El Barón de Münchhausen Peruano

El Barón de Münchhausen Peruano

[OPINIÓN] El Barón de Münchhausen cabalgaba balas de cañón y se sacaba a sí mismo de un pantano tirándose de la coleta. Nadie le exigía pruebas: bastaba el aplomo con que mentía. En el Perú tenemos un discípulo aventajado, y no necesita pantanos: le basta un micrófono y una promesa a cinco años.

Rafael López Aliaga, alias Porky, gobernó Lima prometiendo un tranvía en la avenida Universitaria. Quedó en renders. Ofreció un teleférico entre Independencia y San Juan de Lurigancho. Quedó flotando en su imaginación. Anunció un metro subterráneo entre Villa El Salvador y Puente Piedra. Cero kilómetros. Y bautizó todo esto como el camino hacia una Lima potencia mundial, frase que hoy suena a chiste privado entre limeños atrapados en el mismo tráfico de siempre.

La joya de su colección municipal fue el tren Lima-Chosica: lo presentó como una donación generosa de Caltrain, y resultó que la comuna pagó más de 22 millones de dólares por vagones con fallas estructurales certificadas por sus propios informes técnicos. Siguen durmiendo en un parque, acumulando gastos de custodia.

Pero el daño mayor quizás no esté en los trenes, sino en las pistas. Las vías que alguna vez administró Rutas de Lima lucen hoy sucias, saturadas de tráfico pesado, y preocupa que nadie las mantenga, mientras el Perú enfrenta en el CIADI una demanda por más de 2.700 millones de dólares y ya acumula fallos adversos en cortes de Washington. López Aliaga insiste en que el Estado no pagará y que vamos ganando; los tribunales, mientras tanto, dicen otra cosa.

Su palabra de oro tampoco resistió. En octubre del 2022, antes de asumir la alcaldía, juró que no renunciaría al cargo para postular a la presidencia, por el bien del Perú. Tres años después renunció exactamente para eso.

Con ese historial subió al escenario nacional prometiendo arrasar en primera vuelta. La realidad, que no lee comunicados de prensa, lo dejó tercero, a menos de veinte mil votos de la definición, fuera del balotaje. Como todo buen barón, no aceptó el aterrizaje sin pelear: denunció fraude sin pruebas, exigió repetir la elección, amagó con no reconocer resultados. Al final, se rindió ante la aritmética, dejando claro que hay pantanos de los que ni el mejor barón puede salir solo con el relato.

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