizar su nombre para impedir que cambie.







