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El Quijote americano

"No es el caso de Quijote, una fascinante novela de Salman Rushdie, que ubica al personaje en nuestra contemporaneidad, encarnado en un agente de ventas y escritor fracasado de novelas de suspenso"

Los clásicos se mueven a velocidades insospechadas y sus apariciones pueden ser repentinas y cuando aparecen suelen ser (re)apariciones gozosas en la escritura, pero cargadas de (nuevo) sentido crítico: No en vano se dice que los clásicos son capaces de hablar para todos los tiempos. Quizá eso explique una afirmación de Ítalo Calvino en su bellísimo libro Por qué leer los clásicos, que un clásico “es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”.

Uno podría pensar en las reescrituras como simples derivaciones de sus modelos. No es el caso de Quijote, una fascinante novela de Salman Rushdie, que ubica al personaje en nuestra contemporaneidad, encarnado en un agente de ventas y escritor fracasado de novelas de suspenso (irónicamente se nos informa que su éxito es “moderado”, es decir, “inexistente”), admirador por cierto de Cervantes, a quien conocemos por su seudónimo: Sam DuChamp. 

DuChamp es un esclavo de la caja boba: su existencia está marcada por una irrefrenable obsesión por la televisión y su maquinaria alienante. Así, enamorado sin remedio de una luminaria de la pantalla chica, emprende un viaje a través de Estados Unidos.

Desde el inicio, los paralelismos con el texto cervantino son evidentes. Dice Rushdie: “Vivía una vez, en una serie de direcciones temporales por todos los Estados Unidos de América, un viajante de origen indio, edad avanzada y facultades mentales menguantes que, por culpa de su amor por la televisión más estúpida, se pasaba una parte enorme de su vida mirándola en exceso bajo la luz amarillenta de las sórdidas habitaciones de motel, y en consecuencia había terminado sufriendo una forma peculiar de lesión cerebral”.

Este comienzo es equivalente al célebre “En un lugar de La Mancha…”. Los libros de caballerías en los que Alonso Quijano ve cifrado su futuro de idealista militante y sediento aventurero, son los programas de televisión que el protagonista de Rushdie mira con puntualidad digna, seguramente, de otras causas. El diagnóstico de Cervantes sobre Quijano tiene como base la idea de que por tanto leer este tipo se libros Quijano ingresa a los dominios de la locura. 

Cito: “En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles…”. 

¿Qué veía, en tanto, el personaje creado por Rushdie?: “(…) programas matinales, programas diurnos, tertulias vespertinas, culebrones, comedias de situación, películas de Lifetime, dramas hospitalarios, series policiales, seriales de vampiros y zombies, dramas de amas de casa de Atlanta, Nueva jersey, Beverly Hills y Nueva York, romances y peleas entre princesas de fortunas hoteleras y autoproclamados sahs…” y una larga lista de géneros y subgéneros de entretenimiento televisivo. El efecto es similar: de tanto ver, el renovado Quijote pierde la facultad de distinguir los límites entre lo verdadero y lo falso, entre la ficción y la realidad, igual que su distinguidísimo antecesor.

Y así como en el texto cervantino el juego de las identidades resulta crucial, en el de Rushdie no es un detalle menor. Por ejemplo, el propio Rushdie se incorpora al mundo ficticio bajo la máscara de una improbable Salma R (reencarnación de Dulcinea), a quien Quijote le envía una esquela amorosa que dice, entre otras cosas: “Es usted mi Grial y ésta es mi búsqueda. Inclino la cabeza ante su belleza. Soy y seré siempre su caballero”. 

No hace falta recordar la intensidad con que Don Quijote reclama a Dulcinea en una carta que es realmente de antología, donde quedan frases para la eternidad, como el pasaje donde brilla la exclamación: “¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!”.

Borges señalaba que una de las claves de lectura de Don Quijote radicaba en su capacidad de contraponer “a un mundo imaginario poético, un mundo real prosaico”. Esta afirmación está plenamente representada en la misiva de Quijote a Salma R: está escrita en una caligrafía exquisita, pero sobre un papel burdo y ordinario. El propio Borges intentaba imaginar, como dice en sus propias palabras, “a un novelista de nuestro tiempo que destacara con sentido paródico las estaciones de aprovisionamiento de nafta”. Ese novelista es, sin duda, Salman Rushdie quien, con una parodia brillante, mantiene viva la llama de uno de los mejores libros que se hayan escrito jamás y nos devuelve un caballero que, a punta de idealismo y de una imaginación enajenada, nos enrostra algunas miserias del prosaico y cruento mundo de hoy. 

Salman Rushdie. Quijote. Traducción de Javier Calvo. Bogotá: Seix Barral, 2020.

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