Comprender Concepción exige situarla en su contexto histórico. Más que un enfrentamiento aislado, fue el desenlace de una compleja campaña desarrollada en la sierra central del Perú, donde la geografía, el respaldo de la población y la capacidad de adaptación de los ejércitos emparejaron al número de soldados o la calidad de las armas. Allí, lejos de los grandes puertos y de las batallas costeras que caracterizaron las primeras campañas de la guerra, se desarrolló una forma distinta de combatir: la guerra de movimientos y de desgaste permanente del adversario.
Tras la ocupación de Lima en enero de 1881, el alto mando chileno esperaba que la resistencia peruana se extinga. Sin embargo, en la sierra central, Andrés Avelino Cáceres levantó el Ejército del Centro compuesto por los sobrevivientes de las campañas anteriores, nuevos voluntarios y contingentes reclutados en las zonas altoandinas. El laureado general ayacuchano buscaba una guerra en la que el teatro de operaciones favoreciese a quien mejor conociera el territorio y quien pudiera desenvolverse con más rapidez entre quebradas, caminos estrechos y elevadas cordilleras.
Junto al ejército regular apareció un actor decisivo: las guerrillas campesinas. Integradas principalmente por comuneros de la sierra central, en particular del Valle del Mantaro. Estas fuerzas carecían de instrucción militar y armamento moderno. Muchos combatían con viejos fusiles, pero un número considerable recurría todavía a hondas, lanzas improvisadas, machetes e incluso piedras. Aquella desigualdad material fue compensada por un profundo conocimiento del terreno, una extraordinaria movilidad y la convicción de defender sus pueblos frente a un ejército ocupante que, durante el trayecto de la expedición chilena al mando del coronel Ambrosio Letelier, se mostró excesivamente represor con la población campesina comunitaria que encontró a su paso.
El rol de las guerrillas -distintas al ejército regular de Cáceres- resultó fundamental. Los campesinos proporcionaban información constante sobre los desplazamientos enemigos, servían de enlace entre las distintas columnas peruanas, dificultaban el abastecimiento chileno y hasta participaban directamente en los combates. También hostigaban al enemigo en su recorrido colocando trampas a su paso o lanzándole enormes rocas -las galgas- desde las alturas de las quebradas. La guerra había dejado de librarse únicamente entre dos ejércitos para incorporar a sectores de la población civil, en especial al mundo andino del que, hasta entonces, el Estado peruano no se había ocupado a no ser para facilitar su reducción a servidumbre al interior de enormes e inhóspitas haciendas.
Cáceres supo comprender muy pronto el enorme potencial de aquella alianza ejército-pueblo. La combinación entre disciplina militar y participación popular fue el rasgo más notable de la resistencia peruana durante los últimos años de la guerra.
La batalla de Concepción
La columna chilena al mando del coronel Estanislao del Canto enfrentaba una realidad muy distinta. Se extrañaba la guerra en la costa, en la que se contaba con la casi certeza de vencer debido a su topología por lo general llana, a la notable superioridad militar de sus fuerzas y al apoyo de sus poderosos blindados de guerra fondeados en aguas aledañas. Aunque en la sierra los soldados chilenos disponían de fusiles modernos, abundante munición y una organización militar superior Esta vez debían operar en un territorio montañoso y hostil, muy alejados de sus bases de operaciones que permanecían en Lima, ocupada en enero de 1881.
Además, el control efectivo del valle del Mantaro exigía ocupar numerosas localidades a la vez, proteger convoyes de abastecimiento y mantener abiertas las comunicaciones con las demás fuerzas de ocupación. Estas necesidades operacionales obligaron al mando chileno a dispersar sus efectivos: ¡y este era el error que Cáceres esperaba para atacar!
Fue precisamente en ese contexto cuando se destacó a la localidad de Concepción una compañía del Regimiento Chacabuco, al mando del capitán Ignacio Carrera Pinto. La pequeña guarnición estaba integrada por apenas setenta y siete soldados, bien armados y disciplinados, pero completamente aislados del resto de sus fuerzas. Frente a ellos comenzaron a reunirse centenares de combatientes peruanos pertenecientes tanto al ejército regular de Cáceres como a las guerrillas campesinas de la sierra central. La desproporción numérica a favor los atacantes era agobiante, aunque el armamento, la munición y la tecnología favorecía a los defensores.
La resistencia chilena durante las jornadas del 9 y 10 de julio fue notable. Carrera Pinto y sus hombres rechazaron sucesivos ataques mientras les fue posible, aprovechando la superioridad de sus armas y la solidez de las edificaciones que ocupaban. Solo cuando las municiones comenzaron a agotarse y la situación se volvió insostenible, la lucha derivó en un combate cuerpo a cuerpo. Ninguno de los integrantes de la guarnición sobrevivió. Militarmente, la victoria correspondió al Perú pero Chile encontró en aquel sacrificio un relato fundacional de su tradición militar.
Teniente Ignacio Carrera Pinto, comandaba la guarnición chilena en Concepción
(Favor colocar dentro de la nota, la foto de portada es la de Cáceres que he enviado por separado)
La victoria peruana en Concepción no fue fruto del azar ni exclusivamente de la superioridad numérica alcanzada durante el combate. Constituyó el resultado de la acertada estrategia militar de Andrés Avelino Cáceres. Aquella forma de combatir terminó obligando al ejército chileno a dispersar sus efectivos, lo que lo condujo directo a una contundente derrota, la mayor y de más repercusión de toda la Guerra del Pacífico.
Además, este triunfo fue parte de un ataque simultaneo de las fuerzas caceristas que también incluyó las cercanas localidades de Marcavalle y Pucará, cuyas batallas también se coronaron con la victoria sobre el 9 de julio de 1882. La campaña de la Breña demuestra que el célebre «Brujo de los Andes» no fue únicamente un jefe valeroso, además fue un conductor militar brillante, capaz de adaptar sus operaciones a un escenario profundamente adverso.
Reflexión sobre la batalla de Concepción
El interés histórico de la batalla Concepción trasciende el plano militar. A diferencia de otras acciones de armas, esta batalla terminó ocupando un lugar privilegiado en la memoria colectiva de ambos países, aunque por razones muy distintas. Para el Perú representa una victoria obtenida en condiciones particularmente adversas y una prueba confirmatoria de que la resistencia organizada por Cáceres contenía una innegable capacidad ofensiva. Para Chile, en cambio, simboliza el sacrificio llevado hasta sus últimas consecuencias por una pequeña unidad militar que decidió combatir aun cuando toda posibilidad de supervivencia parecía imposible.
Desde esa perspectiva, Concepción ocupa en la memoria chilena un lugar comparable al que la batalla de Arica ocupa en la memoria peruana. En ambos casos, el desenlace militar quedó subordinado al significado moral atribuido posteriormente por cada sociedad. El Perú recuerda a Francisco Bolognesi y a los defensores del Morro como paradigma del cumplimiento del deber hasta el sacrificio supremo. Chile honra a Ignacio Carrera Pinto y a sus hombres bajo un principio semejante. Se trata de dos relatos nacionales construidos sobre experiencias distintas, pero unidos por una misma valoración del coraje frente a una situación desesperada de la que no podía esperarse la victoria.
Reconocer esa semejanza no supone establecer falsas equivalencias. Significa, simplemente, aceptar que el heroísmo no constituye patrimonio exclusivo de ninguna nación. Los soldados pueden combatir por banderas distintas y, al mismo tiempo, dar muestras de un valor personal que merece ser recordado por la posteridad.
Quizá sea precisamente allí donde la historia pueda ofrecer una de sus contribuciones más valiosas al presente. Durante demasiado tiempo, la memoria de la Guerra del Pacífico fue utilizada para alimentar relatos nacionales construidos desde la exaltación del propio bando o la descalificación del adversario. Esa visión, comprensible en las décadas inmediatamente posteriores al conflicto, resulta insuficiente para dos sociedades que hoy mantienen intensas relaciones económicas, culturales, académicas y humanas. El conocimiento histórico no debería servir para perpetuar una rivalidad, sino para comprender con mayor profundidad las complejidades del pasado.
En diversos trabajos he sostenido que la reconciliación entre el Perú y Chile no exige renunciar a la memoria nacional ni relativizar el sufrimiento experimentado durante la guerra. Muy por el contrario, una reconciliación auténtica solo puede construirse sobre el reconocimiento sincero de ese pasado. Recordar Arica no obliga a desconocer Concepción, como recordar Concepción tampoco exige minimizar el significado que Arica posee para los peruanos. Ambas memorias pueden coexistir sin excluirse mutuamente, del mismo modo que dos pueblos pueden honrar a sus héroes sin convertirlos en instrumentos permanentes de confrontación.
La experiencia europea posterior a la Segunda Guerra Mundial demuestra que incluso los conflictos más devastadores pueden dar paso, con el tiempo, a procesos sólidos de entendimiento. Francia y Alemania, enfrentadas durante generaciones, lograron convertir una historia marcada por las guerras en uno de los pilares de la integración europea. Salvando las enormes diferencias de contexto, el Perú y Chile también poseen las condiciones para seguir profundizando un camino semejante. Compartimos una geografía, una historia entrelazada y desafíos comunes que exigen mirar el futuro con mayor amplitud de miras. Luego, no puede pasarse por alto que existen episodios discutibles de la Guerra del Pacífico, como el incendio del puerto de Mollendo, del balneario de Chorrillos o la destrucción de la costa norte del Perú, que ameritan una reflexión serena entre las partes poder ofrecerles a sus sociedades los gestos de empatía y recogimiento que permitan emplazarlos en un lugar en el pasado que ya no se filtre al presente bajo la forma de una memoria doliente.
Concepción nos recuerda, finalmente, que la grandeza de los pueblos no reside únicamente en sus victorias, sino también en la forma como son capaces de recordar a quienes combatieron con honor. Los soldados y campesinos peruanos que defendieron su patria durante la Campaña de la Breña y los jóvenes chilenos que resistieron hasta el final en el pueblo de Concepción pertenecen a la historia de ambas naciones. Honrar su memoria no significa prolongar la guerra en el terreno del recuerdo, sino comprender que el respeto hacia el valor del antiguo adversario constituye también una forma superior de patriotismo. Quizá esa sea una de las lecciones más perdurables que todavía puede ofrecernos la Guerra del Pacífico.







